Un Buen Padre
Por fin, después de mucho tiempo, encuentro el momento para retomar esto. Hay cosas nuevas en preparación, pero por ahora les dejo con un cuento antiguo, del año 2012. Nace de la mezcla de una experiencia real durante el primer embarazo de mi esposa y la ideología de aquel hermoso movimiento que fue el 15M. Por aquel entonces estábamos en lo peor de la crisis económica. Era imposible no escribir sobre ello, aunque fuera a mi manera. Espero que les guste.
José Velarde no iba a llamarse José Velarde.
Su madre, firme detractora de los convencionalismos, había resuelto no continuar la tradición familiar paterna de otorgar ese nombre a cada primogénito varón. La idea respondía a un acuerdo tácito para darle a cada generación un José Velarde. Y la del que nos ocupa iba a ser la excepción.
Su concepción había sido un accidente. Vino de manera inesperada apenas dos meses más tarde de la boda de sus padres y, en consecuencia, éstos pasaron el primer tercio del embarazo tratando de acomodarse a la idea de tener un hijo antes de lo previsto y contando, una por una, todas las cosas que dejarían de hacer cuando el pequeño invadiera su mundo para conquistarlo por completo.
Mediando el cuarto mes de embarazo acudieron a la ecografía de turno. A esas alturas se habían acostumbrado ya a la desconcertante sensación que los embargaba cuando la imagen del feto se emborronaba en pantalla, una mezcla de emoción y apremio por vivir, por aferrar el tiempo que se escapaba aceleradamente al compás de los frenéticos latidos de la criatura. Aquella tarde lluviosa de otoño, la indefinición de la imagen había comenzado a tomar una forma vagamente parecida a un contorno humano y, pese a su inmadurez, desprendía una indudable ternura. Por primera vez, sus padres se sintieron compañeros, no sólo de su amor, sino de una sensación única e indefinible. Por primera vez, ambos imaginaron el hueco que aquel niño tendría en sus vidas.
-Uy, parece que tiene la vejiga más grande de la cuenta. Puede que sólo sea porque no ha hecho pipí, pero hay que mirarlo porque puede ser algo importante.
La doctora pronunció estas palabras casi sin darse cuenta. Evidentemente, sin medir las posibles consecuencias. Y todo hubiera quedado ahí si doctora y pacientes compartieran la ventaja de la experiencia. Pero ni una cosa ni la otra. Ella era joven e inexperta y para el matrimonio el embarazo resultaba un mundo desconocido y sorprendente lleno de peligros. En aquella pantalla de escasa resolución cualquier grano, más intuido que evidenciado, se convertía en insalvable montaña. De manera que la joven pareja volvió a casa intranquila, zozobrando en un mar de dudas, repitiendo como una mala digestión las últimas palabras de la despreocupada ginecóloga.
-Voy a daros cita para la semana que viene, en el hospital. Allí, con un ecógrafo mejor, seguramente podremos tener claro de qué se trata. Mientras tanto, no le deis más vueltas, no tiene importancia.
Y posiblemente, se decía José, no la tuviera. Lo más probable es que, efectivamente, se tratase de líquido retenido que el feto no había evacuado aún. Pero tal serenidad de pensamiento, al mirar a su mujer, se venía abajo como los cimientos de una casa mal apuntalada. Pedirle calma a una embarazada es una empresa inútil ante tan ominosa posibilidad. Marina hizo el camino de vuelta a casa silenciosa. José la conocía muy bien. Su hermetismo solía corresponderse con una honda preocupación y, generalmente, con un nerviosismo contenido. Rara vez ella dejaba que estallase, pero igual que un tigre enjaulado, iba arañando la celda hasta hacer evidente los daños. Aún así, mientras el dique no se rompiese, todavía había esperanzas. No era la primera vez, ni sería la última. Marina Sánchez era una luchadora y se había sobrepuesto a mil y una adversidades con admirable tenacidad. Quizá también ahora comprendiera que la peor de las posibilidades sólo era eso, una posibilidad.
