Un cuento de Coín II. La vida imaginada de Jorge Santos (I).

Empecé a escribir esto durante mi primer o segundo año en Coín, muy influenciado por el entorno al que acababa de llegar, que se reconoce muy bien en la historia. Pretendía ser el principio de algo más grande, pero se quedó en un cuento largo. O una novela corta. Como es bastante extensa, la colgaré en varios posts. Esta es la primera parte. 

Una mañana, Jorge Santos se fue a cazar un dragón. 
Así, tal y como suena. 
El tipo se levanta, desayuna con su hijo, se asea y, cuando su mujer le desea un buen día en el trabajo, contesta que no va a ir. Ella, claro está, se preocupa, y le pregunta si está enfermo. Él lo niega. No solo está en plena forma sino que está mejor que nunca. Y con pasmosa serenidad, comunica su decisión: ha dejado la asesoría para ir en busca de un dragón. Le permitió escapar hace ya mucho tiempo, pero ahora comprende que no puede seguir huyendo de su destino. Debe asumir la responsabilidad, no solo por si mismo, sino por su hijo, e incluso por el conjunto de la humanidad. Su esposa, que por cierto se llamaba Elisa, considera la respuesta una broma. Evidentemente. Pero la mirada entusiasta, levemente febril, pronto la convence de su error y le hace plantearse una posibilidad mucho más ominosa: su marido ha perdido la cabeza. Y observando el insensato entusiasmo con que termina de recoger sus cosas, la naturalidad con la que asume lo poco que el asunto pudiera tener de cotidiano, resulta muy difícil creer otra cosa. Pero el caso es que no hay nada especialmente extraño en su manera de proceder, en la ternura con que se despide de su hijo. Puede rastrearse, es cierto, algo de rutina en el beso que dedica a Elisa, pero esa es otra historia. Lo que nos importa es que nada hace sospechar que para Jorge, esta eventualidad revista un cariz extraordinario. Al verlo salir de casa, macuto en mano, uno podría pensar que, efectivamente, espera volver cuanto antes a casa, quizá para la hora de la cena, como cualquier otro día normal, solo que con la cabeza de un dragón bajo el brazo.
Y sin embargo, nunca más se supo de él.


Ahora han pasado algunos años y Jorge Santos recorre al volante de su AUDI gris metalizado las carreteras secundarias que transcurren entre montañas, cerca de la costa sur del mediterráneo. Ahí lo tienen. Si no lo reconocen, si pese a la familiaridad de los rasgos no terminan de adecuar el rostro al del hombre que ya conocemos, es porque no es el mismo Jorge Santos. 
¿Y a dónde va? ¿Por qué vamos tras él? No se preocupen, no tardarán en descubrirlo. Por lo pronto, no perdamos detalle. Analicemos su figura, el acentuado contraste entre el vestir elegante y la arrogancia de los gestos seguros, enérgicos, con la barba descuidada y la melancólica sombra que vela su mirada. Este Jorge Santos, se trate de quién se trate, parece un triunfador caído en desgracia. 
Un rato después de encontrarnos con él se desvía por un pequeño sendero y detiene el coche a la orilla de la carretera. La vista es amplia. El sol otoñal, ya en descenso, enfría el verde pinar que alfombra las colinas cercanas. El sendero desciende hasta encontrarse con el cauce revoltoso de un río. Y entre ambos, salpicando la tierra como gotas de la lluvia que anuncia la brisa, brotan los vivos colores de un huerto. La casa achacosa y desvencijada se mantiene en pie en un rincón, entre matas de tomates y cogollos de lechuga.
Jorge santos se baja del coche, busca cobijo en su gabardina, y espera. Parece reunir fuerzas para dar el siguiente paso. No tendrá que hacerlo. El destino en forma de perro decide ahorrarle el esfuerzo. Un pastor alemán surge del huerto alertando a ladridos de la extraña presencia. La dueña no tarda en salir. La mujer, que debe rondar los sesenta años, tranquiliza al perro con movimientos firmes. Repara entonces en la indecisa figura y la perplejidad se apodera del rostro. Durante algunos segundos no se mueve. Parece retenida en algún momento del pasado. Luego, con andar parsimonioso, se acerca a la verja que delimita la propiedad, la abre y enfrenta la mirada de Jorge. Reprimiendo las lágrimas rescata su nombre de las profundidades de la memoria. Él niega con la cabeza y aclara la confusión.
Soy su hijo, le dice.


