La Pantomima

Comparto el primer capítulo de una historia que nunca llegué a terminar. Solo por curiosidad. Espero que os guste. 

En septiembre de 1918, coincidiendo con la epidemia de gripe española que asoló al país, tuvo lugar un robo sin precedentes en el Museo del Prado. 

Los dos hechos no guardaban la menor relación entre sí. O eso se pensaba en un principio. Al menos en el momento de la investigación, conducida con inestimable pericia por el líder de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, Ramón Fernández Luna, nada, absolutamente nada, parecía indicar una intención oculta o una segunda lectura. A ojos de todo el mundo, el robo no parecía ser más que un robo. Espectacular y único en su especie, eso desde luego. El objeto del mismo había sido la colección de vasos preciosos del Delfín Luís de Francia, hijo de Luís XIV, padre de nuestro Felipe V, expuesta bajo el elocuente nombre de “El tesoro del Delfín”. El día de la denuncia, se dio cuenta de la desaparición de nada más y nada menos que dieciocho de sus piezas. Y, como hemos dicho, el escándalo fue mayúsculo, principalmente porque puso en solfa la falta de rigor en la seguridad de una institución que merecía ser tomada mucho más en serio. Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo hasta que el esforzado policía que llegaría a ser conocido como “el Sherlock Holmes español”, empeñando toda su capacidad de deducción en las pesquisas, dio con la pista del ladrón, llegando a recuperar las preciadas piezas. El culpable: Rafael Coba, guardia de seguridad, vil y desvergonzado, amante de lo ajeno, que se aprovechó de su puesto para perpetrar el delito. Ante la mirada pasmada de toda la Brigada Criminal, además de todo el personal del museo, se avino a hacer una demostración de sus habilidades reconstruyendo el momento del robo. Así, sin el menor rastro de pudor ni reparo al respecto, escaló los muros y se coló en el interior con la habilidad reptilesca de una lagartija.  Todo un personaje, desde luego, Rafael Coba, que habrá de jugar también su papel en el presente relato. No obstante, en el momento en que le damos comienzo, mediados de octubre de 1918, se encontraba en prisión preventiva, a espera de juicio. Así que, por lo que parecía, el asunto estaba terminado. 

Pero había quien seguía sin estar tranquilo. 

En la mañana del día dieciséis del citado mes, don Armando Sutil, hombre de porte elegante y varonil, pero de mirada severa y arrogante, como puede apreciarse, detective privado de profesión, aunque no es eso algo que pueda inferirse a simple vista, se acercaba a la citada institución museística por la Puerta de Murillo. Era una mañana todavía calurosa, a aquellas alturas del recién estrenado otoño, y el sombrero se hacía más pesado por momentos, a medida que el sol escalaba posiciones en el horizonte e iba calentando los adoquines y las cabezas. El detective agradeció sobre manera la penumbra del interior cuando Márquez, el bedel, lo recibió en la puerta. Éste reaccionó con sorpresa desmedida a su nombre. Lo dejó pasar, faltaría más, pero el detective encontró molestos tanto el desmesurado aspaviento como el paso nervioso con el que el tipo menudo y escuálido le conducía por los pasillos repletos de obras de arte. Qué manera menos apropiada de darle la bienvenida. Se mordió la lengua, no obstante, conteniendo el torrente de improperios que pugnaban por nacerle desde lo profundo de las tripas. No por hacer honor a su apellido, que no era ese un aspecto de sí mismo al que le pareciera necesario prestar demasiado atención, sino por la molesta certeza de que algo no terminaba de encajar. Achaquémoslo al instinto. A fin de cuentas, el tipo no era ningún novato. 


Quizás, se dijo, será el escenario. No hablamos de los cuadros, ni las estatuas, ni las piezas de orfebrería, suficientes por sí solas para distraer a cualquiera. Nos referimos, y así lo hacía él, a la plétora de limpiadoras que, trapo y pulverizadores en mano, se afanaban en dejar como una patena el lugar ante la inminente llegada de los primeros visitantes. La visión de las esforzadas trabajadoras, de rostro ajado y cuarteado por años de dura labor, las bocas de dientes escasos y las miradas suplicantes y temerosas, moldeadas por la precariedad, hizo torcer al detective el poblado bigote, un poco en base al deje elitista que no podía evitar admitir en su carácter, y otro poco por reconocer los efectos del bando publicado por el ayuntamiento. El día anterior, el consistorio había instado a desinfectar todas las instalaciones públicas usando para ello toda una gama de hipocloritos. Hubiera comentado algo al respecto con el bedel, pero éste parecía ansioso por llegar a su destino, fuera el que fuese, y no mostraba demasiado interés en iniciar una conversación. 

Tampoco él tenía ganas, las cosas como son.

No había ido hasta allí para hablar con un conserje.