La lluvia golpeaba al mundo con furia desatada. La oscuridad de aquella tarde gris crecía en torno a ellos como un mal augurio. Y al llegar a casa, la mujer se derrumbó. Llorando desconsoladamente expresaba su miedo a perder al niño. Con manos temblorosas se sujetaba la incipiente barriga, temiendo quizá que se desprendiera de un momento a otro. José la abrazaba sintiéndose más y más impotente a cada momento. Se sentía débil y pequeño, frustrado, incapaz de sobreponerse ante una situación a todas luces injusta. Aquel niño, aún cuando no era todavía más que un proyecto, aún cuando había llegado sin ser buscado, era fruto de un amor grande y sincero, por eso ambos habían decidido seguir adelante con el embarazo. Ella que nunca había demostrado un gran sentimiento maternal, lo exudaba ahora a raudales. José no abrazaba sólo a su esposa, a su compañera. Entre sus brazos sostenía ahora el corazón herido de una madre. También él, reconoció, quería ser padre. Un buen padre. Y conmovido, juró en ese momento hacer cuanto estuviera en su mano para traer el niño al mundo.
El primer paso era corroborar su condición. Hacía mucho que había decidido no recurrir a la familia para resolver sus problemas, generalmente porque la ayuda implicaba un precio a pagar, pero tragándose el orgullo, llamó por teléfono a su madre. En escasos minutos ella, antigua enfermera, ahora alto cargo en la gestión del servicio de salud de la comunidad autónoma, les había concertado una cita con el ginecólogo más prestigioso de cuantos formaban parte de su tupida red de contactos. Éste prometía hacerles otra ecografía con un ecógrafo de alta resolución. Aún así, no fue una noche tranquila. El repiqueteo constante de la lluvia hacía desfilar a las pesadillas que se sucedían en la mente de José casi sin interrupción. Marina no consiguió pegar ojo. Al fin, la madrugada los encontró a ambos sentados en la cama, compartiendo miedos y preocupaciones. Una de las principales era justificar la falta al trabajo. Las medidas anticrisis del gobierno habían perseguido duramente el absentismo laboral y, en este caso, sólo ella quedaría cubierta. Pero él rechazaba de plano la idea de dejarla sola ante el trago.
-Si hace falta,-sentenció.-me rompo la mano de un martillazo.
Los relámpagos inundaban a capricho la habitación con una luz espectral que congelaba los ánimos, y en mitad de tan tétrico escenario, la risa de ella fue una liberación. La mente de José se aclaró lo suficiente como para hacerle decidir un plan a seguir: aprovecharía la contractura que le recorría la espalda de lado a lado para conseguir, al menos, una excusa para no ir aquel día a trabajar. Claro que eso pasaba por una visita a urgencias. Y para no alargar demasiado el asunto, cuando el reloj marcaba las siete de la mañana, se vistió, besó a su esposa, llamó a un taxi y se marchó al hospital con la esperanza de estar de vuelta en poco tiempo.
El viaje fue tenso. La mentira lo ponía nervioso. Llovía ahora con un ritmo acompasado y monótono, lánguido y sin vida. Las calles desiertas cargaban con un silencio incómodo. El hospital estaba vacío. José entró por la puerta de urgencias y tan solo encontró a la recepcionista adormilada detrás de un mostrador. Se recompuso para recibirlo e indicarle que esperase sentado en alguno de los bancos de la sala la llamada del doctor. José fue a tomar asiento animado por la ausencia de más pacientes. Pronto estaría fuera de allí. Pero la llamada se retrasaba. Pasaban los minutos y no había rastro del médico. La soledad comenzó a hacerse patente en la sala. El silencio era tan profundo que era imposible obviar el zumbido de la iluminación. El murmullo lejano de la lluvia le llegó con nitidez a los oídos. Prestándole atención, casi parecía suave y melodioso, como una canción de cuna. Y así arrullado, José dejó que el cansancio de las emociones a flor de piel y toda una noche en vela lo dejaran completamente dormido.
-¿José Velarde?
El sonido de su propio nombre lo despertó. Un hombre de mediana edad, vestido con bata blanca, lo llamaba desde la puerta entre abierta de un pasillo. Tardó unos segundos en ubicarse, pero enseguida acudió hasta allí. Tuvo tiempo, sin embargo, de mirar alrededor y notar que algo era distinto. La recepcionista no estaba. No escuchaba ya el zumbido de las lámparas y el murmullo de la lluvia había desaparecido. Aquel silencio estaba tan desprovisto de vida que resultaba antinatural. La iluminación, tan aséptica, revestía cierta atmósfera onírica, propia de un cuadro surrealista. La puerta del pasillo se cerró a su espalda cuando terminó de concretar sus sensaciones: parecía estar en el escenario incierto y amenazante de una pesadilla. Pero fuera cual fuera el origen de sus percepciones, lo cierto era que ya había seguido al doctor hasta la consulta.
