Canción Triste de Ciudad de Otoño
Víctor Torres se giró hacia el fondo del local como le indicaba el indolente camarero. Y ahí estaba, sentado a una mesa con un chato de vino entre las incorpóreas manos, convencido de ser uno más entre los parroquianos. El fantasma de Franco.
El viejo dictador, enfundado en su uniforme de Generalísimo, los ojos perdidos tras el cristal opaco de las gafas de sol, se encorvaba como aplastado por un peso insoportable, y en lugar de beber daba la sensación de haberse perdido en el fondo del vaso o en la superficie oscilante del líquido rojizo, rememorando quién sabe qué aciertos o errores. Nadie salvo el detective parecía alertado por la presencia. Nadie mostraba ni la más mínima sorpresa, nada, desde luego, ni remotamente alejado de un ensimismamiento profundamente triste y pegajoso, tentador incluso, si uno se dejaba embaucar. Así que antes de dar el hecho por cierto, Víctor se frotó los ojos. Cuando se hubo cerciorado de que, usual o no, ignorada o simplemente asumida, la presencia era real, quizá no tangible, pero indudablemente visible, avanzó lentamente hacia la mesa, con la precaución suma de quien trata de no espantar a una bandada de pájaros.
La misión que lo había llevado hasta aquel lugar dejado de la mano de dios, aquel cementerio de almas perdidas, estaba a punto de terminar. Cualquier paso en falso podría echarlo todo a perder. Sin embargo, el detective arrastró una silla hacia la mesa y tomó asiento frente al dictador sin que éste diera la menor muestra de inmutarse. Aquel ensimismamiento, sin lugar a dudas, había contagiado también al antaño orgulloso Caudillo, o cuanto quedara de él, fuera cuánto fuese, apenas un dibujo, una escultura inconsistente, una ensoñación, frágil y breve, destinada a ser barrida por el viento al minuto siguiente.
Y ese era, precisamente, ahora lo comprendía, el encargo de Torres. Debía impedir que aquel recuerdo viviente, aquella entidad hueca, semblanza del que fuera el hombre más poderoso de España, y que lo sería todavía un tiempo más, desapareciese antes de que el país estuviese preparado para asumir la pérdida.
--¿Excelencia?
Franco levantó la cabeza despacio, con un movimiento, de tan moroso, casi inexistente, un arrastrarse por el tiempo dejando a su paso estelas de eternidad.
--Excelencia, mi nombre es Víctor Torres…Soy detective privado. Me…Me han contratado para encontrarle.
--¿Encontrarme?
La voz del dictador, débil y atiplada, empezó siendo un susurro carente, no solo de emoción, sino de convicción, como si ni él mismo estuviera muy seguro de quién era, o de qué hacía allí. Poco a poco, no obstante, fue ganando determinación para terminar resonando con soberbia.
--¿Por qué habría de encontrarme?
--Bueno, porque…porque hay muchas cosas que dependen de usted, y nadie sabía dónde estaba.
--Yo sé muy bien dónde he estado siempre. Aquí mismo, justo donde me ve.
--No se ofenda, pero eso no es posible. Le he buscado durante semanas. He venido a este mismo lugar día tras día y nunca lo he visto.
--Será que no ha mirado usted bien.
--Ya…En cualquier caso, le pido disculpas por mi torpeza. Este asunto se ha demorado más de lo que a todos nos hubiera gustado. Así que, si me acompaña, ha llegado el momento de irnos.
--¿Irnos? ¿Irnos a dónde?
--¿Cómo que a dónde? De vuelta a Madrid, excelencia…
--Pero, vamos a ver, zoquete, ¿cómo me voy a ir a ninguna parte? ¿Es que no te has dado cuenta de que estoy muerto?
No fue el insulto el motivo de la alerta del detective. Fue, sobre todo, la constatación de un hecho, no por posible, menos deseado: Franco conocía su condición. Por tanto, la voluntad jugaba un papel importante en toda la historia. Ya le habían advertido sobre ello. Puede que no hubiera llegado aquí por decisión propia, pero ahora el dictador estaba convencido de estar justo donde debía. Y hacerle cambiar de idea no iba a ser tarea fácil.
