La triste historia del hombre que odiaba el amor (contada por él mismo).

Ando un poco ocupado últimamente, así que tengo la creatividad en espera, a ver si me libero un poco y puedo volver a escribir. Mientras, iré tirando de archivo. Aquí les dejo un relato antiguo, del año 2009. Por entonces yo vivía y trabajaba en Sanlúcar de Barrameda. Espero que les guste. 


       Qué quiere que le diga. El día que juré que odiaba el amor supe que había firmado mi sentencia. Y aquí me tiene.
       Pero créame si le digo que no pude hacer nada para evitarlo. Fue una de esas cosas del destino. Estaba escrito o algo por estilo. Desde el mismo momento en que a mi mujer le entró aquel repentino interés por la lectura. Que no es que yo tenga nada en contra de los libros, no me entienda mal. Pero yo sabía que aquello no iba a traer nada bueno. Y no crea que estoy culpándola, a mi Mari. Pobrecita ella. Mírela, ahí la tiene, a punto de echarse a llorar, que parece una virgen dolorosa. Si ella lo único que ha hecho en su vida es quererme. Que tiene sus cosas malas, no digo yo que no. Que no por casualidad, cada vez que hace lentejas a mí me sale una comida de empresa. Pero en veinte años de matrimonio no he tenido ninguna queja.
     ¿Cómo la iba a tener, si éramos felices? Yo, al menos, no podía serlo más. Si ya me ve usted. Yo soy un hombre sencillo. Me conformo con poco. Yo soy feliz cuando termino mi ruta con el autobús, llego a casa, me pongo mis pantuflas, me siento en el sofá y me veo un partidito de fútbol comiéndome una tapita de la ensaladilla que hace mi Mari. Que las lentejas puede que no, pero la ensaladilla le sale para chuparse los dedos. Un manjar de dioses, oiga... Y yo con eso estaba contento.
     Hasta que pasó lo de los libros. 
     Si es que yo se lo decía a mi Mari. Que nosotros nunca hemos sido de leer. El Marca yo, como mucho, por las mañanas, y ella alguna revista del corazón. Pero he aquí que un día llego del trabajo y me encuentro con que mi cuñada la pequeña la ha llamado para hablar después de muchos años. Así que imagínese la escena. Menudos lagrimones le caían a mi Mari. Ni cuando la muerte de Rocío Jurado, se lo digo yo. El caso es que como uno es como es, la recibimos en mi casa más de una tarde. Y maldito sea el día en que se me ocurrió. No porque la chiquilla sea mala. Todo lo contrario, que es un encanto. Pero como es universitaria y todo eso, le habló a mi Mari de no se que libro de Espido Freire. Ya entonces me imaginaba que se iba a liar, pero como uno en el fondo es un buenazo, la dejé llegarse a la librería esa del centro que tiene una luna pintada en el escaparate. 
     Con la maldita casualidad de que coincidió con la Pareja Fantasma.
     Como lo oye.
     Y qué le voy a contar. Fue verlos y llegar a casa eufórica. Claro que, por entonces, ni ella ni yo sabíamos que se trataba de la Pareja Fantasma. Estos son conclusiones que yo he sacado con el correr del tiempo y, tristemente, de los acontecimientos. Ella solo me contó que cuando llegó a la librería se encontró con una pareja de jovencitos, un hombre y una mujer, que miraban libros entre carantoñas y arrumacos. Unos empalagoso, vamos. Pero el caso es que cuando llegó de la librería estaba toda acalorada, y nada más entrar me dijo: “Paco, tira para la cama que te voy a enseñar lo que he aprendido en los libros”. Y me enseñó. Vaya si me enseñó. Se pasó toda la noche enseñándome. Ni cuando éramos novios habíamos hecho las cosas que hicimos aquel día. Y el siguiente. Y el que vino después. Que estuvimos una semana entera como una pareja de tortolitos. Ya me tenía usted que ver, haciendo la ruta con una sonrisa en la cara y catando El Barrio a grito pelado. Y mi Mari ni le cuento, que se levantaba por la Jurado y se acostaba por Marifé de Triana. Incluso aquella semana me perdí el partido del Madrid de la Champions. Menos mal que para cuando llegó el domingo todo había vuelto a la normalidad y me pude ver tranquilamente la jornada de liga. Que aquello estuvo bien, no le digo yo que no. Pero dentro de unos límites. Que todo, todo, es malo en exceso, ¿o no? Y llega un momento en que también le apetece a uno que las cosas vuelva a la normalidad.
