El Hombre del Muelle
Me encanta el norte.
No es un menosprecio hacia mi tierra, ni mucho menos. Pero ya sabéis lo mío con el verano. Y bueno, si algo es Andalucía es la tierra del verano. Así que no me importaría pasar algunos meses del año, cuando más aprieta la canícula, entre calores algo menos feroces. El caso es que siempre he conectado con el norte. Su talante, su clima, sus leyendas...Todo me apela muy directamente. Si hasta la primera vez que me enamoré fue en el norte. De una chica del sur. Pero en el norte.
El verano pasado, mi mujer y yo decidimos pasar las vacaciones de verano allá arriba. Una semana en Asturias y otra en Galicia. Conocía la primera, a la que he vuelto varias veces. La segunda no. Y fue un flechazo. Amor a primera vista. No tardé ni dos kilómetros más allá del límite entre comunidades para caer rendido a sus pies. Recuerdo habernos perdido camino de Pontevedra y cruzar por una carretera rural, entre campos solitarios y encinas de copas alborotadas por el viento. Es curioso lo del viento. Supongo que será sugestión, pero puedo jurar que arrastraba algo que no pude precisar. Era fácil de detectar para alguien como yo, que siempre anda en busca de inspiración. Aquella tierra me hablaba. Aquel viento me cantaba. Y yo estaba encantado porque, quizás sea un tópico, pero podía respirarse la magia en cada brizna, en cada nube pintada en el cielo.
El verano pasado, mi mujer y yo decidimos pasar las vacaciones de verano allá arriba. Una semana en Asturias y otra en Galicia. Conocía la primera, a la que he vuelto varias veces. La segunda no. Y fue un flechazo. Amor a primera vista. No tardé ni dos kilómetros más allá del límite entre comunidades para caer rendido a sus pies. Recuerdo habernos perdido camino de Pontevedra y cruzar por una carretera rural, entre campos solitarios y encinas de copas alborotadas por el viento. Es curioso lo del viento. Supongo que será sugestión, pero puedo jurar que arrastraba algo que no pude precisar. Era fácil de detectar para alguien como yo, que siempre anda en busca de inspiración. Aquella tierra me hablaba. Aquel viento me cantaba. Y yo estaba encantado porque, quizás sea un tópico, pero podía respirarse la magia en cada brizna, en cada nube pintada en el cielo.
La sensación fue a más en Santiago de Compostela. Hacía un día desapacible y gris. La luz era poco menos que un velo enrarecido, y las calles estaban atestadas de turistas como nosotros, de insaciable y desnortado hormigueo. Quizás no era la circunstancia más adecuada para sentir nada. No obstante, el entorno se impuso a los obstáculos, y en poco tiempo el misterio de aquella ciudad de callejuelas estrechas y siglos desparramados por las paredes se las arregló para colarse por las rendijas, hechizarme el alma y excitarme la imaginación. Las historias se hilvanaban solas, crecían a ritmo vertiginoso.
En un momento dado a mi hijo mayor, gracioso eufemismo para un niño de apenas cuatro años, le entró hambre. Como buen niño que es, él quería ir al Burguer King, y nuestra forma de convencerlo de lo contrario fue dejarle elegir el sitio donde ibamos a almorzar. Y eligió, así como quien no quiere la cosa, por puro capricho, un bar de bocadillos llamado "El Muelle". La elección, en principio, nos pareció increiblemente acertada. Las sillas tenían respaldos con forma de corazón y, en los expositores el colorido de los bocadillos y los pasteles alegraba la vista como flores en los campos. Además, el lugar estaba prácticamente vacío. Un par de camareros recogían los restos de almuerzos recientes, pero la atmósfera era tranquila, sosegada, e invitaba a la relajación.
El problema fue que al sentarnos mi hijo empezó a ponerse nervioso.
Más incluso de lo normal para un niño tan pequeño. Se sentaba y se bajaba de la silla, y se volvía constantemente para mirar a un rincón particularmente sombrío.
--Papi, vámonos de aquí.--Me suplicó en un momento dado.
--¿Por qué, hijo? Si se está muy bien.
--¡Vamonos de aquí, por favor!--Gritó, inesperadamente alterado, rompiendo a llorar.
Mi mujer y yo, desconcertados, tratamos de calmarlo. Lo llevé en brazos a la barra, para que eligiera un pastel. Pero no hubo manera. El chiquillo seguía nervioso. Se mostraba visiblemente incómodo. Asustado incluso. Sus llantos terminaron por contagiarse al pequeño, que rompió también en una sinfonía de berridos que dieron al traste con la atmósfera del lugar.
--Pero, vamos a ver, hijo, ¿qué demonios es lo que te pasa?
Mi hijo me miró con esos ojos grandes, oscuros e insondables que lo dicen todo sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
--Es el hombre, papá.
--¿Qué hombre? Si aquí no hay nadie aparte de nosotros.
--¡Ese hombre! ¡El hombre que huele!
Mi mujer y yo miramos extrañados al rincón donde señalaba nuestro hijo. Huelga decir que no vimos nada.
--¿Qué hombre? ¡No hay ningún hombre!
--¡Sí! ¿Es que no lo véis? ¡Es el hombre que huele! ¡Está desnudo, y se acerca a las mesas y huele la comida y luego se va! ¡Y ahora viene hacia aquí!
En ese momento, un viento frío alborotó los rizos de mis hijos y un hedor nauseabundo nos asaltó las fosas nasales.
Cabía la posibilidad de que estuviésemos sobreactuando, o incluso que hubiéramos perdido la cabeza. Pero qué le vamos a hacer. Al final del día todos somos humanos, y el miedo no entiende de lógica, ni de prudencia. Así que mi mujer y yo cogimos a los niños en brazos y nos fuimos de allí sin haber abierto si quiera la carta.
Todavía a día de hoy mi hijo, al despertar de alguna pesadilla, nos pide por favor que no volvamos a El Muelle. A Galicia sí. A El Muelle no.
Yo sonrío quitándole importancia y trato de convencerme a mí mismo de que nada de aquello fue real.
De que una de aquellas historias creció y creció hasta tomar vida propia y engullirnos por completo.
De que una de aquellas historias creció y creció hasta tomar vida propia y engullirnos por completo.

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