La cocina es grande.
Rústica y bonita. Un lugar agradable en el que sentarse a charlar. Pero claro, siendo tan grande hay espacio de sobras para que la humedad se cuele por las rendijas y haga suya la atmósfera. ¿Notan el frío? Para eso está la mesa de camilla. Miren a Jorge, sentado en ella, tapado hasta los hombros con el faldón. El tipo, la verdad sea dicha, parece más de calefacción centralizada y electrodomésticos de aluminio que de estufa y hornilla de gas. De ahí, quizá, su incomodidad.
Teresa, que es como se llama la mujer, termina de preparar dos tazas de te. Sus movimientos son elásticos. Ágiles y calmados a la vez. Lleva el pelo en una media melena donde apenas se aprecian más que algunos mechones grises. A decir verdad, a pesar de la edad que sabemos que ronda, es imposible no apreciar el rastro de una belleza natural que, si bien apagada, sigue estando presente. 
Deja las tazas humeantes sobre la mesa y mira a Jorge con expresión divertida.
-¿Tiene frío? Es la humedad. No se preocupe, se acostumbrará.
-Mire, vivo en un ático en el Paseo de la Castellana. Las viejas casas de campo no son precisamente mi hábitat natural. 
-Bueno, verá como con el té y la estufa pronto se le entona el cuerpo. La verdad es que la casa está vieja. Hace ya tiempo que debía haberla vendido, pero…han pasado tantas cosas entre estas cuatro paredes…
-Siento mucho entristecerla, Teresa, de veras. Pero si he venido hasta aquí es porque necesito que me hable de mi padre. Creo que ustedes estuvieron muy unidos durante un tiempo, ¿no es cierto?
-Su padre…Mire, le seré franca…A estas alturas no tiene demasiado sentido andarse por las ramas…Su padre fue el amor de mi vida. Nunca he querido a nadie como lo quise a él. Ni siquiera al padre de mi hija. Y no voy a negárselo. Durante años me he despertado cada día creyendo que volvería a verlo ahí, donde le he encontrado a usted, de pie junto a la verja. Me hacía ilusiones de que volvería para quedarse conmigo. Luego…bueno…el tiempo fue pasando, y supongo que el anhelo se convirtió en parte de mi vida. Y ahora…Ahora que han pasado más de treinta años, todo lo que sé es que he agotado gran parte de mis días esperando a un fantasma…Es duro de aceptar, ¿sabe? Así que no sé en que puedo ayudarle. Todo lo que sabía sobre él ha resultado ser una gran mentira. 
-Se equivoca. Hay cosas que solo usted puede aclararme.
-Pero, ¿y su madre? Ella estuvo casada con él, ¿por qué no le pregunta a ella? ¿Quién lo va a conocer mejor?
-¿Mi madre? Mire todo cuanto mi madre sabe de mi padre se resume en que era un tipo tremendamente aburrido, un hombre corriente y gris, un padre de familia ordinario y hasta vulgar, que un día nos dejó tirados…
-¿Jorge? ¿Aburrido? Su padre tenía una imaginación prodigiosa. Creaba historias con la misma facilidad que usted y yo respiramos. ¿Cómo puede decir que era aburrido?
-Porque lo era. Hasta que se le fue la cabeza y se convirtió en un chiflado. 
A Teresa se le ponen los ojos como platos. Y no solo por la revelación. Es también el cinismo que empapa las palabras que el joven Jorge Santos acaba de escupir con un desdén infinito. 
-Mire,-dice él atemperando el tono.-hasta hace un par de días, mi padre no era nadie para mí. Sabía que, cuando se marchó, lo hizo diciendo que iba en busca de un dragón. Siempre pensé que fue su patética manera de suavizar el golpe de saber que sus padres ya no se quieren al niño de cinco años que yo era.Y mi madre nunca dijo nada al respecto. No es que sea su tema de conversación favorito, la verdad. Luego fui creciendo y di por sentado que, simplemente, había decidido no saber nada de mí. Y aprendí a vivir mi vida sin echarle de menos. Él nunca ha sido para mí más que un simple recuerdo. Y no sé si bueno.
-¿Y por qué hasta hace un par de días?
-Porque…bueno…porque pasó algo…Permítame que no entre en detalle. Si le soy sincero, aún trato de buscarle sentido. Entonces mi madre me dice que, a las pocas semanas de que mi padre se marchara, recibió algo de su parte. Un cuaderno. Este cuaderno.
Jorge Santos saca un grueso cuaderno de uno de los bolsillos de su gabardina y lo deja caer sobre la mesa. 
-¿Qué es?
-Un diario…O una novela…O simplemente un montón de desvaríos, no lo tengo muy claro. Solo sé que aquí mi padre trata de explicar su vida. Como si quisiera confesarse, o algo por el estilo. Y créame, nada de lo que cuenta es fácil de asimilar. Ni siquiera he podido terminar de leerlo. Es…absurdo…Está lleno de sin sentidos…Y lo único que se me ocurre es que es la prueba definitiva de que mi padre perdió la cabeza. De que quizá nunca había estado demasiado cuerdo. Y lo que me sucedió…bueno…Me hace pensar que podría pasarme a mí mismo. Y no puedo permitirlo, ¿me oye? ¡No puedo! Me va bien. Me he creado una buena vida. Mi buffette va viento en popa. Estoy comprometido con una chica increíble, de una gran familia, que podría dar el tirón que le hace falta a mi despacho para convertirse en un referente para todo el país. Tengo el futuro en la palma de la mano. ¡No puedo permitir que se me escape entre los dedos!
-Mire…Puedo entender su inquietud, pero…¿Cómo se supone que puedo ayudarle yo?
-Hablándome de él. Contándomelo todo sobre el tiempo que pasó a su lado. Necesito entenderlo, saber qué hay de verdad detrás de lo que cuenta…Quizás así…No sé…Ni siquiera sé si algo de esto tiene demasiado sentido…Solo necesito hacer algo, ¿entiende? Hasta hace poco, yo controlaba mi mundo. Era su dueño absoluto. Y ahora, todo se ha salido de madre. Y yo solo necesito volver a sentir que tengo el control…Maldita sea…¿suena todo esto tan demente como yo creo?
-Solo suena com alguien asustado. Y créame, es legítimo tener miedo. Yo he tenido mucho a lo largo de mi vida. Es la mejor manera de recordarnos que estamos vivos. Dígame todo lo que necesita saber, se lo contaré encantada. 
-Gracias, de verdad. Pero primero, creo que usted debe saber algo. 
-¿El qué?
-Lo que mi padre escribió sobre usted en el cuaderno. Lo que me ha traído hasta aquí. Creo que es de justicia que lo comparta con usted. 
Teresa no responde. Deja caer la mirada, que se sumerge como lastrada por toneladas de plomo en el vaso de té. 
-¿Está de acuerdo?
La mujer suspira y levanta la cabeza sin demasiada determinación. Y con todo, da su consentimiento.
-Está bien. Le escucharé.

Y Jorge Santos empieza a leer.

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