     Fue por entonces que alguien me habló de la Pareja Fantasma. Se empezaron a correr rumores por todo Jerez sobre una parejita joven a la que se había divisado en distintas partes de la ciudad. Se les veía besándose o, simplemente, jugueteando de manera inocente, pero siempre de manera tan pasional que resultaba imposible no contagiarse de su entusiasmo. Era verlos y sentir un cosquilleo que te recorría desde la ingle hasta el corazón. Como un fuego que te abrasaba las entrañas. Ya sabe usted, como cuando la gente dice que siente mariposas en el estómago y paparruchas por el estilo. Yo no soy mucho de creer en pamplinas de esas, en cosas fantasiosas digo, pero lo cierto es que en poco tiempo se hablaba de ellos por todas partes. En los bares, en el autobús… Incluso hay turistas que dicen que se les ve de refilón en las fotografías que hicieron en algún rincón de la ciudad. Y siempre eran los mismos: una pareja joven, rondando los treinta, él moreno y de pelo rizado, ella rubia y de pelo lacio. Ninguno de los dos tenía algún rasgo especialmente identificable, pero siempre se les reconocía por los efectos que causaban. Todo el mundo a su alrededor sentía una irrefrenable necesidad de amar. Incluso llegaron a salir mencionados en algún periódico local. Y aun así, yo hubiera seguido sin creérmelo si no hubiera empezado a sospechar que, por lo que fuera, tenían algún tipo de especial fijación con mi Mari.
     Como ya le he dicho, al final todo volvió a la normalidad. Y yo lo recibí con agrado, que vuelve uno cansado del trabajo y, ¿de que tiene ganas? Pues de su chándal, su mando a distancia, su cervecita y su televisor. Seguro que usted me entiende. Usted y cualquiera. Incluso las mujeres, que nadie me vaya a decir que yo soy un machista. Que mi Mari, después de estar todo el día fregando oficinas, lo único que quiere es su sofá, su tapita y su vasito de vino. 
     Y así es feliz.
     Mejor dicho, lo era.
     Porque apenas un día después me vino con lo del cine. 
     Otra vez mi cuñada, por si hacía falta decirlo. Y supongo que, de paso, con ayudita de la Pareja Fantasma. El caso es que me vino con lo de la última película de Almodóvar. Ya ve usted. Almodóvar. Y yo, como tengo este carácter que tengo, que ya me decía mi madre que la gente hacía conmigo lo que quería, pues no supe decirle que no y la llevé al cine a ver la última de Almodóvar. 
     Con la maldita suerte de que allí estaba, en la última fila del cine, la Pareja Fantasma. Y el caso es que no estaban ni besándose. Veían la película abrazados y haciéndose caricias. Solo eso. Pero de pronto todo el mundo en la sala se volvió loco. Besitos, juegos de manos...Y no puedo asegurarle que alguno no llegara algo más lejos, que parecía eso un cine de los años 60, ya me entiende usted. Y mi Mari la peor. Lo mismo, lo mismo que si fuera una adolescente. Cuando terminó la película, sin embargo, la Pareja Fantasma había desaparecido, pero sus efectos debían perdurar porque la cosa se desmadró en el coche. Y no vea usted que meneos en el asiento de atrás. Que todavía me duele la vez que me clavé el freno de mano en el... Pero bueno, ya se lo puede imaginar. Yo solo le digo que no sé como después de aquello aguantó la suspensión del coche. Ya le digo. Lo mismo, lo mismo, que si fuéramos adolescentes. Y no se crea que la cosa terminó ahí. Estuvimos por lo menos otra semana liados con el asunto. Y, para que negárselo, que me perdone mi Mari, pero yo ya no tenía el mismo entusiasmo que la primera vez. Ya resultaba cansino. No se si me entiende. Y para colmo, de tanto estar en pelota, me pillé una laringitis de mil pareces de narices y estuve de baja por lo menos una semana. Aunque no sé si quedarme en casa me sirvió para algo, si le digo la verdad, porque no tenía manera de quitarme a la Mari de encima y, cuando volví al trabajo, estaba más cansado aun que antes. 
     Encima se empezó a extender el rumor de la Parejita Fantasma por toda la Bahía de Cádiz. Yo, que ya empezaba a olerme algo, hacía por entonces la ruta Jerez-Sanlúcar de Barrameda. Y créame si le digo que no había un solo día que la hiciera tranquilo. Cada vez que me bajaba del autobús tenía miedo de encontrármelos en cualquier rincón. Además, quizás porque que me puse tan nervioso y porque estaba cansado, estando en primavera como estábamos, la alergia me atacó de mala manera. Se me ponían los ojos que parecían dos tomates, colorados e hinchados a más no poder. Me picaba la garganta y me moqueaba la nariz, y me daban unas jaquecas de caballo. Si cuando fui al médico la pobre mujer se asustó y todo de la pinta que llevaba. Así que me dio otra baja y me dijo que, si podía, me retirara a la playa, que el aire de la costa es muy bueno para estas cosas. Y como resulta que este año pasado hemos recibido en herencia de mi madre (que no se ha muerto ni nada, pero ha querido darnos la herencia en vida, presionada como estaba por mi hermana, aunque yo creo que es más cosa del amargado de mi cuñado) su piso de Chipiona, pues allí que nos fuimos los dos. 
