La maldición del consumidor forzoso.

 En muchos aspectos, soy enemigo del progreso. 

A ver, que se me entienda. No me refiero al progreso social. Con ese estoy a tope. Me refiero al mal llamado progreso. A los avances en tecnología, sobre todo. A todo aquello que se supone que sirve para mejorar nuestras vidas cuando, a muchos niveles, solo sirve para empobrecerla. 

No, no quiero volver a la época de las cavernas. Ni a la edad media. Simplemente creo que el hecho de haber inventado algo no significa que ese algo deba usarse. Ni que sea bueno para nosotros, ya que estamos. Podría hablar largo y tendido, por ejemplo, del móvil. Pero voy a centrarme en otro avance que considero bastante cuestionable: la Inteligencia Artificial. 

Tengo varios motivos para desconfiar de su uso. Como buen miembro de mi generación, podría achacar mi recelo a la influencia de “Terminator”. Pero no es el caso. Mis razones son un tanto más filosóficas. 

Para empezar, tiene que ver con el uso comercial y la capacidad de elección. La mayor parte de las veces no somos conscientes, pero las cosas que usamos no hemos elegido usarlas. Nos hacen creer que sí. Pero lo cierto es que nos fuerzan. Voy a poner un ejemplo muy tonto, ¿vale? El coche. Sí, es cierto, puedes no comprarte un coche. No obstante, todo a tu alrededor está diseñado para que no tengas más remedio que usar el coche. Pues lo mismo me pasa con la IA. Yo no decido usar la IA. Me la meten por la garganta. A la fuerza. En los móviles. En la tele. En el cine. En la música. Dentro de poco el mundo estará diseñado de tal manera que no tendremos más remedio que usar la IA, queramos o no. Y yo pregunto, ¿quién ha decidido eso? Spoiler: yo no. Ni ninguno de nosotros. Lo hacen las grandes empresas tecnológicas, para las que no somos más que meros productos. Y, sí, me parece bien que haya quien decida aceptar eso. Faltaría más. Pero creo que deberíamos tener la oportunidad de oponernos. De decir no. Es que no estamos hablando de cualquier cosa. Hablamos de un cambio significativo en la manera de entender el mundo. Y, sin embargo, muy pocos tienen capacidad de decidir sobre ello. 

No me parece justo.


Pero hay otro motivo. 

Quizás más abstracto, pero que personalmente me importa bastante. Tiene que ver con la creación. Tal y como yo lo veo, ahora mismo podemos elegir: ser consumidores o creadores. De hecho, la gran mayoría nos movemos en ambos campos, en un grado variable. Ahora piensen qué sucederá cuando la IA lo sea todo, y nos lo de todo mascadito. Exacto. Seremos todos consumidores. Habremos perdido la posibilidad de ser creadores. Y, honestamente, no quiero eso para mí, ni para mis hijos, ni para nadie, en general. Una vez más, tiene que ver con la libertad individual. Quiero tener libertad para crear. Porque pocas sensaciones conozco más embriagadoras que la satisfacción de haber creado algo. Un hijo, un cuadro, un texto, una canción o una casa, me da igual. Sea lo que sea, si perdemos eso, perdemos la esencia de lo que nos hace ser humanos. ¿Por qué habríamos de renunciar a la posibilidad de influir en el rumbo del mundo? ¿Por qué habríamos de dejar esa capacidad en unos pocos, que son los que manejan el cotarro? No encuentro el menor motivo convincente para ello. 

No sé, quizás todo lo que digo sea una estupidez. Quizás pienso demasiado. Sí, lo hago. Eso es un hecho. Pero mientras nadie pueda controlar lo que pienso, o cuánto pienso, seguiré siendo yo mismo. 

Y en estos momentos no se me ocurre mayor acto de rebeldía que ese.

Ser uno mismo.   

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