-Siéntese.-le dijo.
José obedeció.
-¿José Velarde, verdad?
-Efectivamente. Mire, vengo porque tengo un dolor en la espalda que…
-No hace falta que se esfuerce. Su hijo no va a nacer.
-¿Perdón?
José tragó saliva y se removió inquieto en el asiento. El médico lo observó fijamente y le dedico una sonrisa casi paternalista.
-Lo que acaba de escuchar. Su hijo no va a nacer. Por muchas mentiras que me cuente, por mucho que intente…Más le vale hacerse a la idea. A usted y a su mujer.
-Pero…¿quién es usted?
Un terror repentino, instintivo, se apoderó de José.
-Un médico no, desde luego. Podría decirle mi nombre, pero no sé si su cerebro sería capaz de asimilarlo. Tampoco importa, por otra parte. Todo cuanto usted necesita saber de mí es que me han enviado para comunicarle que su hijo no va a nacer, y que no puede hacer nada por impedirlo. Ahora mismo su mujer está sufriendo terribles dolores en el vientre. En poco tiempo habrá abortado. Así que más vale que se olviden de esto para siempre.
José se puso en pie alarmado. Corrió hacia la puerta y agarró el pomo.
-Créame, señor Velarde. Yo no intentaría eso.
Pero la advertencia llegó tarde. José abrió la puerta y sus pasos se detuvieron en seco. Aterrorizado, contempló un escenario en nada parecido al que tenía detrás. Frente a él se extendía un pasillo inmenso, tan largo que no parecía tener fin. El suelo estaba cubierto por una moqueta roja. El techo, alto y abovedado, descansaba sobre los nervios de la sucesión de pilares que flanqueaban el camino. Entre los pilares se erguían unos extraños y enormes recipientes, como cubetas transparentes del tamaño de un hombre llenas con un líquido amarillo. Tras éstos, solo el cielo. Un cielo embravecido, un cúmulo de nubes densas, arremolinadas unas contra otras en feroz competencia por el espacio, origen de la luz broncínea, irreal, propia de un cuadro, o un sueño, que bañaba toda la escena. Una ráfaga de viento gélido y húmedo golpeó el rostro de José Velarde y lo empujó a cerrar la puerta con movimientos lentos. Perplejo, fue incapaz de reaccionar a las palabras del médico. O lo que fuera.
-Se lo advertí, señor Velarde. Más le vale hacerme caso. Ahora mismo no se encuentra usted en su mundo. Es decir, sí, su cuerpo sigue sentado en la sala de espera, profundamente dormido. Pero su alma ha sido transportada a otro lugar. Le pido disculpas por la medida, es la única manera de realizar este tipo de intervenciones sin despertar el pánico. No solemos pedir permiso para llevarlas a cabo, pero también es cierto que, por lo general, al despertar nadie conserva recuerdos de la experiencia. Es un mecanismo de seguridad. Imagine las consecuencias de confirmar así, con tan poco cuidado, la existencia de lo sobrenatural. ¿Cuánto tardaría la ambición humana en querer poseerlo?
José se dejó caer en la silla. Visto lo visto, lo normal era dudar de su cordura, pero aun teniendo eso en cuenta, o sabiéndose experimentando los efectos de una pesadilla o una alucinación, posiblemente consecuencia de los nervios, la evidencia no dejaba de resultar apabullante.
-Mire…No sé de qué va esto, ni quién es usted. Pero si es cierto que mi mujer está sufriendo, déjeme salir de aquí. ¡Déjeme ir junto a ella!-suplicó.
-Imposible. No puedo hacerlo hasta que lo haya comprendido.
-¿El qué? ¿Qué se supone que debo comprender?
-Que es una medida necesaria. No podemos hacer nada más.
-¿Necesaria? ¿Necesaria para qué?
-Para salir de la crisis, señor Velarde.
-¿Crisis? ¿Qué crisis? ¿De qué me está hablando?
-De vidas humanas, por supuesto. No podemos hacerlas sin la materia prima adecuada.