Tramo de escaleras mediante, y un par de minutos más tarde, el final del recorrido se personificó en la figura de un tipo trajeado de mediana edad, pelo rizado y algo entrado en carnes, que dirigía hacia el horizonte una mirada de pasmo y confusión. Enmarcado por una pléyade de cuadros de Velazquez, justo entre las embriagadas sonrisas de los borrachos y la etérea luminosidad de las hilanderas, la figura de don José Garnelo, insigne pintor sevillano y subdirector del museo, adquiría, pese a la bobalicona expresión, una dimensión casi solemne. 

—¡Señor Garnelo!—se aprestó a interpelarlo Márquez.—¡Señor Garnelo! No se va a creer esto, pero creo que aquí está sucediendo algo extraño...¡Más extraño todavía, quiero decir!

Garnelo tardó un segundo en volver en sí, desde donde quiera que estuviese instalado. Al cabo, por fin, centró la vista en el bedel. 

—Oiga, señor Garnelo, ¿se encuentra bien?

—No...sí...Bueno, no sé...Es solo que...Esa muchacha se ha ido sin decirme el nombre de su agencia...

—¿Qué muchacha?—preguntó el bedel, mostrando signos de evidente desorientación. 

—¿Cuál va a ser? ¡La que has dejado pasar hace unos minutos, Márquez!

—¿Se refiere a la secretaria del señor Sutil?

—¿Mi secretaria?—inquirió el detective, perdidísimo, sin que nadie pareciese atender a su pregunta.—Pero si vengo solo.

—¿Cuál si no?—contestó el pintor al bedel.—¿La Venus de Milo?

—¡Es que precisamente de eso venía a hablarle! Señor Garnelo, ¡es hombre no era el verdadero Armando Sutil! ¡El verdadero Armando Sutil es este señor de aquí!

El detective, no entendiendo de la misa la media, tendió la mano al subdirector, que se la estrechó con aire distraído. 

—Perdone, señor Garnelo, pero...¿es que no ha escuchado lo que acabo de decirle?

—Como para no escucharte, Márquez. Si hasta el bueno de Vulcano ha dado un respingo en su fragua. 

—¿Y...Y no le sorprende?

—Es un poco tarde para eso, mi buen Márquez. 

—Oiga, disculpen la interrupción, pero, ¿les importaría ponerme al corriente de qué está sucediendo aquí? 

El detective, sintiéndose alienado, hacía esfuerzos por retrasar en lo posible la ebullición de sus nervios. Por decoro, más que nada. No porque no la considerara justificado. Le habían hecho venir, por amor de dios, ¿a qué venía de pronto aquel indignante espectáculo? Por suerte, Garnelo fue consciente al instante del error de protocolo. 

—Por supuesto, señor Sutil. En un segundo. Le ruego me disculpe. Le aseguro que lo entenderá todo muy pronto. Márquez, si es tan amable de dejarnos solos, puede volver a sus quehaceres. 

El bedel se alejó obediente, rascándose la cabeza, como si aquel gesto cotidiano bastara para conjurar la nube de confusión que le abrumaba los pensamientos. 

—Acérquese, señor Sutil.—invitó Garnelo al detective.—Contemple, conmigo esta pared. La obra del Gran Velázquez. ¿No le parece un espectáculo sublime? 

Era cierto. El enorme muro curvo de la primera planta, bordado con los cuadros del maestro barroco, desplegaba una vista abrumadora. Un compendio sin igual de belleza y precisión. Un alma más sensible quizás se habría visto superado por la sobrecogedora trascendencia de la colección de lienzos allí reunidos pero, digámoslo claro, no era Armando Sutil, precisamente, un ejemplo de sensibilidad. Así que, el bigote retorcido en una mueca de hartazgo, optó por ignorar la invitación y quedarse donde estaba.

—Señor Garnelo, si hubiera querido visitar el museo habría pagado mi entrada. Pero son ustedes los que me han llamado, maldita sea. En la agencia me dijeron que en base a un asunto importante y sumamente urgente. Pues hágame el favor de actuar en consecuencia. La agencia para la que trabajo, “La Actividad”, es la más seria e importante del país. No estamos para perder el tiempo.

—Tiene usted toda la razón, señor Sutil. Una vez más le expreso mi arrepentimiento. Pero entienda que necesitaba un momento para recuperar la compostura después de lo que ha sucedido. 

—¿Y qué ha sucedido exactamente? Porque estoy empezando a hartarme de no entender nada. 

—Pues ha pasado, ni más, ni menos, que he sido víctima de un engaño. Es más, ambos lo hemos sido. Usted y yo. Alguien se ha presentado aquí, hace un rato, usurpando su identidad. 

—¡Qué me dice!—exclamó súbitamente indignado el detective.— ¿Quién? ¿Cómo es posible? ¿Con qué fin? 

—Si me lo permite, paso a explicarle el desaguisado. 

—Ya está tardando en hacerlo.

