El Encargo del Perdedor
Justo en la frontera entre la noche y la mañana, cuando el aire es más frío, y la luz más oscura, cuando las esperanzas se desvanecen y el velo entre el sueño y la vigilia es más tenue, justo al borde mismo de la madrugada, encontramos a nuestro hombre esperando en la estación.
El cartel reza “Sacramento de la Frontera”, pero bien podríamos encontrar escrito el nombre de cualquier otra ciudad y de cualquier otra parada de tren. El tipo surge de entre las sombras como escapado de los restos del sueño de alguien, y se detiene al borde de las vías con las manos en la gabardina y el rostro oculto bajo el ala del sombrero, un borrón de irrealidad en el mundo extraño que empieza a configurarse entorno a él. El alma misma del misterio. La cosa es que la mañana no parece tener muchas ganas de ir llegando. Sí, es cierto, puede intuirse la salida del sol en algún lugar, hacia el horizonte, pero su avance es lento y moroso, y lo hace tras una capa tan densa de nubes grises que su influencia es meramente anecdótica. El destello lejano de los rayos anuncia una tormenta acercándose. El viento arrecia y arremolina los bordes de la gabardina. El hombre espera, solitario, formando nubes de vaho con el aliento.
El talgo se anuncia con un pitido. La forma se conjura a través de la bruma y la atraviesa sin misericordia. Al detenerse en el andén, el hombre sujeta el sombrero para que no se le vuele. Espera unos segundos, pero nada sucede. Nadie viene a avisarlo. No hay revisor. Nadie se apea en esta estación. Nadie más que él parece tener interés en subir. De manera que decide por su cuenta y riesgo recorrer la distancia y penetrar en el vagón. Como si hubiera estado esperándolo, el tren se pone en marcha nada más el hombre ha puesto el pie en el pasillo. El bamboleo le hace difícil avanzar, pero por suerte no hay nadie más. No hay riesgo de ir caer encima de ningún borrachuzo somnoliento y sudado, o de una anciana concentrada en el minucioso proceso de pelar una manzana. La luz, si puede llamarse de esa manera al tul gris y sucio que se desliza por los ventanales, apenas insinúa los contornos de los asientos acolchados. El hombre avanza suspicaz, hay algo frío y desangelado en la atmósfera que despierta escalofríos y suspicacias. Algo en su interior le incita a darse la vuelta y poner tierra de por medio. Pero sabe que no puede. Y le guste o no, si hay algo en este mundo que jamás se ha atrevido a traicionar, es su código profesional. Qué demonios. Tiene un trabajo que terminar.
Y va a hacerlo de una vez por todas aunque le vaya la vida en ello.
La mujer se materializa de pronto. O lo mismo lleva allí todo este tiempo y, simplemente, él está demasiado cansado, somnoliento, o bebido para darse cuenta. Aunque juraría no haber tomado más de una o dos copas de coñac barato en el bar de la estación. Tampoco está seguro. Últimamente, esas cosas se le descontrolan demasiado. En cualquier caso, ahí está ella. La encuentra sentada de espaldas a él, absorta en sus pensamientos, mirando por la ventana. Desde su posición apenas puede entrever un esbozo de los rasgos finos de piel tostada. Lleva el pelo pajizo elegantemente recogido. Reconoce perfectamente el aire de sofistificación, que siempre le ha resultado inexplicablemente sensual. Entonces se deja caer en el asiento contiguo, saca la pistola del bolsillo y la encañona. Sin mostrar el menor rastro de sorpresa, ni dejarse amedrentar lo más mínimo por el arma, dueña de todos sus movimientos y actuando con la más estricta sangre fría, ella se vuelve hacia él dedicándole una mirada indiferente. Los ojos marrones, abismos insondables, atraviesan como una bala las entrañas del tipo, que debe empeñar todo su esfuerzo en mantener la entereza.
¿Qué demonios me pasa con esta mujer?, se pregunta, manténte firme, maldita sea, ¡mantente firme! Esto tiene que terminar hoy mismo.
—Le estaba esperando, señor Escudero.—anuncia la mujer.
La voz serena, de ligero acento andaluz, consigue arrancarle un escalofrío.
—Perfecto. Eso lo hará todo mucho más fácil, ¿no le parece?
—Dígame, ¿va a decirme de una vez cómo se llama?
—Pero, ¿por qué tiene tanto interés en saberlo?
—No se equivoque. No tengo el menor interés en usted. Pero hasta ahora le he conocido siempre como señor Escudero, y considero un detalle de humanidad permitirme morir conociendo el nombre de mi asesino.