--Claro que lo sé.--contestó, abordando el asunto de la manera más directa posible. No era momento de andarse con rodeos.--Por eso estoy aquí, excelencia. Porque usted ha muerto antes de tiempo. Mejor dicho, lo han matado.
--¿Que me han matado? Pero, ¿qué está diciendo, hombre de Dios?
--Lo que oye, excelencia. Le mataron. Usted fue asesinado.
La revelación no pareció hacerle demasiada gracia al fantasma. No es, desde luego, plato de buen gusto para nadie. Mucho menos, es de suponer, para alguien como él, convencido de ser prácticamente un dios entre mortales. El bigote, resto de escarcha a la sombra de la nariz, se arrugó en una mueca de furia que, de haber formado parte de un rostro todavía vivo, hubiera sido terrible.
Cualquier inclinación a la ternura que pudiera inspirar la envejecida efigie del dictador quedaba anulada ante el colosal enfado.
--¿Pero cómo me van a asesinar, vamos a ver? ¿Quién iba a hacer eso? ¡No diga usted tonterías! ¿Es que no sabe quién soy yo?
--Pues claro que lo sé, es…
--¡Soy el Generalísimo de los Ejércitos! ¡El Caudillo de España! ¡Sobre mis hombros descansa la etapa de paz más larga y gloriosa de la historia reciente de este país! ¡Yo, azote del Marxismo, defensor de la única y verdadera fe! ¿Qué se cree usted que estoy haciendo aquí? ¡Esperar mi recompensa! He muerto porque me tocaba hacerlo, y ahora espero a que vengan a buscarme para ocupar el sitio que me corresponde en el cielo, junto al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¿Asesinado? ¡No diga tonterías, hágame el favor! ¿Quién iba a poder asesinarme? ¿Quién iba a ser capaz de acercarse si quiera?
--¡Pero lo hicieron, excelencia! Ojalá pudiera decirle lo contrario, pero…
--Entonces, ¿es cierto?
--Eso me temo.
--¿Quién…? ¡Maldita sea! ¿Quién acabó con mi vida?
--Me temo que no puedo responderle todavía. Averiguar eso es parte de mi encargo. Estoy cerca, pero aún quedan misterios por aclarar…
--¿Qué misterio? ¡No hay ningún misterio! ¡Han sido los rojos! ¡El contubernio judeomasónico! ¡Debí haberlos aplastados a todos! Creí haberlo hecho tras la guerra, cuando fusilé a cientos y cientos de ellos que ahora se pudren en las cunetas, entre las heces de las ratas, que es donde se merecen estar…Pero no…No se terminan nunca…¡Se reproducen como cucarachas! ¡Debo volver! ¿Me oye? ¡Debo volver cuanto antes! ¡Tengo que aniquilarlos! ¡La sangre volverá a correr por las calles de España haciendo honor al rojo de la gloriosa bandera! ¡No puedo irme sin dejarlo todo atado y bien atado!
La rabia del dictador estremeció al detective. La sonrisa honesta y bondadosa de su padre, campesino afiliado a la UGT, fusilado en enero de 1940 tras meses de penoso cautiverio, estalló de pronto como una bomba de recuerdos en lo profundo de su mente. La deflagración le sacudió el alma, desordenándole los sentimientos. El hombre frío y distante que había sido durante los últimos meses vio como se derribaban las barreras. Se acordó de la hermosa Luisa y su hermanito, el pobre Toño. De los guisos de doña Benita y el saber enciclopédico del señor Fulgencio. Se acordó de los dos rateros, Abelardo y Ginés, sinvergüenzas con más hambre que inquina. Se acordó de tantos otros que sufrían a diario y anhelaban un golpe de suerte que cambiara las cosas. Y se encontró a sí mismo olvidándose del dinero que le habían prometido, preguntándose, por primera vez en su vida, si no se debía a algo más. A una causa mayor y más importante. Quizás lo mejor para todos era, precisamente, que no completase el encargo.
En sus manos descansaba la posibilidad de que España pudiera pasar, por fin, al siguiente capítulo de su triste Historia.
Este es el principio de una novela que no llegó a ninguna parte, "Canción Triste de Ciudad de Otoño", quizá por lo estrambótico de su argumento. Pero lo dejo aquí porque es un principio que me gusta y funciona, creo, como relato independiente. Ustedes dirán.

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