—Verá, como le decía, no hará ni diez minutos, andaba yo supervisando la desinfección de las instalaciones que, como ve, está teniendo lugar en estos momentos para cumplir con el último bando municipal, ya sabe, en el que se dictan las medidas para combatir la maldita epidemia de gripe. Resulta irónico cómo nos reímos de ella antes del verano, ¿recuerda? “El Soldado de Nápoles”, le llamábamos riéndonos...ilusos de nosotros...Y fíjese cómo estamos ahora...Casi parece esto un castigo divino. Y encima la guerra europea...¡qué tiempos tan oscuros nos ha tocado vivir!

— Señor Garnelo, como comprenderá, sus cuitas me traen sin cuidado. Estoy aquí para hacer mi trabajo. Vaya al grano, hágame el favor. 

—Claro, claro...—asiente Garnelo, un tanto azorado por la brusquedad del detective.—Tiene usted razón. Tengo tendencia a irme por las ramas. Pues, como le decía, estaba supervisando el trabajo de las limpiadoras cuando Márquez llegó hasta mí para presentarme a dos visitantes. Se trataban de un hombre y una muchacha. El hombre presentaba un aspecto extraño. Iba vestido con un traje caro, pero su presencia no era precisamente distinguida. Era corpulento, más bien diría que entrado en carnes. Llevaba el pelo cano repeinado, pero algunos rizos rebeldes dejaban entrever la sospecha del usual desaliño. Lo que quiero decir es que, de alguna manera, daba la sensación de estar disfrazado. Como si se tratase de un chimpancé vestido de hombre, si me permite la desafortunada comparación. Por mucha chaqueta que llevase, seguiría saltando a la vista que se trata de un chimpancé. Pues lo mismo. Transmitía además una honda tristeza. Tenía una mirada así, como temerosa...Poniéndonos metafóricos, casi parecía tratarse de un león herido. Aquello debía haberme hecho sospechar pero, ¿qué se yo de detectives privados? Nunca he tenido una cita con ninguno. Y aunque uno tiende a imaginárselos con un espíritu indomable y determinado, ¿quién sabe cómo trata la vida a cada persona? Él dijo ser usted, Armando Sutil, y venir de parte de su misma agencia, “La Actividad”, y teniendo en cuenta la fama que le precede, ¿cómo iba yo a imaginar que...?

—Ha hablado también de una muchacha, ¿no es cierto?

—Efectivamente. Una chica muy joven. No le calculo más de veinte años. Sofía, dijo que se llamaba, y la presentó como su secretaria.  Pero si le soy sincero, no le presté demasiada atención al principio. Ella se esforzó por mantenerse en un segundo plano y dejar que el supuesto detective llevase la voz cantante. Lo que pasa es que a lo largo de la charla se fue viendo que, por mucho que lo intentase, aquella muchacha no era de las que pasan desapercibidas ni aun estado callada. 

—¿A qué se refiere? Sea más concreto.

—Mire, tendrá que ser paciente. 

—No es esa, precisamente, la mayor de mis virtudes. 

—Ya, ya me he dado cuenta de ello. Pero no le va a quedar más remedio, porque la historia es larga. Pues como le decía, el supuesto detective me despertó cierta suspicacia en un principio, pero más tarde demostró dotes de profesionalidad que pusieron en cuarentena mis prejuicios. Incluso rechazó la copa que le ofrecí tomar en mi despacho para distendir el ambiente. Sin mucha convicción, pero la rechazó. Y así pasé a referirle los pormenores del caso. 

—Pues si no le importa, le agradecería que hiciera lo mismo conmigo, ya que estamos, y de esta forma matamos dos pájaros de un tiro. 

—Faltaría más. Le supongo informado, porque ha sido público y notorio, del calamitoso robo sufrido por esta institución no hace apenas un mes, y de su relativamente feliz desenlace. 

—¿Y quién no lo está, en este país? De no ser por la epidemia de gripe, no se hablaría de otra cosa. 

—Para nuestra desgracia, créame. El maldito robo ha supuesto un verdadero quebradero de cabeza para el museo. Incluso hay miembros del patronato pidiendo la destitución de nuestro director, cosa que, mucho me temo, no tardará en producirse, si es que no llega antes su dimisión. 

—Hombre, a decir verdad, méritos ha hecho...

—Señor mío, sepa que somos una institución seria. No nos mueve otra cosa sino el amor al patrimonio artístico de nuestro país, que es rico como pocos. ¡El arte! ¿Qué sería de la vida del arte? ¿Qué sería si no una gris...?

—Ahórrese la teatralidad. A mi el arte me importa bien poco. Me importan los hechos. Y los hechos son que la seguridad del museo deja mucho que desear. 

Derrotado, Garnelo adoptó la mirada dolorida de un perrillo abandonado, sumiéndose por algunos instantes en un absorto silencio.

—Pero supongo que no me habrá hecho venir para hablar de un caso que ya está más que resuelto. 

—No, no...—el interés del detective pareció devolver cierto entusiasmo al pintor.—Es que ese es el problema. Que no está resuelto. 

—¿Cómo que no?

—El asunto, señor Sutil, es mucho más profundo. Y grave. 

—Hágame el favor de dejar los rodeos e ir al grano de una vez. 