-De vidas humanas, por supuesto. No podemos hacerlas sin la materia prima adecuada.
-¿Vidas humanas?
En el desconcierto reinante en la mente de José Velarde, se abrió paso una conclusión. Ridícula, quizá, pero coherente con aquel esperpento y sólo entendible, en principio, en el escenario de un sueño. O en este caso, una pesadilla.
-¿Es usted un…ángel?
-Sí…podría decirse que sí…Así, al menos, es como nos llamáis vosotros, los humanos. No es que sea de nuestro agrado, pero es comprensible que vuestra mente, tan necesitada de etiquetar y sistematizar, haya buscado una forma genérica de denominarnos.
-¿Y por qué dice que mi hijo no va a nacer?
-Porque no va a hacerlo. Verá, en el…Cielo, como vosotros lo llamáis, atravesamos una terrible crisis. Crisis de fe, si quiere llamarlo. Las reservas de almas están apunto de agotarse. Ha habido un cierto…abuso…Y sin ellas no hay vida, señor Velarde. Por eso, hemos tenido que adoptar medidas extremas para impedir lo que sería un desastre de proporciones cósmicas. Hemos establecido una serie de recortes…presupuestarios, por llamarlos de alguna manera. Para empezar, durante algún tiempo, nadie nacerá en la Tierra. Y en esta ocasión, les ha tocado a ustedes. Sintiéndolo mucho, no tenemos más remedio que interrumpir el embarazo. Por eso la anomalía que detectó la doctora ayer por la tarde. Y créame si le digo que actuamos en base a la más pura compasión. De no hacerlo así, cuando se descubriese el defecto, pensarían en abortar, y eso les generaría un tremendo complejo de culpa. Por eso hemos decidido adelantarnos nosotros. Si todo termina de manera natural, el daño es mucho menor. No le pido que lo agradezca, pero sí al menos que lo tenga en cuenta. Nosotros no inventamos el universo, señor Velarde. Somos simples gestores. No se nos permite alterar las reglas. Lo entiende, ¿verdad?
Era difícil responder a esa pregunta. Incluso abandonado a la lógica interna del sueño le resultaba imposible aceptar el dolor de su mujer. Sobre todo, como una decisión basada en el bien común. En toda aquella explicación, algo no terminaba de encajar.
-¿Entenderlo?-dijo al fin.-¿Cómo voy a entenderlo? Me está diciendo que mi mujer tiene que sufrir y que mi hijo no va a nacer para arreglar una situación en la no tenemos responsabilidad alguna y de la que tampoco sabíamos nada. ¿No sería mejor castigar a los responsables?
-No se trata de buscar culpables, Señor Velarde. Mis superiores quieren evitar caer en esa tentación. Señalar no va a servir de nada.
-Servirá, si evitamos una injusticia, ¿no cree usted? ¿Es mejor que paguen personas inocentes?
-Es que esa es la cuestión, Señor Velarde.
-¿Cuál?
-Que ustedes…bueno…no son exactamente inocentes…
La confusión de José Velarde dejó paso a la suspicacia.
-¿Qué quiere decir?
-Ya le he dicho que es mejor no ir por ese camino, Señor Velarde…No merece la pena…
Para enfatizar el tono imperativo de sus siguientes palabras, José se puso en pie.
-¡Déjese de tonterías y hable!
-Como quiera…En fin, si se empeña en buscar culpables, debería señalarse usted mismo. Y no sólo usted. Todos sus congéneres. La especie humana lleva siglos abusando de nuestros recursos. Han estado reproduciéndose por encima de sus posibilidades sin tener en cuenta en ningún momento cómo podía afectar eso al futuro. Ahora, sintiéndolo mucho, deben pagar por ello.
José sintió una irrefrenable indignación. Cada palabra del doctor, ángel, o lo que fuera, exudaba, pretendido o no, un intolerable cinismo.
-¿Perdón?
-Digo que los humanos…
-Sé perfectamente lo que ha dicho…El problema es que no puedo creerlo…¿pretende decir que todo esto es culpa mía?
-Ya le he dicho que no se trata de buscar culpables, señor Velarde. No nos desviemos del asunto. Creo que no entiende cuál es el verdadero problema…
-¡El verdadero problema es que es mi mujer va a abortar y usted pretende hacerme sentir culpable!-estalló José impaciente.- ¡Pero no tiene sentido!¡Nada de esto lo tiene! ¿Cómo pueden acabarse las almas?