—No me sea plasta, señorita Orozco. ¿Es que no ha oído nunca eso de que mientras más sabe uno menos feliz es? O algo parecido. Debió decirlo un sabio. José María Pemán, o alguno de esos.
—Bueno, supongo que cuando lo dijo José María Pemán no estaba sentado junto a una mujer atractiva, en un tren solitario, ¿no le parece?
Durante unos segundos el señor Escudero se piensa su respuesta. Luego se reprocha a sí mismo la flaqueza. Desde su primer encuentro esta mujer es capaz de ponerle boca abajo las emociones y alterarle los nervios. Y no puede permitirse eso. Así que se aferra a la culata de la pistola y se plantea la posibilidad de dispararle a bocajarro y acabar por fin con el trabajo. Volverá a la oficina y encontrará el cheque en el correo, tal y como se había dispuesto. Podría volver a encargarse de sus cosas, a saber, beberse una botella de whisky escocés al día y desgranar a sueldo los trapos sucios de la alta sociedad sacramentina. Y aquí paz y después gloria. Pero claro, eso sería de no haber mediado un comentario como aquel, acompañado de una mirada como aquella. Maldita sea, protesta, sabiendo que muy posiblemente esté metiendo la pata hasta el fondo. Pero qué se le va a hacer. Hay cosas contra las que es imposible rebelarse.
—Enio Escudero, detective privado.—dice suspirando.—Pero eso ya lo sabe. Encantado de conocerla. Perdone que no me quite el sombrero, pero lo de las etiquetas es algo que tampoco me va demasiado.
—No se preocupe. Aunque me considero una señorita, no es necesario que guarde las apariencias. Total, dentro de poco, no me van a servir para nada. Así que Enio. ¿Es usted italiano?
—Por lo visto, lo era mi padre. Llegó aquí cuando la guerra. Murió al poco de haber dejado embarazada a mi madre y sin haberle dicho ni su apellido. Lo que se dice todo un latin lover. ¿Hay algo más que quiera saber de mí o podemos pasar a la parte en la que le meto una bala en el pecho?
—No, está bien. Gracias por su amabilidad. Y a estas alturas supongo que ya no es necesaria la reciprocidad. Sabe usted suficiente de mí.
—Tampoco se crea que me importa demasiado. Usted no es más que un encargo. A mis ojos, es como cualquier otra.
—No se lo cree nadie, querido amigo. No soy como nadie que haya conocido. Ni como nadie que vaya a conocer. Eso puedo asegurárselo. Y estoy segura de que usted también lo sabe.
Lo sabe. Vaya si lo sabe. Lo tiene tan claro que traga saliva y hace lo imposible por contener el impulso que le estalla como un volcán en las entrañas. ¿Por qué demonios tiene que ser tan guapa?, maldice para sí. ¿Por qué demonios tiene que ser tan misteriosa, tan terca, tan tenaz, tan…irresistible?
Y se promete a sí mismo no tardar demasiado en matarla o terminará agarrando la sartén por el mango. Por no decir que acabará cogiéndolo a él por las pelotas.
—Todo lo que tengo que saber de usted, y con eso me basta,—miente Enio.—es que es Irene Orozco, actriz y cantante en plena ascensión meteórica. Y que tiene en su poder unas fotografías capaces de hacer temblar al Régimen. Y que los tipos que me van a extender el cheque me han encargado que baje de este tren con ellas, y una prueba de su muerte, en la última estación. Y que me las va a dar usted misma, antes de que la mate, porque es una chica muy lista, y sabe que nuestra peculiar partida del gato y el ratón se ha terminado. Y no hace falta ser un genio para saber quién es el perdedor.
Irene Orozco lanza sin avisar a la cara del Señor Escudero, con la gracia de una experta lanzadora de cuchillos, su sonrisa tan enigmática como sensual, una especie de resumen de ella misma. El detective siente como le tiemblan las entrañas.
—Por supuesto, no hace falta ser un genio.—contesta ella.—Aquí las tiene.
La mujer mete la mano en su bolso y entrega un sobre amarillento al detective. Éste guarda las fotografías en el interior de su chaqueta.
—En fin. Supongo que ha llegado el momento, ¿no?
—Eso parece, señorita Orozco. Y ahora, si no le importa, terminemos con esto de una vez. No se preocupe, será rápido.
—¿Sabe una cosa? Me resulta muy curiosa su resistencia.
—¿De qué está hablando?
—De su conciencia. No se crea que me engaña. Sé muy bien desde el principio que todo este asunto le despierta remordimientos. Se cree muy listo, y piensa que lo arregla callando. Pero lo que no dice su boca lo gritan sus ojos, Enio Escudero. Usted es consciente de que está trabajando para el bando equivocado.