—Curioso. El falso señor Sutil demostró una impaciencia semejante a la suya. Pues como le decía, el asunto es grave. Verá, las piezas del Tesoro del Delfín no fueron las únicas sustraídas. El robo se llevó por delante algo más. Un cuadro cuya existencia solo yo conocía y del que no quise hablarle a las autoridades.

—¿Y a qué se debe tanto secretismo?

—Si le soy sincero, esperaba recuperarlo a la vez que el resto de las piezas y ahorrarme explicaciones que pudieran resultar...comprometidas.

—¿Comprometidas? ¿En qué sentido? ¡No me va a decir ahora que se trataba de un cuadro robado!

—No, no, por dios...¡En absoluto! ¿Qué clase de persona cree que soy? ¡Está hablando con el subdirector del Museo del Prado!

—Por mí como si estoy hablando con el mismísimo Alfonso XIII. Los actos vandálicos no entienden de clases sociales, ni de cargos banales. Por lo que yo sé, usted podría ser el mismísimo Jack el Destripador.

—¡Pues se equivoca!—se apresuró a contestar Garnelo, indignado.— Fue una adquisición que hice en nombre del museo. Pertenecía a una familia nobiliaria sevillana, los Hidalgo y Pizarra. Hace cosa de un mes, estando yo en Sevilla, mi ciudad natal, para cerrar una colaboración con el Museo de Bellas Artes, me llegó una comunicación de don Jaime de Hidalgo y Pizarra, quien ostenta el actual marquesado del Olivo, con la propuesta de venta de un cuadro. Una pieza única y, según sus palabras, de impresionantes cualidades artísticas. El marqués necesitaba dinero para sanear las cuentas, en paupérrimo estado tras años de despilfarro y vacas flacas. De manera que, llevado por la curiosidad, acepté reunirme con él en su residencia.

—Entiendo. Y ese cuadro. ¿Realmente resultó ser algo tan único? 

—Y tanto. Créame, sé de lo que le hablo. Una pieza verdaderamente única. Y no solo por su factura. Había mucho más. 

—¿Más?

—Ese cuadro, señor Sutil...ese cuadro no es cualquier cuadro. Ese cuadro tiene la facultad de predecir el futuro. 



Garnelo se deja abrazar por la penumbra del zaguán.

El fresco ofrece una tregua contra el sofocante sol de este día de Agosto. El pintor se quita el sombrero y se abanica con él. Un diluvio de gotas de sudor se desprende de cada poro de su cuerpo, y en cuestión de segundos, está bañado por entero. Cuando los ojos se acostumbran a la agradable tiniebla, le asalta una cierta sensación de incomodidad. La entrada del nobiliario palacio presenta un aspecto inesperadamente desaseado. Capas de polvo tapan el dibujo de las lozas del suelo, grandes telas de araña colgando de las esquinas y gruesas grietas interrumpiendo el trazado del ataurique en los azulejos. La impresión no es buena. Pero tampoco nada que juzgar con dureza. Garnelo sabe que la familia no pasa por su mejor momento. Quizás la cosa sea peor de lo que se había imaginado. 

Hay un tirador junto a la cancela. Al accionarlo despierta el vibrante tañido de una salva de campanas, que resuena durante algunos segundos en el aire espeso. Pero nadie viene a abrir. Garnelo se apresta a repetir la operación por tercera vez cuando se percata de que la cancela está entornada. La abre lentamente y se interna en la galería que se entrevé al otro lado de las rejas. Le recibe un silencio atronador. La falta de sonidos delata una quietud desconcertante, casi de ultratumba. Bajo los rayos del sol que anegan el patio central, las plantas se descomponen en sus macetas, y la fuente agrietada se seca. El fulgor blanquecino del mármol presenta cualidades siniestras, casi un toque de ceniza, que lo aleja del esplendor y lo acerca a la palidez de la muerte. José Garnelo, el sombrero firmemente aferrado por las dos manos, como si pudiera ofrecerle algún tipo de protección, no sabe muy bien contra qué, tiene la sensación de haberse internado en un mausoleo. 

Entonces, un destello de vida. 

A los pies de la escalera que comienza al otro lado del patio, distingue la figura de un hombre. No termina de perfilar bien su contorno, porque está lejos, y la vista del pintor ya no es la que fue en su momento.  

—¡Buenas tardes!—Saluda.—¿Es usted don Jaime? Soy José Garnelo, subdirector del Museo del Prado. Concertamos una cita para...