El ángel se removió intranquilo.
-Las almas no son sólo el origen de la vida, señor Velarde. Su esencia se usa para muchas cosas. Es la fuente de nuestra fuerza…
-¿La fuente de…? Pero…¿no sois inmortales?
-Sí…Efectivamente, lo somos…
-Entonces, ¿para qué las necesitáis?
-Bueno…para hacernos brillar más, podríamos decir…
-¿Y no sería más justo brillar menos y dejarnos a nosotros en paz?
-Esa no es la cuestión, señor Velarde…Mis superiores…
-¿Sus superiores? ¿Está Él al tanto de esto?
-¿Él?
-¡Sí! ¡Él! ¡Sabe muy bien a quién me refiero!
-No es tan sencillo…Hay facciones…grupos…No todos seguimos órdenes directas de…
-¿Sabe qué? ¡Estoy harto de este sueño! ¡Quiero despertar!
Ante la mirada atónita del ángel, José saltó contra la pared. El choque, sin más consecuencia que un golpe en el hombro, sólo fue el comienzo de un estallido de pura irracionalidad. No gratuita. Otras veces, al soñar, se había obligado a sí mismo a despertar golpeándose contra cualquier cosa. No tenía por qué fallar esta vez. Y sin embargo, lo hacía. Los puñetazos lanzados contra la pared resultaban infructuosos. Pero seguían sucediéndose más fuertes, más frenéticos los movimientos. Cuando el dolor se hizo demasiado agarró una de las dos sillas y la estrelló contra el armario acristalado donde se guardaba el instrumental, haciéndolo estallar en mil pedazos. El foco de su ira fue a centrarse entonces en el resto de mobiliario.
-¡Pare, señor Velarde, por favor!-le gritaba el ángel visiblemente nervioso.-¡Esto no es un sueño! ¿No se da cuenta de que solo conseguirá hacerse daño? ¡Tiene que aceptar los hechos! ¡Es la única solución!
Al fin, rendido a la evidencia, ahogados los nudillos descarnados en un reguero de sangre, convertida la consulta en un campo de batalla, José Velarde dejó caer los brazos a un lado y se sintió presa de una asfixiante aprehensión. Si todo era real, también lo era el sufrimiento de Marina. Y eso no era capaz de soportarlo. No era capaz de permitirlo. ¿Cómo esperaba este ser que diera su consentimiento? ¿Cómo podría volver a mirar a la cara a su esposa sabiéndose cómplice de tamaña injusticia? Clavó una mirada inmisericorde, despreciativa, en su interlocutor. El tipo, fuera lo que fuese, estaba descompuesto. Trataba de mantener una fría apariencia de control, pero la mascarada hacía aguas por todas partes. El estallido había roto sus esquemas y no podía ocultar el desconcierto.
-Quiero ver a su superior.-ordenó con firme determinación.
-¿Perdón?
-Lo que oye. Antes ha mencionado a sus superiores. Pues bien, quiero conocerlos. Me ha dicho que no podía dejarme marchar sin aceptar los hechos. Y se lo dejo muy claro desde ya: no pienso dar mi brazo a torcer si no puedo hablar con su superior.
-Pero…Pero eso es tremendamente irregular…No se me está permitido…
-En ese caso, tomemos asiento y cancele todos sus planes, porque esto va para largo. Usted tiene toda la eternidad por delante. Y a mí no me importa hacerme viejo en este lugar. A fin de cuentas estoy en la consulta de un doctor. No se me ocurre un lugar más apropiado.
El ángel tragó saliva. Lentamente fue a sentarse tras el escritorio y con mano temblorosa descolgó el auricular para, sin marcar un solo número, iniciar una conversación con quién fuera que se encontrase al otro lado.
-¿Yolanda? ¿Puedo hablar con el jefe? El asunto se ha complicado un poco…No, no, todo está bajo control, es sólo que…
José no llegó a escuchar cómo terminaba la frase. Abrió la puerta y echó a correr. A su espalda, el ángel disfrazado de médico gritaba una advertencia, pero decidió ignorarla. No sabía adónde iba, ni tenía un motivo claro para hacerlo. Tan solo le urgía la necesidad de buscar soluciones.