—Yo estoy en el bando de quien me paga, señorita.
—Una vez más, eso no se lo cree ni usted. Pero siga, siga mintiéndose. Supongo que es la manera que tiene de seguir adelante sin sentir demasiado asco de sí mismo. ¿Por eso bebe tanto? ¿Para aguantar las ganas de vomitar que le produce mirarse al espejo?
Dispara, se dice Enio Escudero, furioso, aprieta de una vez el gatillo y cállala para siempre. Pero no puede. Y eso le enfurece más todavía. Porque en un pequeño rincón de sí mismo, sucio y abandonado, entre las telarañas y las humedades, anida la sospecha de que ella pudiera tener razón. E Irene lo sabe. Esto está yendo demasiado lejos. Solo tiene que apretar el gatillo. Aprieta el gatillo de una vez, imbécil.
Pero no lo hace.
—¿Sabe una cosa?—continúa Irene Orozco.—Voy a serle sincera. Siempre he creído que dentro de usted hay hombre realmente honesto. Detrás de esa apariencia de cínico se esconde un idealista desengañado. Tiene usted madera de héroe, señor Escudero. Por eso le besé aquel día, al salir de la catedral. ¿Lo recuerda? Allí, bajo la lluvia, los dos ateridos por el frío…Por un momento casi nos mostramos tal y como somos, sin máscaras…¿no lo piensa usted también? ¿Va a decirme que no sintió lo mismo?
Enio Escudero no contesta. La tensión acumulada en las mandíbulas lo hace por él. Se envara tanto que la respuesta es inequívoca: lo recuerda. Y aunque le hubiera gustado negárselo a sí mismo, el cuerpo le traiciona provocándole una erección al evocar el sabor de sus labios mojados.
—Oiga, deje de jugar conmigo…
—No estoy jugando, señor Escudero. No tendría valor de hacerlo con una pistola apuntándome al pecho. No crea que tengo tanta sangre fría. Pero le mentiría si le dijera que no he dejado de pensar en aquel beso. No se cuántas noches me he despertado enfadada conmigo misma por volver a sucumbir a aquel recuerdo. ¿Sabe lo que le digo? ¿Le resulta familiar? ¿No cree que estamos unidos por algo más que este encargo del demonio, esta absurda danza que nos ha tenido dando vueltas por toda Europa? Puede negarlo todo cuanto quiera, señor Escudero, pero sé que en el fondo desea repetir ese beso tanto como yo. Y sabe, tan bien como yo, que si no lo hacemos ahora, ya no habrá ocasión.
Si ha existido algún momento en que este hombre ha querido oponerse, ha quedado tan en el olvido que parece haber sido hace cientos, miles de años, en algún lugar lejano e ignoto que, desde luego, no es aquí, ni ahora. Porque aquí y ahora, Enio Escudero es incapaz de pensar. Irene Orozco se ha inclinado hacia él. Su cercanía le interrumpe todos los pensamientos, los aborta en el mismo momento de nacer. Y no puede, ni quiere, hacer nada por resistirse a los labios que, en un breve momento disfrazado de eternidad, le plantan un beso en los labios. Sabe a naranjas, piensa Enio, huele a lluvia, a tierra mojada y a otoño. Y sigue saboreando ese olor, y zozobrando en los recuerdos del sabor, incluso cuando ella ya se ha apartado.
Y algo cambia en su interior.
Como si una venda se le hubiera caído de golpe de los ojos, revelándole una verdad oculta durante muchísimo tiempo, Enio Escudero se rebela contra sí mismo, contra el hombre que ha sido durante tantísimo tiempo, ese cobarde oculto de todo y de todos, que jamás ha hecho otra cosa que mirar por su propio pellejo. Entonces le vienen de golpe a la mente las palabras de la anciana, Doña Engracia, la supuesta bruja a la que visitó en el curso de su investigación y que le reveló, así como de pasada, que encontraría su destino en un tren. Y él, que se ha resistido siempre a creer en nada que no llevase, como mínimo, tres ceros detrás, se encuentra de pronto ante la posibilidad de algo más grande que él mismo, que todo su egoísmo. ¿Y si salvar a Irene supone también salvarse a sí mismo? ¿Y si va siendo hora de dejar atrás esta vida miserable y gris, este desprecio sistemático por la piel en la que le ha tocado en suerte habitar? Se le acelera el pulso. Siente un repentino mareo y una ola de calor que le baña en sudores todo el cuerpo. ¿Será posible que Enio Escudero se haya enamorado?