     Y al principio nos iba bien. Ya le digo. Hasta visitamos la tumba de Rocío Jurado. Que hartón de llorar se metió mi Mari. Mire, nos levantábamos por la mañana y nos íbamos andando al santuario de Regla. Luego desayunábamos en la calle, nos dábamos un paseito por la playa y, al medio día, nos íbamos para casa. Entonces mi Mari se ponía a hacer la comida y yo me echaba en el sofá a leer el Marca o a ver en el digital algún partido de la liga Inglesa o Italiana. Luego una siesta, otro paseito, la cena, y a dormir. Todo perfecto. Un paraíso. Y de eso lo justo y necesario. Ya me entiende usted. 
     Hasta que los vimos una tarde en la playa.  
     Como le cuento. En la playa. Allí echados para que los viera todo el mundo, besándose y refregándose como si fueran dos monos. En la arena. Con lo incómodo que es eso. Que estás sacándote arena dos semanas después hasta de las orejas. Dos inconscientes, lo que yo le diga. O dos guarros. Lo mismo me da que me da lo mismo. 
     Pero a la que no le dio lo mismo fue a la Mari, que nada más verlos, como puede usted imaginarse, se lió la manta a la cabeza y me llevó a una cala apartada, ya cuando caía la tarde, para hacer de todo menos castillos de arena. Y para que le voy a contar. Otra semana con lo mismo. Que paliza, dios mío. Ya ni liga inglesa, ni cervecita, ni santuario de Regla. Y ella tan contenta.
      Y supongo que no hace falta que le diga que el descanso no sirvió para nada. 
      No se puede imaginar usted lo reventado que estaba. No tenía fuerzas ni para cambiar de marcha en el autobús. Se me iba la cabeza y más de una vez me equivocaba de ruta. Y hasta un día pegué una cabezada al volante y tuve un encontronazo con una chavala que conducía un coche de esos tan pequeños y tan monos pero que, en el fondo, no son más que papel de fumar. Si les soplas y ya se han arrugado. Pero bueno, me puse yo de culpable y, si le digo la verdad, fue más por el miedo que por otra cosa. Miedo, sí, como lo oye. Porque ella era rubia y llevaba al lado a un tío moreno de pelo rizado. Y yo no sé si eran o no la Pareja Fantasma, pero yo salí de allí como alma que lleva el diablo. Y así cada día. Los veía en todas partes. En los bares, en las fotos de los periódicos y en las imágenes de la gente que acudía a los estadios de fútbol. Incluso dejé de comprar el Marca. Pero es que también los veía por el espejo retrovisor, allí, sentados al final del autobús, riéndose de mí mientras se metían mano y se besaban sin parar. 
     Así que pedí que me cambiaran de ruta. Y me dieron Jerez-Sevilla. Alejado de la Bahía. Lo mejor que me podía pasar. 
     O eso pensaba yo. 
     Imagínese. El primer día de la nueva ruta. Mi primer viaje. Yo más contento que unas pascuas. Me he atrevido a poner otra vez el Barrio. Canto y hasta charlo de fútbol con algún pasajero. Llego a la Estación del Prado de San Sebastián, allí en Sevilla, y por primera vez en mucho tiempo empiezo a estar tranquilo.
     Y de pronto los veo.
     Parados en mitad del andén. Un hombre moreno de pelo rizado y una mujer rubia. Besándose y abrazándose como si no hubiera nadie más que ellos en el mundo. Como si nada más fuera importante. Entonces pegué un grito y juré que odiaba el amor. Bueno, si he de ser sincero, la verdad es que me cagué en el amor. 
     Y ya no me acuerdo de que pasó después. 
     Supongo que es una caso de esos de enajenación mental. Ya sabe, cuando uno pierde el control por unos momentos y no sabe ni lo que hace. Yo lo único que sé es que lo tengo todo negro hasta unos segundos después. Pero claro, para entonces el autobús ya estaba empotrado contra el pilar aquel y la pareja joven, fuera o no la Pareja Fantasma, estaba convertida en papilla, esparcida por toda la luna delantera. 
     Y qué quiere que le diga, señoría, yo no me arrepiento. No pude hacer otra cosa. Y cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo. Yo sé que las leyes son como son y que para la justicia yo soy el culpable. Pero si de verdad hubiera justicia, mi Mari y yo seríamos las víctimas. Y el amor el único culpable. Por meterse donde no le llaman, que en estos tiempos que corren estamos más tranquilitos sin él en nuestras vidas. Con nuestra rutina y nuestra monotonía.
     Yo habré firmado mi sentencia, incluso seré un asesino, pero el amor...
    El amor es una soberana mierda. 

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