Garnelo no llega a terminar la frase. Antes de poder hacerlo sus palabras quedan suspendidas en la atmósfera fúnebre, se enredan en las telas de araña y se disuelven con el polvo. La figura al pie de las escaleras gira sobre sus talones y sube lentamente. Garnelo se apresura y trata de seguirle el paso. Cruza el patio y comienza la ascensión, pero la presencia ya ha desaparecido en el primer piso, que se anuncia en un mar de tinieblas. Cuando llega, el pintor se interna en la galería superior que rodea al patio. A la izquierda, una balaustrada de madera, cerrada con ventanas agrietadas, opacas por la suciedad. A la derecha, azulejos desconchados y habitaciones cerradas. Solo una abierta, como una boca muda, aguarda en silencio. Cuando se acerca, el ánimo de Garnelo ya empieza a dejarse contaminar por la atmósfera que rodea la casa, una mezcla de decadencia y tristeza que agrede inevitablemente al corazón. Al otro lado del umbral se abre una polvorienta biblioteca. Y allí, entre dos estantes, cuelga un cuadro frente al que Garnelo encuentra por fin al hombre. Éste contempla la pintura con aire ensimismado. Tan, tan, enajenado, que por un momento el pintor se plantea la posibilidad de que en realidad no esté contemplando a nadie y se trate tan solo de la personificación de uno de los recuerdos que pululan por los rincones del edificio. 

—Oiga...¿Don Jaime? 

Sea o no don Jaime, el hombre se empeña en guardar un desagradable silencio. Es un tipo ya entrado en años, bien vestido, de aspecto garboso. No obstante, hay algo en su figura, una debilidad extrema, que le hace parecer, no frágil, pero sí derrotado. Garnelo siente que la inquietud comienza a comerle el alma.

—Ahora que está usted aquí, ha llegado el momento.—contesta por fin. La voz es como la figura. Y como la casa. Casi un eco lejano. Un lamento arrastrado por el viento.

—¿El momento? ¿El momento de qué?

—El momento de pasar el testigo. De librarse de la carga. 

—Disculpe, don Jaime. No lo entiendo.

—Lo hará, no se preocupe. Este es el cuadro que le prometí. 

Instado por la curiosidad, Garnelo dirige su mirada al cuadro. Se trata de un lienzo de, aproximadamente, un metro más o menos de ancho y algo más de largo. Un óleo. Las maneras barrocas, muy propias del Siglo de Oro español, concretamente de la escuela sevillana, muestran en descarnado claroscuro una escena difícil de interpretar. Un hombre anciano, de aspecto miserable, se arrodilla a los pies de la una presencia femenina, enlutada, de tez pálida y expresión altiva. Mientras, detrás de él, lloran desconsoladamente un niño y un hombre joven. El naturalismo tan barroco refleja sin el menor pudor las carnes ajadas, la dentadura mellada, los pelos ralos, los ojos cansados y vidriosos, la palidez casi cadavérica de la señora, que bien podría ser la misma muerte...La imagen transita entre lo conmovedor, lo desolador y lo inquietante, pero tal es su innegable maestría que las emociones golpean sin misericordia en la boca del estómago. No deja indiferente. Y despierta incontables preguntas, no siendo la menor de ellas, ¿de dónde ha salido este cuadro?

—Es...Es magnífico...—balbucea Garnelo, obnubilado.—¿Quién es su autor? ¿Cómo es posible que haya pasado desapercibido tanto tiempo?

—Encontrará todo lo que necesita saber en la carpeta que le he dejado sobre la mesa.—Dice el otro, señalando vagamente, sin quitar la vista del lienzo, al escritorio situado un poco más allá, frente a la ventana a través de la cual hieren a destajo sablazos de luz.—También el contrato de compraventa. Solo tiene que firmarlo y será suyo. No se preocupe por el dinero. No tengo prisa en recibirlo. Solo quiero deshacerme del cuadro cuanto antes. 

—Pero, ¿cómo puede decir eso, don Jaime? Es una auténtica obra de arte...

—Y también una pesada carga que hemos soportado en mi familia durante generaciones.

—¿Una pesada carga? ¿A qué se refiere?

—Este cuadro...Este cuadro es especial...No es una pintura cualquiera...No es tan solo una pintura, ni está compuesta al azar. Cada trazo, cada pincelada, están ahí por una razón. Por un único motivo. Este cuadro representa el destino inevitable de todo ser humano, el desenlace fatal al que todos estamos abocados. De la cuna a la tumba. Esa es la única verdad. Esa es la oscura realidad del cosmos. Nada es eterno. Todo tiene un final emplazado. Eso es lo que nos enseña esta pintura. Y no es una manera figurada de hablar, créame, sé lo que le digo. Este cuadro ya me ha mostrado demasiadas cosas...Demasiadas...

Quizás, de haber pronunciado las palabras de otra manera, en un entorno distinto, el efecto hubiera sido más reposado. Más racional. Pero don Jaime, de espaldas a Garnelo, parece un espectro, y la casa, que se cae a pedazos, un cadáver en plena descomposición. Y el pintor siente cómo se le encogen las entrañas ante la aparición de un miedo repentino. Percibe la promesa de algo terrible, de una idea que no se atreve si quiera a concretar.

—Oiga...Don Jaime...¿que me está queriendo decir...?