Y toma una decisión.
—Irene…Señorita Orozco, debemos de estar apunto de llegar a la siguiente estación. Escúcheme bien. Tiene que bajarse del tren, ¿me oye? Tiene que salir corriendo y no mirar atrás, ¿me escucha?
Irene lo observa confusa. El desconcierto va a más cuando ve al detective guardar la pistola.
—¿Qué? Pero…Pero…¿Por qué?
—No hay tiempo para explicaciones. Cuando lleguemos al final del trayecto habré de enfrentarme a mis clientes. Les entregaré las fotos, pero les haré creer que usted se me ha escapado. Por supuesto, eso les supondrá algún que otro inconveniente que, me temo, habré de pagar con algunos golpes y hasta puede que con la vida. Pero, qué demonios, de peores he salido.
Los ojos de Irene lo observan abiertos de par en par. Es como si se encontrase ante algo tan inesperado que no fuera capaz de actuar en consecuencia.
—No le entiendo…¿a qué viene este cambio?
—No sé.—dice Enio encogiéndose de hombros.—Supongo que usted tiene razón. Estoy cansado de pelear para el bando equivocado. Mire, nunca le he temido a la muerte. Jamás. Lo único que le he pedido siempre es que me deje caer haciendo lo correcto. Y últimamente me había desviado demasiado del camino. Usted me acaba de regalar la oportunidad de hacerlo tal y como siempre he querido. A fin de cuentas, si uno tiene que morir, ¿qué mejor manera de hacerlo?
Irene lo contempla en silencio, el rostro desencajado por la sorpresa. Intenta responder a la sonrisa del detective con una similar, pero no le sale. Se le queda a medio camino.
En esas, el tren se detiene.
Han llegado a la estación.
No hay aviso. Nadie viene a decir nada. Este tren, más que un tren, parece un páramo delimitado por la soledad, el silencio, y la muerte.
—¡Rápido! Váyase ya.
Irene reacciona. Vuelve en sí para coger el bolso, recorrer el pasillo y bajar del tren sin mirar ni un sola vez atrás. Enio toma aire, se aferra a la pistola, y se prepara para enfrentar la batalla de su vida. Entonces unos golpes llaman su atención al otro lado de la ventana. Irene Orozco lo llama desde el andén. Él abre la ventana y se asoma para preguntar qué sucede. Una ráfaga de viento le roba el sombrero justo cuando la mujer se pone de puntillas, lo agarra por el cuello y le besa los labios con tanta entrega, con tanta pasión, que por una décima de segundo el detective se plantea la posibilidad de correr tras ella y huir juntos, sin importar a dónde. Pero la ensoñación termina con el beso, y el viento helado, el relámpago que ilumina la escena y las primeras gotas de lluvia lo devuelven a la realidad.
Es hora de enfrentar su destino.
—¿Y esto?—pregunta.
—Considérelo mi regalo de agradecimiento. Acabo de darle la posibilidad de pelear por su vida. Espero sinceramente que volvamos a vernos, señor Escudero.
Irene Orozco, el pelo revuelto por el vendaval, se pierde en las sombras de la estación.
Enio Escudero cierra la ventana y se deja caer contra el asiento sintiendo como el corazón se le refrena. Y entonces lo comprende. La verdad le golpea como una bofetada en la cara. Maldito tonto romántico. Aquello que había desordenado sus emociones no era el amor. Irene Orozco debía haber puesto algún tipo de veneno en su pintalabios. Aquel primer beso fue una navajada certera al corazón. Pero ella no esperaba ese cambio repentino en el detective. Maldita sea, ni él mismo lo esperaba. Y de ahí el segundo beso, fruto de los remordimientos, seguramente con el antídoto. El beso de Irene Orozco le ha devuelto literalmente la vida.
Menudo fracaso de encargo.
Al menos tiene las fotos, se consuela. Se palpa en el pecho para comprobar que su afirmación sigue siendo cierta y se le coge un nudo en el estómago al comprobar que el sobre ha desaparecido. Irene se lo ha robado mientras le besaba. El detective rompe a reír a carcajada limpia. Desde luego, no hay que ser un genio para reconocer al perdedor. Irene Orozco, que no se parece a nadie que haya conocido nunca, se la ha jugado pero bien. La buscará y se las pagará todas juntas. Vaya que sí. O no. Qué más da. Lo primero es salir con vida de esta.
