Un Cuento de Coín I. El Chivo de los Callejones.


Entre los estrechos callejones del pueblo malagueño de Coín existe una casa que se cae a pedazos. 
Para situar a propios y extraños diré que se encuentra en una callejuela situada entre el barrio más moderno de el Parral y el más antiguo de el Albaicín, lo que equivale, más o menos, a decir que sirve de frontera entre los siglos. 
Entre lo más ancestral y lo más nuevo. 
Es una calle que suelo frecuentar cuando llevo a mi hijo mayor a clases de inglés. Y siempre me ha llamado la atención la casa. No sé bien por qué, siendo una de tantas ruinas que todavía por mor a quién sabe qué extraña fuerza de voluntad persisten más o menos erguidas. Pero el caso es que me llama la atención. Es como si al pasar por delante la intuición detectara algo, captara algún tipo de llamada, o de alerta, avisándola de que, aunque lo parezca, este esqueleto tambaleante de edificio no es como los demás. 

La confirmación la obtuve cierta noche en que volvía de haber estado cenando con unos amigos, meditando sobre mis cosas. Para hacer más rápida la vuelta decidí acortar por el callejón. Era noche cerrada. La luna llena lo bañaba todo con una luz espectral. La atmósfera fría y húmeda de finales de enero rebosaba cualidades extrañamente oníricas. Por momentos, de despistarse un poco, uno podía llegar a pensar que caminaba entre sueños.Pero no. Estaba bien despierto. Lo sé porque, para no andarnos con rodeos, me moría de ganas de ir al baño. Y en los sueños no suele tener uno esa sensación. Y si la tiene, o bien se despierta y va a aliviarse, o, si se es un niño o se está inmerso en un denigrante episodio de embriaguez etílica, hasta es posible que se lo haga encima. Pero ni una cosa ni la otra. 

Antes de entrar en el callejón capté con el rabillo del ojo un movimiento extraño que me sacó por completo del ensimismamiento. Una sombra surgió de las callejas de más arriba y se internó antes que yo en el callejón. No hubiera habido nada de raro en ello, ni habría por qué reseñarlo, de no ser porque se trataba de un macho cabrío. 
Tal y como leen. 
Un chivo adulto, de pelaje negro, barbas lanudas y cuernos retorcidos que caminaba con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Seguí con los ojos abiertos como platos la trayectoria del animal y, al ver que se internaba en la ruinosa casa, no pude más que correr y echar un vistazo a través de una de las grietas. 
Y lo que vi me dejó estupefacto. 

En el breve espacio de un parpadeo, el macho cabrío se transformó en hombre. Bueno, no exactamente en un hombre, sino en una extraña mezcla de ser humano y la bestia que había sido un segundo antes, un ser que recordaba poderosamente a los antiguos faunos de la mitología griega. El pasmo, pueden imaginarse, fue instantáneo. Pero lejos de aterrarme seguí observando, fascinado. La criatura parecía vieja. Largos mechones canosos destacaban en el pelo negro, y los ojos oscuros rodeados de arrugas miraban con cansancio infinito. Se dejó caer sobre un jergón. La triste figura transmitía una tremenda sensación de hastío. Casi me dio pena. 
Y digo casi porque el momento de empatía se vio interrumpido por la aparición de un tercer personaje. 
De entre las sombras de la ruinosa habitación surgió la silueta de un hombre. Sus rasgos nunca quedaron claros. El rayo de luna filtrado por una de las ventanas se clavaba como una lanza entre los dos, pero el recién aparecido parecía esquivarlo. O más bien era al revés. Quizás era el rayo el que lo esquivaba a él. 
Y ahora sí, ahora puedo reconocer sin pudor que en aquel momento sentí una profunda punzada de inquietud.  

—¿A qué has venido?—preguntó de pronto el hombre chivo con voz grave y quebrada, de cientos de miles de años.
—¿Tú a qué crees? Vengo a por ti. Tu tiempo ha llegado. 
El tono del otro era frío y despiadado. Tan gélido que su solo sonido provocaba una salva de escalofríos muy cercanos al espanto. 
—Mi tiempo llegó hace mucho ya. No sé por qué has tardado tanto en venir a buscarme. 
—No creas que ha sido cosa mía. Por mí ya estarías encerrado en las profundidades a las que perteneces. Pero debes caerle bien a alguien por ahí abajo, porque llevan años retrasando el momento y dándote oportunidades. Y tú las has desperdiciado todas.
—Como si pudiera aprovecharlas. Ya no tengo almas que robar. 
—Almas hay a patadas. El problema es que eres un inepto. 
—¿Inepto? ¿Yo? El problema es que al señorito del averno, mister ángel caído, demasiado bueno como para hacer el trabajo sucio, el asunto se le ha ido de las manos. La gran mayoría de los mortales no tienen alma que empeñar, porque ya no les pertenece. La han regalado a los bancos, a las compañías de móviles y al raeggeton. Los demonios ya no somos necesarios. Los humanos se las arreglan muy bien ellos solos para conseguir la condenación eterna.
—Gruñes como todos los vejestorios. Dentro de poco vendrá otro a ocupar tu puesto. Habrá un nuevo Chivo de los Callejones. Veremos entonces si es cierto lo que dices. Por ahora, tu momento ha llegado. 
—Vámonos. No pienso oponer resistencia. Estoy cansado de todo esto. Ya no queda misterio en el mundo. Y quién sabe, quizá sea mejor así. 
—Ya veremos, viejo. Ya veremos. 

El ser se puso en pie entre quejidos de terrible esfuerzo. Avanzó hacia el rayo de luna y después de cruzarlo lo perdí de vista. Seguí mirando durante algunos segundos, expectante, escrutando la oscuridad, intentando vislumbrar algo, un movimiento furtivo o trazas de alguna figura. Pero nada. Segundos más tarde logré interpretar la repentina quietud que había caído sobre la escena y comprendí que habían desaparecido. Fueran quienes fueran, ya no estaban allí. 
En aquel lugar no quedaba nada más que ruina y polvo. 
Quizás, me dije, es que nunca había habido otra cosa. 
Quizás lo había imaginado todo. 
A lo mejor se me había ido demasiado la mano con las copas. 
Extrañado y confuso retomé el camino hasta casa anhelando despertar en cualquier momento para ver el recuerdo del estrambótico encuentro disolverse en la luz del día siguiente. 

Pero no lo hizo. 

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