Quizá como respuesta a su brusca irrupción la luz broncínea se oscureció y la escena adquirió tintes inquietantes. El viento arreció desafiando cada uno de sus movimientos. Las nubes se removían rugiendo amenazas en la forma de truenos y relámpagos. Sólo la dorada luz emergida de los tanques transparentes aportaba cierta serenidad, pero su influencia era escasa, intermitente, incapaz de oponer verdadera resistencia a la funesta premonición de tan repentina tormenta. Pronto empezó a llover. El agua caía sobre José en ráfagas de gélidos dardos. Golpeaban con fuerza su cuerpo, se clavaban en la piel y hurgaban hasta congelarle el alma.
Pero José Velarde seguía corriendo.
Nada parecía frenar su ánimo. Ni la caprichosa longitud del pasillo, más y más largo con cada paso, ni el errático fluctuar del tiempo, ahora más lento, ahora más rápido. No sabía cuánto llevaba corriendo, pero en la amalgama de minutos y segundos interminables, se vio asaltado por destellos, por vívidas imágenes de Marina deshecha en un llanto desconsolado, presa de insoportables dolores. Pesadilla o realidad, la cuestión dejó de importar en aquellos momentos. La aprehensión era real, el terror era auténtico, la frustración de saberla víctima de tan inconcebible injusticia era innegable. Y siguió corriendo, ajeno a la lluvia y al frío, a los metros y los minutos. Al fin, agotado el aliento, perdidas las fuerzas, empapado y ateridos los miembros por el frío, cayó al suelo y rompió a llorar de impotencia. Los relámpagos callaron. La lluvia dejó de caer. Las nubes y el viento se aplacaron y el pasillo pareció revivir al contacto de aquella luz sobrenatural. El mundo, aquel extraño mundo al menos, recuperaba su peculiar sentido. José se incorporó lentamente para encontrar que había llegado al final. O el final había llegado a él. Daba igual.
Se encontraba frente a una enorme puerta de madera de superficie lisa, perfectamente pulida. Una de las hojas se abrió repentinamente, invitándolo a pasar. José Velarde se puso en pie y aceptó la invitación. A estas alturas, tampoco tenía mucho que perder.
Estaba en otra sala de espera.
Por las ventanas se filtraba una radiante luz matutina, pero sus efectos no se dejaban sentir en el interior, más allá de la iluminación. No transmitía el más mínimo calor, ni disminuía la atmósfera tan parecida a la del hospital: aséptica e impersonal. Nuevamente encontraba algo inconsistente en un escenario, como si todos fueran parte de una ilusión. O un reflejo de otro lugar cuya verdadera esencia era apenas percibida por los sentidos.
Alineada con la puerta de entrada había otra más pequeña. Y junto a ella, un escritorio. Tras él, una muchacha que lo recibía sonriente.
-Adelante, señor Velarde, le estábamos esperando.
-¿A mí?
-Pase al despacho, por favor. El señor Lucero lo recibirá enseguida.
-¿El señor Lucero…?
De pronto, un ruido de estática llenó el espacio entre ambos y José reparó en el interfono colocado junto al teléfono y el ordenador.
-Yolanda, déjalo pasar.-dictó una voz masculina.
La muchacha, diligente y sin perder la sonrisa, se puso en pie, abrió la puerta y con un gesto amable indicó a José que pasara. Éste lo hizo con precaución, asegurándose de dejar la puerta entreabierta.
Entró en una fastuosa habitación. Era un despacho lujoso y brillante, repleto de objetos y ornamentaciones. Estanterías repletas de libros, estatuillas, cuadros…Un rápido vistazo sirvió para saturar los sentidos y convencerlo de lo apropiado de obviar los detalles y centrarse en el hombre que esperaba apoyado en el frontal de su inmenso escritorio. Era un tipo de mediana edad. El pelo perfectamente moldeado en un brillante peinado y la elegante vestimenta transmitían una inequívoca sensación de triunfo. Las manos en los bolsillos y la mirada paternalista, grandes dosis de condescendencia, afianzada probablemente en el firme convencimiento de saberse intocable.
-Hola, señor Velarde. ¿Qué tal? Siéntese, por favor.
Indicó con la mano una silla forrada de piel. José hizo un gesto de rechazo.
-Hola…No gracias, estoy mejor de pie.