La bruma devora de nuevo al tren mientras el amanecer despliega infinitos tonos de grises en el cielo. Un relámpago se quiebra y el destello nos roba la imagen siguiente. Cuando vemos de nuevo, en la estación vacía no queda más que el rastro de un sueño disipándose bajo la lluvia.
El cartel reza “Sacramento de la Frontera”, pero bien podríamos encontrar escrito el nombre de cualquier otra ciudad y de cualquier otra parada de tren. El tipo surge de entre las sombras como escapado de los restos del sueño de alguien, y se detiene al borde de las vías con las manos en la gabardina y el rostro oculto bajo el ala del sombrero, un borrón de irrealidad en el mundo extraño que empieza a configurarse entorno a él. El alma misma del misterio. La cosa es que la mañana no parece tener muchas ganas de ir llegando. Sí, es cierto, puede intuirse la salida del sol en algún lugar, hacia el horizonte, pero su avance es lento y moroso, y lo hace tras una capa tan densa de nubes grises que su influencia es meramente anecdótica. El destello lejano de los rayos anuncia una tormenta acercándose. El viento arrecia y arremolina los bordes de la gabardina. El hombre espera, solitario, formando nubes de vaho con el aliento.
El talgo se anuncia con un pitido. La forma se conjura a través de la bruma y la atraviesa sin misericordia. Al detenerse en el andén, el hombre sujeta el sombrero para que no se le vuele. Espera unos segundos, pero nada sucede. Nadie viene a avisarlo. No hay revisor. Nadie se apea en esta estación. Nadie más que él parece tener interés en subir. De manera que decide por su cuenta y riesgo recorrer la distancia y penetrar en el vagón. Como si hubiera estado esperándolo, el tren se pone en marcha nada más el hombre ha puesto el pie en el pasillo. El bamboleo le hace difícil avanzar, pero por suerte no hay nadie más. No hay riesgo de ir caer encima de ningún borrachuzo somnoliento y sudado, o de una anciana concentrada en el minucioso proceso de pelar una manzana. La luz, si puede llamarse de esa manera al tul gris y sucio que se desliza por los ventanales, apenas insinúa los contornos de los asientos acolchados. El hombre avanza suspicaz, hay algo frío y desangelado en la atmósfera que despierta escalofríos y suspicacias. Algo en su interior le incita a darse la vuelta y poner tierra de por medio. Pero sabe que no puede. Y le guste o no, si hay algo en este mundo que jamás se ha atrevido a traicionar, es su código profesional. Qué demonios. Tiene un trabajo que terminar.
Y va a hacerlo de una vez por todas aunque le vaya la vida en ello.
La mujer se materializa de pronto. O lo mismo lleva allí todo este tiempo y, simplemente, él está demasiado cansado, somnoliento, o bebido para darse cuenta. Aunque juraría no haber tomado más de una o dos copas de coñac barato en el bar de la estación. Tampoco está seguro. Últimamente, esas cosas se le descontrolan demasiado. En cualquier caso, ahí está ella. La encuentra sentada de espaldas a él, absorta en sus pensamientos, mirando por la ventana. Desde su posición apenas puede entrever un esbozo de los rasgos finos de piel tostada. Lleva el pelo pajizo elegantemente recogido. Reconoce perfectamente el aire de sofistificación, que siempre le ha resultado inexplicablemente sensual. Entonces se deja caer en el asiento contiguo, saca la pistola del bolsillo y la encañona. Sin mostrar el menor rastro de sorpresa, ni dejarse amedrentar lo más mínimo por el arma, dueña de todos sus movimientos y actuando con la más estricta sangre fría, ella se vuelve hacia él dedicándole una mirada indiferente. Los ojos marrones, abismos insondables, atraviesan como una bala las entrañas del tipo, que debe empeñar todo su esfuerzo en mantener la entereza.
¿Qué demonios me pasa con esta mujer?, se pregunta, manténte firme, maldita sea, ¡mantente firme! Esto tiene que terminar hoy mismo.
—Le estaba esperando, señor Escudero.—anuncia la mujer.
La voz serena, de ligero acento andaluz, consigue arrancarle un escalofrío.
—Perfecto. Eso lo hará todo mucho más fácil, ¿no le parece?
—Dígame, ¿va a decirme de una vez cómo se llama?
—Pero, ¿por qué tiene tanto interés en saberlo?
—No se equivoque. No tengo el menor interés en usted. Pero hasta ahora le he conocido siempre como señor Escudero, y considero un detalle de humanidad permitirme morir conociendo el nombre de mi asesino.
—No me sea plasta, señorita Orozco. ¿Es que no ha oído nunca eso de que mientras más sabe uno menos feliz es? O algo parecido. Debió decirlo un sabio. José María Pemán, o alguno de esos.