—La verdad, amigo mío. La verdad. Este cuadro...Esta pintura...Muestran el porvenir...Obsérvela. ¿No nota un pellizco en el corazón, como el vértigo de asomarse al abismo? Es el cuadro rebuscando en su interior, estudiando a fondo los recovecos de su alma. Siga mirando y dentro de nada el influjo lo habrá atrapado para siempre. Una hora. Es todo cuanto el cuadro necesita. Y entonces, cuando lo sepa todo de usted, contestará a sus preguntas desplegando ante sus ojos el espectáculo de los años venideros...El futuro se revelará. Su mente se llenará de conocimiento. Por eso es necesario elegir bien las preguntas cuando uno decide mirar dentro del cuadro. Pero el universo no funciona gratuitamente. No da nada sin quitar algo. Mi familia lo sabe bien...Largo tiempo nos hemos beneficiado de la influencia de este cuadro...Hasta que nos ha llegado el momento de pagar, uno a uno...¿Es que no ve el deplorable estado de esta antaño honorable casa? Aquí se termina nuestro tiempo...Aquí se termina mi tiempo...

Garnelo traga saliva. La frente se le perla de gotas temblorosas de sudor. La camisa empapada se le pega al pecho. ¿Ha perdido la cabeza don Jaime? ¿Intenta tomarle el pelo? Sea como sea, no le gusta. Lo curioso es que se sorprende apartando la vista del cuadro en un absurdo impulso irracional. Un extrañísimo por si acaso. Entonces se percata de que don Jaime ha cogido una pluma que ya está bañada en tinta. 

—Firme el contrato, por favor.—le ruega, sin apartar la vista del objeto de tan malsana obsesión.—No demore más la transacción. El momento se acerca.

—¿El momento? ¿El momento de qué?

—Yo...yo también he visto mi futuro. Sé cómo acabará todo. Sé cuándo acabará todo. Firme el contrato, por favor. 

Garnelo no espera más. 

Ya no tiene dudas de que don Jaime se ha sumergido de lleno en las procelosas aguas de la locura. Saldría corriendo, pero no quiere dejar ese cuadro atrás. No puede permitir que semejante obra se pierda otra vez en las mareas del tiempo. Lo mejor que puede hacer es firmar, huir con el contrato, y en unos días, cuando se le haya pasado el susto, reclamar la adquisición. Y así lo hace. Una vez termina de grabar su signatura levanta la vista para descubrir que don Jaime ya no está en la habitación. Una ominosa sensación de desamparo le recorre por entero. Introduce el contrato en la carpeta, la agarra, y se apresura a salir después de echar, por supuesto, un último vistazo al cuadro. Recorre la galería, baja las escaleras y en cuestión de un par de minutos ya cierra tras de sí la puerta de la calle. 

Entonces, y solo entonces, se permite soltar un suspiro de alivio. 

Al día siguiente, la noticia le alcanza nada más despertar, en su cama. La dueña de la pensión donde se aloja se lo comenta muy alterada: han encontrado a don Jaime de Hidalgo y Pizarra muerto. Según parece, esa misma mañana ha saltado por la galería, atravesando una ventana, y se ha estampado en el suelo de mármol, donde le ha sido imposible escapar a la lluvia de cristales rotos que ha acabado despedazándole el rostro. 

Y recuperar el cuadro se le antoja, de golpe, una misión insoportable. 



El final del relato dio paso a un silencio tenso, expectante.

—Adelante, diga lo que piensa. El falso usted no se cortó de hacerlo. 

—¿Le dijo él que esa historia es una locura?

—Fue un poco más sutil, irónicamente. Me hizo ver que lo interesante no era lo que yo creyese, si no que el cuadro había desaparecido, y que había recuperarlo a toda costa.

—Demasiado prudente para mi gusto. Yo lo hubiera pintado de loco para arriba. Ahora entiendo que no diera parte de la falta del cuadro a la policía. Quedaría usted como un demente. Y ya bastantes problemas tiene la institución como para que sea el propio subdirector quien cave su tumba. ¿De verdad me está diciendo cree que ese cuadro es capaz de predecir el futuro?

—Creo lo que vi. Por eso pienso que la pintura, en malas manos, supone un peligro para el conjunto del país. Imagínese lo que cualquier desalmado pudiera conseguir sabiendo de antemano lo que nos espera...

—Eso no va a pasar, porque usted no vio nada. Lo suyo fue un burdo episodio de sugestión. Le concedo que el escenario pudiera resultar espeluznante, y eso fue lo que le llevó a verlo todo desde el punto de vista de la más que evidente demencia de don Jaime. Eso dice muy poco de su fortaleza mental. 

—Desde luego, no se anda usted con chiquitas.—observó Garnelo con fastidio, sin terminar de acostumbrarse a la brusquedad del detective.—El apellido le venía mejor al impostor que a usted. Eso debe reconocerlo. 

—Sin el menor rubor. Pero no nos distraigamos. Que esté como una cabra no quita que haya un caso pendiente. Un cuadro robado es un cuadro robado. Y mientras me pague, por mí como si se cree la reencarnación de Napoleón Bonaparte. Entonces, me dice, ¿nadie salvo usted conocía la existencia del dichoso cuadro?