-Relaje esa postura defensiva, hombre. Aquí nadie va a hacerle daño. No confía en mí, ¿verdad?
-Ni siquiera sé quién es usted…Y no, la verdad es que hasta ahora nada de esto me inspira demasiada confianza.
-Ni siquiera sé quién es usted…Y no, la verdad es que hasta ahora nada de esto me inspira demasiada confianza.
-Créame, amigo. le entiendo. Es el problema de encargar misiones importantes a novatos. No saben cómo manejarlas, ni tienen capacidad de sobreponerse a los imprevistos. Eso es algo que sólo se adquiere con la experiencia. Mi subordinado, me temo, no ha hecho más que confundirle.
-¿Es usted…?
-¿Quién? ¿Él? ¡No, no! Yo sólo soy uno de sus delegados. El superior del incompetente médico con el que ha tenido el placer de hablar.
-¿Y qué quiere de mí?
-Tan solo tranquilizarle. Siéntese, por favor, póngase cómodo.
-No gracias. Sigo prefiriendo estar de pie.
-Como quiera. En fin. Si me permite, arrojaré algo de luz sobre este asunto.
-Por favor, lo estoy deseando.
-Verá, voy a decirle algo de mí. Soy el encargado de controlar el traspaso de almas. De mí depende que cada persona que nace lo haga con ese pequeño pedacito de divinidad en su interior. Es un trabajo muy simple, casi mecánico. Mi departamento se encarga de recolectar las almas y de introducirlas en esos tanques repletos de Ambrosía. ¿Sabe qué es la Ambrosía, señor Velarde? Sí, supongo que habrá oído hablar del alimento de los dioses y tonterías de ese tipo. Nada más lejos de la realidad. La Ambrosía es un conducto. Es un portal entre mundos. Es el líquido amniótico donde flotan las almas para ser transferidas. Adónde, a quién, mejor dicho, es una cuestión de orden. Hay listas de espera. No sé quién las hace ni cómo, eso no me corresponde, pero ningún alma es entregada antes de tiempo. Ni tampoco tarde. Salen justo cuando deben hacerlo. Esa es la labor de mi departamento. Y durante mucho tiempo, fue suficiente. Es un buen puesto, no voy a negarlo. Me asegura un cierto estatus en este pequeño y endogámico orden que nos hemos creado aquí arriba. Sin ánimo de ser arrogante, puedo decir claramente que mi puesto es, quizá, el más importante del organigrama cósmico. Sin mí, la vida no se renovaría. Haría tiempo que el universo sería un desierto, yermo y triste. Y sin embargo, ya ve. Incontables eones más tarde aquí seguimos. Como la maldita maquinaria de un reloj.
-Pues algo han debido hacer mal, porque el reloj se ha parado.
-Muy agudo, señor Velarde.-reconoció el señor Lucero con una sonrisa sin rastro alguno de diversión.- Olvídese del asunto ese de la crisis. Son paparruchas. Historias inventadas para convencer a los crédulos, conformistas y sumisos. Hasta ahora ha dado resultado, pero parece ser que usted no lo es. Mala suerte. Así que no merece la pena engañarle. La verdad, señor Velarde, es que soy un tipo ambicioso. Qué voy a hacerle. Cada uno tenemos nuestros pequeños defectos. El suyo, por ejemplo, es la desconfianza. Y yo, bueno, siempre he querido más de lo que tengo.
-Pero no lo entiendo…¿de qué le sirven las almas?
-El caso, señor Velarde, es que en cierto momento descubrí que las almas, aquí arriba, son una maldita moneda de cambio. Es algo que debe aprender sobre este universo: es una guerra, una jungla en la que la compasión es un lastre, en la que sólo sobreviven los poderosos. Las almas son un instrumento de poder, y yo me he cansado de ver cómo pasan por mis manos sin poder si quiera llegar a tocarlas. Así que necesito tantas almas como me sea posible. Por eso no puedo dejar que la humanidad disponga tan fácilmente de ellas. Cualquier descuido por mi parte puede ser aprovechado por mis enemigos para hacerme perder la ventaja. Y, la verdad, eso no me gustaría demasiado. Por eso necesito el alma de su hijo. El suyo es el siguiente de la lista, su alma debería ser la siguiente en ser entregada. Pero no puedo permitir que eso suceda.