—Bueno, supongo que cuando lo dijo José María Pemán no estaba sentado junto a una mujer atractiva, en un tren solitario, ¿no le parece?
Durante unos segundos el señor Escudero se piensa su respuesta. Luego se reprocha a sí mismo la flaqueza. Desde su primer encuentro esta mujer es capaz de ponerle boca abajo las emociones y alterarle los nervios. Y no puede permitirse eso. Así que se aferra a la culata de la pistola y se plantea la posibilidad de dispararle a bocajarro y acabar por fin con el trabajo. Volverá a la oficina y encontrará el cheque en el correo, tal y como se había dispuesto. Podría volver a encargarse de sus cosas, a saber, beberse una botella de whisky escocés al día y desgranar a sueldo los trapos sucios de la alta sociedad sacramentina. Y aquí paz y después gloria. Pero claro, eso sería de no haber mediado un comentario como aquel, acompañado de una mirada como aquella. Maldita sea, protesta, sabiendo que muy posiblemente esté metiendo la pata hasta el fondo. Pero qué se le va a hacer. Hay cosas contra las que es imposible rebelarse.
—Enio Escudero, detective privado.—dice suspirando.—Pero eso ya lo sabe. Encantado de conocerla. Perdone que no me quite el sombrero, pero lo de las etiquetas es algo que tampoco me va demasiado.
—No se preocupe. Aunque me considero una señorita, no es necesario que guarde las apariencias. Total, dentro de poco, no me van a servir para nada. Así que Enio. ¿Es usted italiano?
—Por lo visto, lo era mi padre. Llegó aquí cuando la guerra. Murió al poco de haber dejado embarazada a mi madre y sin haberle dicho ni su apellido. Lo que se dice todo un latin lover. ¿Hay algo más que quiera saber de mí o podemos pasar a la parte en la que le meto una bala en el pecho?
—No, está bien. Gracias por su amabilidad. Y a estas alturas supongo que ya no es necesaria la reciprocidad. Sabe usted suficiente de mí.
—Tampoco se crea que me importa demasiado. Usted no es más que un encargo. A mis ojos, es como cualquier otra.
—No se lo cree nadie, querido amigo. No soy como nadie que haya conocido. Ni como nadie que vaya a conocer. Eso puedo asegurárselo. Y estoy segura de que usted también lo sabe.
Lo sabe. Vaya si lo sabe. Lo tiene tan claro que traga saliva y hace lo imposible por contener el impulso que le estalla como un volcán en las entrañas. ¿Por qué demonios tiene que ser tan guapa?, maldice para sí. ¿Por qué demonios tiene que ser tan misteriosa, tan terca, tan tenaz, tan…irresistible?
Y se promete a sí mismo no tardar demasiado en matarla o terminará agarrando la sartén por el mango. Por no decir que acabará cogiéndolo a él por las pelotas.
—Todo lo que tengo que saber de usted, y con eso me basta,—miente Enio.—es que es Irene Orozco, actriz y cantante en plena ascensión meteórica. Y que tiene en su poder unas fotografías capaces de hacer temblar al Régimen. Y que los tipos que me van a extender el cheque me han encargado que baje de este tren con ellas, y una prueba de su muerte, en la última estación. Y que me las va a dar usted misma, antes de que la mate, porque es una chica muy lista, y sabe que nuestra peculiar partida del gato y el ratón se ha terminado. Y no hace falta ser un genio para saber quién es el perdedor.
Irene Orozco lanza sin avisar a la cara del Señor Escudero, con la gracia de una experta lanzadora de cuchillos, su sonrisa tan enigmática como sensual, una especie de resumen de ella misma. El detective siente como le tiemblan las entrañas.
—Por supuesto, no hace falta ser un genio.—contesta ella.—Aquí las tiene.
La mujer mete la mano en su bolso y entrega un sobre amarillento al detective. Éste guarda las fotografías en el interior de su chaqueta.
—En fin. Supongo que ha llegado el momento, ¿no?
—Eso parece, señorita Orozco. Y ahora, si no le importa, terminemos con esto de una vez. No se preocupe, será rápido.
—¿Sabe una cosa? Me resulta muy curiosa su resistencia.
—¿De qué está hablando?
—De su conciencia. No se crea que me engaña. Sé muy bien desde el principio que todo este asunto le despierta remordimientos. Se cree muy listo, y piensa que lo arregla callando. Pero lo que no dice su boca lo gritan sus ojos, Enio Escudero. Usted es consciente de que está trabajando para el bando equivocado.