—Nadie. Solo yo. Y ahora Márquez, a quien le he confiado el secreto. Pero antes del robo él no sabía nada. Lo guardaba en mi taller. Quería restaurarlo antes de presentarlo en sociedad. Pero el asunto de la gripe entorpeció mi labor. 

—¿Y cómo está tan seguro de que no lo tiene Coba?

—Porque entonces ya habría sido devuelto, ¿no le parece? Estoy seguro de que el ladrón no ha sido Coba. Yo esperaba que apareciera con las piezas robadas, pero no ha sido así. El impostor, bueno, en realidad su secretaria...ha expresado la posibilidad de que Coba hubiera vendido el cuadro, pero no lo creo. Coba es un desgraciado con menos ingenio que hambre, al que no le imagino ni contactos ni experiencia en los ámbitos del tráfico de obras de arte. Ese cuadro no habría pasado desapercibido en sus manos. No, no fue él. El ladrón es otra persona. 

—Un momento, un momento... ¿ha dicho que fue la secretaria la que expresó esa idea? ¿La tal Sofía?

—Efectivamente. Eso es lo curioso. Para esas alturas del encuentro, la muchacha había cambiado de actitud. No es que se hiciera notar especialmente, no al menos de forma voluntaria. Pero las circunstancias le obligaron a abandonar su papel pasivo. 

—Pues no termino de entenderlo. ¿Qué sucedió para que tuviera que suceder eso?

—El detective...O el supuesto detective...De pronto empezó a comportarse de forma errática...Impaciente...Incluso hizo referencia varias veces a la copa que le ofrecí en un principio. Y si no fuimos al despacho a por ella fue porque la secretaria, Sofía, paró sus intenciones de golpe con sendos codazos que hizo todo lo posible por disimular, de forma infructuosa, claro está, porque me percaté de cada uno de ellos. Después de eso escribió algunas cosas en una pequeña libreta y se las pasó a su compañero, que durante los minutos siguientes se limitó a leer como un colegial de la cartilla. Desde ese momento en adelante fue como si el detective fuese el muñeco y ella el ventrílocuo. No sé si me entiende.

—¿Y qué demonios había escrito en esa libreta, si puede saberse?

—Preguntas. Cuánta gente tenía acceso en el taller, por ejemplo. 

—Es una buena pregunta, desde luego. Justo la que iba a hacerle yo ahora. ¿Les dio esa información? 

—Por supuesto, igual que se lo digo ahora a usted. Nadie más que yo tenía acceso a ese taller.

—De acuerdo. De acuerdo...Tendré que empezar a buscar por otra parte. No supondrá ningún problema. No será la primera vez que solvento un caso en apariencia irresoluble. Sin ir más lejos, la semana pasada di carpetazo a la desaparición del caniche de la Condesa de Villagrande. El mayordomo se había deshecho de él de un sartenazo en la cabeza y luego había cocinado un guiso con su carne, para no dejar ni rastro. Astuto. Asqueroso, pero astuto. No contaba, por supuesto, con la sagacidad de Armando Sutil. Encontraré su cuadro, se lo aseguro. No obstante, en cuanto al asunto del impostor...

—¿Qué ocurre? Lo noto preocupado.

—Como para no estarlo. Esa gente, fuera quien fuese parece que sabían lo que se hacían. Si lo que usted me ha contado es cierto, y no tengo motivo para dudar de su palabra, sobre todo sabiendo que no llegaron al despacho a beber esa copa, parecían conocer muy bien los entresijos de mi profesión.

—Claro. Como que se desempeñan en ella. 

—¿Qué? ¿Cómo lo sabe? 

—Porque ahí viene lo gracioso. La gran revelación. Le grand finale. Visualice por un momento la escena. El detective que cada vez se revela más tosco, el personaje menos creíble. Titubea, se pierde, como un actor que no se ha aprendido bien el papel. Y entonces, para mi sorpresa, la secretaria decide dar un paso adelante y se revela como la verdadera protagonista de la obra. “Está bien, señor Garnelo, llegados a este punto será más honroso para nosotros contar la verdad. Mi nombre es Sofía Helena”, me dice, “ yo soy la detective privado. Perdone a mi compañero. El señor Gervasio Rodillo es un buen amigo mío, actor teatral, de cuyas cualidades me sirvo cuando la ocasión lo requiere.” Imagine mi estupefacción. Resulta que la detective era ella. No él. ¿Puede creerlo? 

—¡Por supuesto que no!—exclamó Armando Sutil, visiblemente indignado.—¡No doy crédito! Mujeres detectives...¿A dónde vamos a llegar? 

—Son precisamente esos prejuicios los que señaló ella como su motivación para encomendarse a tan absurda pantomima. Y el tal Rodillo...De pronto todo quedó claro. ¡No era más que un actorzuelo del tres al cuarto, creyéndose en las tablas del Teatro Real! Si lo hubiera visto, declamando de pronto por el Tenorio, ya sabe, eso de “Yo a las cabañas bajé, lo a los palacios subí, yo a los claustros escalé, y en todas partes dejé amarga memoria de mí”, con voz muy afectada. Aquello sí que fue una verdadera escena. Digna de verse. No sabía si llorar la patética desesperación de la pareja, o aplaudir su osadía. 

