En La Tormenta

Al intentar volar, el barco se estrelló contra las rocas.
La tormenta había destrozado el mástil y había rasgado la vela. Por suerte, ninguno de los cuatro cayó al mar. Las olas revueltas habrían devorado los cuerpos desamparados, pero no hubo que lamentar heridos. La única pérdida fue el barco. Y la fe, que a esas alturas se ahogaba bajo el aguacero.
Con trozos de la vela y del mástil, Ella y Él improvisaron un refugio. El rayo había destrozado una palmera cercana, y la madera del tronco les sirvió para encender una hoguera. El viento aullaba sin piedad. Las olas rugían hambrientas. Los relámpagos rasgaban el manto opresivo de aquella noche naranja. La lluvia azotaba inmisericorde. El mundo parecía haberse arrodillado ante la ira de los cielos.
Los niños dormitaban inquietos al calor de la hoguera. Ella hilaba pensamientos mientras Él, la mirada perdida en el inestable horizonte, se empeñaba en cargar con todo el peso de la culpa. La mujer se acercó y descansó un cabeza sobre la espalda tensa del hombre.
--¿Qué piensas?--preguntó con un susurro.
Él suspiró antes de contestar.
--Podía haberos matado...
--Pero no lo has hecho.
--¡Pero podría haberlo hecho!
--Pero no ha pasado. Sabíamos que corríamos este riesgo.
--Y aun así...¿Cómo me permitiste que...?
--Tú te las ingenias para hacernos volar. Ese es tu trabajo. Yo soy la que decide el momento. Ese es el mío. Así que esto es tan culpa mía como tuya.
--¿Tuya? ¡Jamás! Soy yo al que la inquietud no dejaba dormir por las noches. Soy yo quien no puede conformarse, quien se planteó la insensata idea de surcar en barco los cielos...¡Debería haberme hundido yo solo! ¡Jamás tendría que haberos traído conmigo!
--Da igual que lo hicieras o no. Nosotros te habríamos acompañado. A donde va uno, vamos todos.
--Pero tú...Podrías tener algo mejor...
--¿Algo mejor? ¿Qué puede haber mejor que hacer volar a un barco por los cielos?
--Pero...Míranos ahora...¡No sé si podré sacarnos de aquí! ¡Y sabes lo que nos pasará si nos quedamos! ¡Sabes muy bien lo que tuve que hacer, lo que tuve que robar para construir el barco...! Si nos atrapa...Si El Vacío nos atrapa...
--No lo hará. Sabes todo lo que tienes que saber. Saldremos de aquí, no tengo la menor duda. Alcanzaremos el sueño que soñaste para nosotros. Y lo haremos juntos.
--¿Y la tormenta?
--¿Sabes lo bueno de las tormentas?
--¿El qué?
--Que tarde o temprano terminan por pasar.
Él se volvió y miró a la mujer a los ojos.
Allí estaba. Todo el calor que la hoguera no podría darle. Toda la fuerza que necesitaba. Su razón de ser. La tomó dulcemente de la cara y le dio un beso en los labios.
Después se puso en pie.
Atravesó el grueso muro de la lluvia y llegó hasta los restos del barco. Oponiéndose a los embistes del viento rescató el baúl donde guardaba la vela de repuesto y sin más dilación se puso manos a la obra.
Amanecía, o algo parecido, cuando el barco surcaba de nuevo los cielos.
Ella protegía a los niños con su manto, Él manejaba con firmeza el timón. Ya no llovía, pero el aire sacudía la vela con saña, empeñado en romperla de nuevo.
¡Caed!, gritaban los relámpagos en los oídos, ¡caed de una vez por todas!
Pero no lo hicieron.
Siguieron volando.
Porque las tormentas, tarde o temprano, terminan por pasar, pero los sueños son eternos.
Y, por fin, cuando la voluntad se mostró inquebrantable, el temporal hubo de aceptar la derrota. Las nubes negras se disolvieron. El viento menguó. La vela se serenó. En el horizonte, los rayos dorados del sol se derramaron sobre los rostros cansados, inflamando las sonrisas.
Y surcando las mansas corrientes de un lienzo azul, el barco volador dejó para siempre grabada su estela en el firmamento.


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