La Vida en las Esquinas

Hasta aquel día, pasear por la ciudad, en las tardes de otoño, cuando el sol ya está bajo en el horizonte y el aliento frío de la noche inminente lo adormece todo, había dejado de ser una distracción placentera.

¿Cómo podía serlo, si no lo hacía sola? Desde cada esquina, Julia había sentido el peso de las miradas que no debían estar ahí, el reclamo de las manos inertes desgajándose de las sombras, el zumbido, la cacofonía indescifrable arañándole los oídos, alterándole los pensamientos. "¿Qué quieren? ¿Qué dicen? ¿Qué buscan?", se había estado preguntando una y otra vez sin obtener más respuesta que la confusión multiplicada. ¿Cuánto tiempo había estado así? ¿Cuántos años? Prácticamente desde que tenía memoria las presencias habían sido parte de su paisaje. Estaban ahí, al fondo, siempre al fondo. Cuando jugaba, cuando comía, cuando estudiaba, cuando dormía... Nadie más parecía darse cuenta. Solo ella, que hacía lo posible por no mirar, por relegarlos al exilio en el rabillo del ojo. No obstante, ignorarlos resultaba una tarea agotadora. Como una mancha, o un adorno, sin la suficiente consistencia como para convertirse en el centro de la foto, pero dejando indeleble su impronta, desde las esquinas de la vida las presencias lo impregnaban todo con su inquietante y silenciosa observancia.
 

Recordaba con terror su Primera Comunión. El Hombre Desnudo se movía entre las mesas del salón como un lunático, gritando obscenidades al oído de personas que no podían oírlo, despreciando a todos y cada uno de los presentes, quejándose del servicio, de la comida, de los olores y, sobre todo, de la muerte. Del frío e injusto olvido de la muerte. Aún recordaba las palabras de sus parientes recriminándole por parecer tan triste, tan seria, en un día que debía ser tan importante, y tan feliz. "Sonríe un poco, hija, hay que ver lo triste que es esta niña, ¿a quién habrá salido, teniendo la madre que tiene, que parece una sonaja?" Y como por nada del mundo quería decepcionar a su madre, Julia hizo de tripas corazón, se forzó a sonreír y fue tan amable como le permitió su dominio, todavía escaso para lo que llegaría a ser, del arte de fingir la propia felicidad. Años después, todavía observar las fotos de aquella celebración le provocaba un angustioso vacío en el estómago y un temblor incontrolable, como si una mano gélida se hubiese aferrado entorno a su corazón, al adivinar confundiéndose como uno más entre los presentes, invisible a todos los ojos menos al suyo, la figura nebulosa e inconsistente del Hombre Desnudo.

Pero todo eso se había terminado. Aquel día, el día que nos ocupa, había empezado su nueva vida. De pronto, todo era distinto. De pronto, podía volver a disfrutar del otoño, porque las sombras habían vuelto a ser solo eso, sombras. Tétricas y oscuras, cierto, pero calladas e inofensivas. Los oídos, libres por fin del incesante zumbido, disuelto como las nubes después de la tormenta, se le llenaban con los ruidos agresivos, átonos y estridentes de la ciudad. Gritos, cláxones, rugidos, insultos, blasfemias resonaban como la más dulce y melodiosa de las músicas, por ser evidencia indiscutible de la vida plena y desatada. Y si esto era así, si podía sentir cómo una losa se había desprendido de sus hombros, era gracias a él. Gracias al Señor Medianoche.

Su visita a la consulta fue en base a la más pura desesperación. Desde hacía semanas, el zumbido había alcanzado una cota de intensidad inusitada, e incluso parecía sonar con más fuerza cuando ponía todo su empeño en ignorarlo. Quiso la casualidad que a la salida del trabajo llegara a sus manos el folleto donde el Señor Medianoche se anunciaba como experto en Reiki y en toda una ristra de disciplinas derivadas que iban acercándose cada vez más al más trasnochado esoterismo conforme más se desplazaba la vista hacia la parte baja del folleto. Y estando como estaba, al borde mismo de la locura, ¿qué tenía que perder?

El Señor Medianoche, orondo, y de maneras suaves, enfundado en una túnica que agrandaba su figura hasta dimensiones épicas, hasta revestirlo de un aire casi, casi, mítico, la recibió con una familiaridad insospechada, pero no por ello menos bienvenida.
--Pasa, hija, pasa, te estaba esperando...¡Uy, si vienes helada! ¿Quieres un té calentito? Pero pasa, pasa, no te quedes ahí, ven y cuéntame...
Y aunque quiso contarle, no fue necesario. Al tipo le bastó una simple mirada al interior de los ojos perdidos, de la mirada rota y desesperanzada, para interpretar con sorprendente precisión hasta los más torcidos renglones de su alma. Tanto fue así que, por un momento, Julia se sintió desnuda.
--No temas, no tienes por qué.--La tranquilizó el Señor Medianoche tomándola de la mano.--Has venido al lugar indicado. A partir de hoy, desde este mismo momento, el ruido cesará. Nadie más vendrá a visitarte, porque yo se lo he pedido.

Y para su sorpresa, así había sido. Las presencias se habían marchado. O habían vuelto a ocultarse, no sabía cuál era la respuesta correcta. Tampoco le importaba. Lo único verdaderamente relevante era el hecho de que habían obedecido al mandato del Señor Medianoche. Por fin Julia era libre. ¡Qué radiante sonrisa mostraba el rostro! !Qué alivio respirar sin sentir el peso lastrando los pulmones, mirar sin miedo allá dónde quisiera, sin tener presente las esquinas, olvidando el rabillo del ojo, con la certeza de no observar otra cosa que no fuera la vida y a los vivos!




Y guiada por la firme seguridad de sus pasos, cruzó la acera.
El conductor declararía más tarde no haberla visto. Fueran ciertas o no las alegaciones sobre su falta de agudeza visual, o tuviera algo que ver el alcohol acumulado en la sangre, consecuencia de andar perdido en su propio infierno personal, son consideraciones sin importancia. Lo cierto es que se la llevó por delante. La chica cayó muerta al instante.
Al extinguirse el último latido ya se observaba a sí misma desde el otro lado de la calle, rodeada de los muertos que, ahora, siendo una más entre ellos, ocupaban el primer plano. La vida se recolocaba. Una fuerza irresistible la había empujado a los márgenes, a las esquinas y los rincones. Relegados al rabillo del ojo, eran ahora eran los vivos quienes empañaban la imagen con sus presencias inconscientes. Y Julia, pudiendo al fin distinguir el zumbido, que ya no era tal, sino un coro de voces lúgubres y vacías, entendió que, de no haberse empeñado en ignorarlo, habría escuchado hacía mucho tiempo la advertencia. Habría podido evitar el accidente.
Y ahora seguiría viva.

Comentarios

Entradas populares