—¿Osadía? ¡Una ignominia, es lo que es! Usar mi buen nombre, y el de mi agencia...Pero, ¿cómo alcanzaron a saber que yo estaba citado con usted? ¿Y qué pretendían con esa maniobra?

—No tengo respuesta a la primera pregunta, me temo. La señorita Helena, muy inteligentemente, no quiso respondérmela. Pero la segunda incógnita sí puedo despejarla: sus intenciones no eran si no ofrecer sus servicios. Sospechaba que, siendo mujer, nadie la tomaría en serio, y pretende utilizar este caso como manera de darse a conocer en sociedad. De hecho no me ha pedido nada a cambio, tan solo que, cuando encuentre el cuadro, mencione el nombre de su agencia en los periódicos. 

—¡Menuda desfachatez!—la indignación de Sutil le enrojecía el rostro y volvía a torcerle el bigote, que parecía ir a quedarse ya para siempre en esa posición.— ¡Habrase visto, tamaño descaro...! ¡Esa muchacha merece ser castigada como se merece! ¡Le seguro que daré con ella y se las verá con la ley! Aunque bien pensado, ya va a encargarse de ponerse en ridículo ella sola. ¡Ella solita! Imagínese. Encontrar el cuadro...Una aficionada...

—¿Y qué le hace suponer que no lo encontrará?

—¡Cómo! ¡No me va a decir ahora que cree que lo conseguirá!

—Solo le digo que su voz se modulaba con una determinación tan fiera que resultaba altamente convincente. Sea verdad o no, esa mujer está convencida de tener las cualidades necesarias para resolver este caso sin más ayuda que la de su estrafalario amigo, el actor. 

—¡No puedo creer lo que estoy oyendo! ¿Es que el mundo ha perdido la cordura? ¿De verdad cree que una muchacha cualquiera es capaz de vencerme? ¿A mí? ¿A Armando Sutil? ¿Uno de los más afamados detectives del país?

—Querido amigo, solo le digo que, antes de ser pintados todos estos cuadros que ve aquí no eran más que una idea, una intención. Un desafío a la lógica y a lo establecido. Y si ahora podemos deleitarnos con su maestría es ni más ni menos que por la determinación de su autor. Esta pared, el arte mismo, es un testimonio de que absolutamente todo es posible. ¿Quién soy yo para cuestionar eso?

—¡Maldito sean el arte, los pintores y todo lo imposible! ¡Yo le demostraré que por mucho que se empeñe una mujer jamás podrá tener la misma capacidad de un hombre! ¡Vaya preparando el cheque con mis honorarios porque tendrá el cuadro de vuelta antes de que pueda si quiera firmarlo! ¡En los próximos días tendrá noticias mías! Mujeres detectives...¡Y trabajando sin cobrar¡ ¡El colmo del absurdo! 

—Se equivoca, señor Sutil. El colmo del absurdo es que usted lleve ese apellido.

La respuesta, certera e ingeniosa, se le ocurrió de golpe a Garnelo, que la soltó como quien lanza la estocada final, sabiéndose vencedor del duelo. Saboreó entonces el orgullo de haber devuelto todos los desprecios recibidos. Lástima que sirviera de poco. El destinatario ni siquiera lo había oído. Para cuando había terminado de pronunciar su frase lapidaria, Armando Sutil ya se alejaba dando grandes zancadas, sin haberse despedido si quiera, y jurando por todos los dioses y los santos del cielo, en una muestra superlativa de blasfemo sincretismo, encontrar el cuadro antes que nadie por el buen nombre de lo establecido y de la lógica. El eco de sus pasos y sus maldiciones siguió atronando los pasillos de mármol incluso cuando ya se había perdido de vista. 

Garnelo se encontró a sí mismo sonriendo. Le embargaba de pronto una seguridad absoluta en la resolución satisfactoria del caso. Pero, para su sorpresa, tal sensación no tenía origen en la persona de Armando Sutil. Una vez pasado el desconcierto inicial, hubo de admitir que si alguna de las dos entrevistas le había transmitido serenidad de ánimo y confianza en las dotes del investigador, había sido la primera. Se volvió hacia el lienzo de “Las Hilanderas”, sin saber muy bien en base a qué hilo de pensamiento, y fue a fijarse en la diosa Athenea, tan oculta y al mismo tiempo tan evidente, al fondo de la composición. Como la propia Sofía Helena, pensó entonces. Oculta y al mismo tiempo, evidente. Tanto que le parecía increíble no haber percatado en ella desde el primer momento. Esa muchacha tenía algo especial. Algo que la hacía única. Y se dijo que más le valía aprenderse el nombre de la agencia si quería cumplir con su parte del trato.

La agencia...

¡Ay Dios, la agencia!

¿Cómo demonios se llamaría aquella agencia?


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