Si en algún momento hubo algo amistoso en la figura del señor Lucero, había desaparecido por completo. Ante él, José contemplaba a un hombre arrogante y peligroso. Quizá, se reconoció, debería sentir temor. Y algo había de ello. Una especie de sensación incómoda, primaria, como el eco de un horror primordial. Pero era eso, tan sólo un eco. José Velarde descubrió que, ahora mismo, tenía sus miedos bajo control. Porque sabía exactamente qué debía hacer.
-Le agradezco la sinceridad, señor…¿Lucero? Eso, señor Lucero. En ningún momento me creí todo el rollo ese de la crisis. Llámame incrédulo, pero me cuesta pensar en el universo como un orden esencialmente cruel. Injusto con los menos favorecidos.
-Oh, pero lo es. Créame.
-No, no le creo. Ustedes sí son injustos. Son corruptos. Usted lo acaba de reconocer. Los seres humanos tenemos que pagar para poder satisfacer sus caprichos. Espero que comprenda que no voy a ceder.
-Me temo que me ha malinterpretado usted, señor Velarde. No tiene alternativa. ¿Qué le hace pensar que voy a dejarlo marchar? Que esté aquí, hablando con usted, no es más que una deferencia innecesaria, un contratiempo provocado por la negligencia de mi subalterno. No lo confunda con miedo. Tengo incontables almas almacenadas, llevo haciendo esto durante miles de años, y nadie nunca se ha interpuesto en mi camino. No será usted el primero, se lo aseguro. Piénselo. ¿Qué va a hacer? ¿Denunciarme? ¿A quién? ¿A Dios? ¿Es que ha escuchado alguna vez sus plegarias? Este sistema no funciona, señor Velarde. Lo único que alguien como yo puede hacer es sacar provecho de él. Y ustedes no pueden hacer otra cosa más que asimilar su condición de rebaño. Están en el universo para alimentarnos. No son más que ganado. No se resista y sea sensato.
-¿Sensato?-pregunta José con ironía.- A estas alturas no tiene sentido ser sensato.
-En ese caso, ¿cómo lo prefiere? ¿Por las buenas o por las malas?
-La verdad es que ninguna de las dos me seducen demasiado.
-Bien. ¿Y qué va a hacer al respecto?
-Correr.
Y lo hizo. De un empujón abrió la puerta del despacho. Cruzó junto a la atónita Yolanda y se precipitó de nuevo al pasillo. Afuera, el cielo volvía a escupir su amenaza. Los relámpagos cegaban su avance. Cañonazos de lluvia asediaban el mundo. José Velarde se detuvo frente a uno de los tanques y lo palpó en busca de una apertura. Consiguió levantar la tapa superior y, ayudándose del pilar contiguo, se encaramó al borde. Contempló por unos instantes el líquido dorado y el brillo cegó cualquier remordimiento. Dejar nacer a su hijo, mitigar el sufrimiento de Marina y oponerse a la injusticia eran un único objetivo en su mente. Así que se dejó caer al interior de la cubeta. El fluido lo envolvió en un acogedor abrazo. Cualquier ruido externo quedó apagado. La crispación y la rabia dejaron de tener sentido. Allí dentro todo era paz y serenidad. Se le aletargaban los sentidos. Le asaltó una última imagen: la inmensa calidez de la sonrisa de su esposa, desplegada en su mente como las alas de una mariposa. Estaba en una playa de arena blanca. El mar besaba suavemente la orilla, mecido por el viento. Marina caminaba lentamente llevando de la mano a un niño pequeño que daba sus primeros pasos con toda la torpeza de sus rechonchas piernecitas. Y por fin, arrullado por una plena sensación de felicidad, dejó que sus sentidos se apagaran para siempre.
El señor Lucero no pudo hacer nada. Su departamento había entregado una nueva alma.
Un rato más tarde, la recepcionista daría la alarma al descubrir que la quietud de aquel hombre se debía a una muerte repentina. Su cuerpo no era ya más que un cascarón vacío. La noticia le llegaría a Marina algunas horas más tarde, justo cuando los extraños dolores dejaron de acuchillarla. Y tiempo después, cuando la certeza de que todo iba bien con su hijo le llegó en mitad del duelo como un oasis en pleno desierto, entendió que no importaban sus reticencias. Cuando aquel bebé naciera no podía llamarse más que José Velarde.
Y así fue.

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