—Yo estoy en el bando de quien me paga, señorita.
—Una vez más, eso no se lo cree ni usted. Pero siga, siga mintiéndose. Supongo que es la manera que tiene de seguir adelante sin sentir demasiado asco de sí mismo. ¿Por eso bebe tanto? ¿Para aguantar las ganas de vomitar que le produce mirarse al espejo?
Dispara, se dice Enio Escudero, furioso, aprieta de una vez el gatillo y cállala para siempre. Pero no puede. Y eso le enfurece más todavía. Porque en un pequeño rincón de sí mismo, sucio y abandonado, entre las telarañas y las humedades, anida la sospecha de que ella pudiera tener razón. E Irene lo sabe. Esto está yendo demasiado lejos. Solo tiene que apretar el gatillo. Aprieta el gatillo de una vez, imbécil.
Pero no lo hace.
—¿Sabe una cosa?—continúa Irene Orozco.—Voy a serle sincera. Siempre he creído que dentro de usted hay hombre realmente honesto. Detrás de esa apariencia de cínico se esconde un idealista desengañado. Tiene usted madera de héroe, señor Escudero. Por eso le besé aquel día, al salir de la catedral. ¿Lo recuerda? Allí, bajo la lluvia, los dos ateridos por el frío…Por un momento casi nos mostramos tal y como somos, sin máscaras…¿no lo piensa usted también? ¿Va a decirme que no sintió lo mismo?
Enio Escudero no contesta. La tensión acumulada en las mandíbulas lo hace por él. Se envara tanto que la respuesta es inequívoca: lo recuerda. Y aunque le hubiera gustado negárselo a sí mismo, el cuerpo le traiciona provocándole una erección al evocar el sabor de sus labios mojados.
—Oiga, deje de jugar conmigo…
—No estoy jugando, señor Escudero. No tendría valor de hacerlo con una pistola apuntándome al pecho. No crea que tengo tanta sangre fría. Pero le mentiría si le dijera que no he dejado de pensar en aquel beso. No se cuántas noches me he despertado enfadada conmigo misma por volver a sucumbir a aquel recuerdo. ¿Sabe lo que le digo? ¿Le resulta familiar? ¿No cree que estamos unidos por algo más que este encargo del demonio, esta absurda danza que nos ha tenido dando vueltas por toda Europa? Puede negarlo todo cuanto quiera, señor Escudero, pero sé que en el fondo desea repetir ese beso tanto como yo. Y sabe, tan bien como yo, que si no lo hacemos ahora, ya no habrá ocasión.
Si ha existido algún momento en que este hombre ha querido oponerse, ha quedado tan en el olvido que parece haber sido hace cientos, miles de años, en algún lugar lejano e ignoto que, desde luego, no es aquí, ni ahora. Porque aquí y ahora, Enio Escudero es incapaz de pensar. Irene Orozco se ha inclinado hacia él. Su cercanía le interrumpe todos los pensamientos, los aborta en el mismo momento de nacer. Y no puede, ni quiere, hacer nada por resistirse a los labios que, en un breve momento disfrazado de eternidad, le plantan un beso en los labios. Sabe a naranjas, piensa Enio, huele a lluvia, a tierra mojada y a otoño. Y sigue saboreando ese olor, y zozobrando en los recuerdos del sabor, incluso cuando ella ya se ha apartado.
Y algo cambia en su interior.
Como si una venda se le hubiera caído de golpe de los ojos, revelándole una verdad oculta durante muchísimo tiempo, Enio Escudero se rebela contra sí mismo, contra el hombre que ha sido durante tantísimo tiempo, ese cobarde oculto de todo y de todos, que jamás ha hecho otra cosa que mirar por su propio pellejo. Entonces le vienen de golpe a la mente las palabras de la anciana, Doña Engracia, la supuesta bruja a la que visitó en el curso de su investigación y que le reveló, así como de pasada, que encontraría su destino en un tren. Y él, que se ha resistido siempre a creer en nada que no llevase, como mínimo, tres ceros detrás, se encuentra de pronto ante la posibilidad de algo más grande que él mismo, que todo su egoísmo. ¿Y si salvar a Irene supone también salvarse a sí mismo? ¿Y si va siendo hora de dejar atrás esta vida miserable y gris, este desprecio sistemático por la piel en la que le ha tocado en suerte habitar? Se le acelera el pulso. Siente un repentino mareo y una ola de calor que le baña en sudores todo el cuerpo. ¿Será posible que Enio Escudero se haya enamorado?
Y toma una decisión.
—Irene…Señorita Orozco, debemos de estar apunto de llegar a la siguiente estación. Escúcheme bien. Tiene que bajarse del tren, ¿me oye? Tiene que salir corriendo y no mirar atrás, ¿me escucha?
Irene lo observa confusa. El desconcierto va a más cuando ve al detective guardar la pistola.
—¿Qué? Pero…Pero…¿Por qué?
—No hay tiempo para explicaciones. Cuando lleguemos al final del trayecto habré de enfrentarme a mis clientes. Les entregaré las fotos, pero les haré creer que usted se me ha escapado. Por supuesto, eso les supondrá algún que otro inconveniente que, me temo, habré de pagar con algunos golpes y hasta puede que con la vida. Pero, qué demonios, de peores he salido.
Los ojos de Irene lo observan abiertos de par en par. Es como si se encontrase ante algo tan inesperado que no fuera capaz de actuar en consecuencia.
—No le entiendo…¿a qué viene este cambio?
—No sé.—dice Enio encogiéndose de hombros.—Supongo que usted tiene razón. Estoy cansado de pelear para el bando equivocado. Mire, nunca le he temido a la muerte. Jamás. Lo único que le he pedido siempre es que me deje caer haciendo lo correcto. Y últimamente me había desviado demasiado del camino. Usted me acaba de regalar la oportunidad de hacerlo tal y como siempre he querido. A fin de cuentas, si uno tiene que morir, ¿qué mejor manera de hacerlo?
Irene lo contempla en silencio, el rostro desencajado por la sorpresa. Intenta responder a la sonrisa del detective con una similar, pero no le sale. Se le queda a medio camino.
En esas, el tren se detiene.
Han llegado a la estación.
No hay aviso. Nadie viene a decir nada. Este tren, más que un tren, parece un páramo delimitado por la soledad, el silencio, y la muerte.
—¡Rápido! Váyase ya.
Irene reacciona. Vuelve en sí para coger el bolso, recorrer el pasillo y bajar del tren sin mirar ni un sola vez atrás. Enio toma aire, se aferra a la pistola, y se prepara para enfrentar la batalla de su vida. Entonces unos golpes llaman su atención al otro lado de la ventana. Irene Orozco lo llama desde el andén. Él abre la ventana y se asoma para preguntar qué sucede. Una ráfaga de viento le roba el sombrero justo cuando la mujer se pone de puntillas, lo agarra por el cuello y le besa los labios con tanta entrega, con tanta pasión, que por una décima de segundo el detective se plantea la posibilidad de correr tras ella y huir juntos, sin importar a dónde. Pero la ensoñación termina con el beso, y el viento helado, el relámpago que ilumina la escena y las primeras gotas de lluvia lo devuelven a la realidad.
Es hora de enfrentar su destino.
—¿Y esto?—pregunta.
—Considérelo mi regalo de agradecimiento. Acabo de darle la posibilidad de pelear por su vida. Espero sinceramente que volvamos a vernos, señor Escudero.
Irene Orozco, el pelo revuelto por el vendaval, se pierde en las sombras de la estación.
Enio Escudero cierra la ventana y se deja caer contra el asiento sintiendo como el corazón se le refrena. Y entonces lo comprende. La verdad le golpea como una bofetada en la cara. Maldito tonto romántico. Aquello que había desordenado sus emociones no era el amor. Irene Orozco debía haber puesto algún tipo de veneno en su pintalabios. Aquel primer beso fue una navajada certera al corazón. Pero ella no esperaba ese cambio repentino en el detective. Maldita sea, ni él mismo lo esperaba. Y de ahí el segundo beso, fruto de los remordimientos, seguramente con el antídoto. El beso de Irene Orozco le ha devuelto literalmente la vida.
Menudo fracaso de encargo.
Al menos tiene las fotos, se consuela. Se palpa en el pecho para comprobar que su afirmación sigue siendo cierta y se le coge un nudo en el estómago al comprobar que el sobre ha desaparecido. Irene se lo ha robado mientras le besaba. El detective rompe a reír a carcajada limpia. Desde luego, no hay que ser un genio para reconocer al perdedor. Irene Orozco, que no se parece a nadie que haya conocido nunca, se la ha jugado pero bien. La buscará y se las pagará todas juntas. Vaya que sí. O no. Qué más da. Lo primero es salir con vida de esta.
La bruma devora de nuevo al tren mientras el amanecer despliega infinitos tonos de grises en el cielo. Un relámpago se quiebra y el destello nos roba la imagen siguiente. Cuando vemos de nuevo, en la estación vacía no queda más que el rastro de un sueño disipándose bajo la lluvia.



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