La Guardiana.





Las calles de Vejer de la Frontera, blancas, silenciosas, solitarias, en invierno, parecen cementerios. Salvo el aullido del viento incesante, no hay el menor rastro de movimiento entre sus recovecos. De cuando en cuando tus pasos se cruzan con los de algún habitante de andar ensimismado, y su mutismo ahonda la sensación de estar en pueblo habitado por fantasmas. Hay cierta cualidad onírica que se derrama por las fachadas y vela las vistas, impresionantes, hermosas, para convertirlas en el escenario de una especie de espejismo, situado a medio camino entre la vigilia y el sueño. Nada de eso disminuye la belleza del pueblo. Más bien al contrario.
 Desprovisto de estridencias se convierte en el vehículo perfecto para la imaginación.
 Quizás por eso, paseando por allí con mi familia, se me vino a la cabeza la absurda idea de contestar a las preguntas de mi hijo mayor con una historia inventada. El niño, curioso por naturaleza, me preguntó por una de esas figuras que de cuando en cuando te asaltan a lo largo de la geografía vejeriega. Ya saben, esas mujeres vestidas de negro de la cabeza a los pies, a las que solo se les ve un ojo. Los que sepan de qué hablo atestiguarán que su figura espectral, algo siniestra, y muy pintoresca, está presente en muchas esquinas del pueblo. Y claro, yo debería haberle contestado la verdad. Debería haberle hablado de las "cobijadas", del traje tradicional, de la herencia castellana y moruna, y bla, bla, bla. No obstante, metí la pata. ¿Qué quieren que les diga? Había caído la noche sobre nosotros, volvíamos de cenar en un restaurante llamado "El Califa", cuya decoración arábiga y exótica funciona como un estimulante para la fabulación, y cuando en la quietud de aquella esquina, subiendo la cuesta de la Plaza de España, nos asaltó la figura pintada en la pared, no pude detener el impulso de inventar un cuento.
 --Esas mujeres son las guardianas de Vejer. Son espectros que se aparecen de vez en cuando a las personas. Y solo muestran un ojo porque a través de él miran en tu alma, y si ven que has cometido algún acto malvado, te arrastran al infierno con ellas.
 Mi hijo, claro está, a quién se le ocurre, se asustó bastante. Sí, lo sé. A veces, más veces de las sensatas, mis arranques creativos suelen ser bastante inoportunos. La ocurrencia me costó el enfado de mi mujer y el llanto desconsolado de mi hijo, a quien hubo de calmar para que se durmiera, porque el pobre chiquillo no hacía más que preguntar qué pasaría si se le apareciera a él una de esas guardianas. Ángelito. No tiene la culpa de que le haya tocado este padre en fortuna. En fin. El caso es que al final conseguimos que se durmiera. Tanto él como su hermano. Y hasta logré ser perdonado. Suertudo que es uno. Pero no crean que me libré de la penitencia. Resulta que mi mujer se había dejado su libro en el coche, que estaba a resguardo en un parking cercano. Y habiendo metido la pata como yo lo había hecho, no se le pasó por la cabeza en ningún momento ser ella quien fuera a buscarlo. La tarea me correspondía a mí. No rechisté, no tenía derecho. Me lo había buscado a pulso.
 Y allí fui.

 Volvía con el libro en la mano, subiendo la cuesta que llevaba al hotel.
 El levante que llevaba azotando al pueblo todo el día arreciaba. Las palmeras se agitaban sin control. Los quicios de las ventanas golpeaban sin descanso. No había ni un alma a mi alrededor. Y yo, como suele ser costumbre, caminaba con la cabeza en las nubes.
 Entonces la vi.
 No voy a negar que resulta difícil de creer. Aún hoy día yo dudo de mis percepciones. Paso las horas del día buscando excusas que justifiquen la visión. Un momento de enajenación, una confusión, el carnaval cercano...Todo me vale. Y nada al mismo tiempo. Porque ni había bebido ni estaba confuso. Y todavía quedaba una semana para el carnaval. Fuera lo que fuese, estoy bastante seguro de que aquel encuentro tuvo lugar. Y de la manera en lo que lo hizo. Estoy seguro de que al doblar la esquina encontré inmóvil ante mí la figura de una cobijada. Y estoy bastante seguro de que no era un dibujo. Aquella aparición tenía contorno claro. Mostraba cierta consistencia. Indudablemente era una mujer. O al menos lo parecía. Cubierta de negro de arriba a abajo, con su único ojo, muy oscuro y muy abierto, asomando por la rendija del velo. Su presencia me impresionó tanto que di un respingo y retrocedí algunos pasos, con el corazón latiendo fuertemente en el pecho. Esperé a que se hiciera a un lado, pero no se movió ni un centímetro. Se mantuvo allí, quieta, clavando fijamente en mí la mirada penetrante de su único ojo.
 Y entonces se apoderó de mí un terror inexplicable.
 Supe al instante que no se trataba de una persona. Ni de una cobijada. Aquella era una de las guardianas de la historia que yo había inventado para asustar a mi hijo. Me asaltó una sensación espantosa de irrealidad. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Cómo era posible esto? ¿Estaba soñando? Mi desorientación era tan grande, y el pavor provocado por la presencia tan terrible que terminé cayendo de rodillas ante ella. El ojo seguía fijo en mí. Y supe que estaba rebuscando en mis entrañas, en mis pensamientos. Podía notar su tenebrosa influencia deslizándose por mis entrañas. Quise huir, pero no podía. Esta paralizado. Y no solo por el miedo. Una fuerza externa parecía atenazarme. Y yo no podía hacer otra cosa más que ceder a ella, permitir que el oscuro espectro revolviese los secretos más ocultos de mi alma, y rezar porque, al fin, me considerara digno.
 Entonces se fue.
 Rompió su hieratismo, pasó por mi lado, y desapareció calle abajo.
 Yo pude volver a moverme. Me debatía entre la euforia de haber pasado la prueba y el desconcierto de no saber explicar lo que acababa de suceder. Corrí hacia la habitación del hotel, le di el libro a mi mujer, y la abracé tan fuerte como me fue posible. Ella, preocupada, se interesó por mi agitación, pero yo decidí no contarle nada. No tenía mucho sentido hacerlo.
 Aquella noche no dormí nada.
 Con el paso de los días, sin embargo, aprendí a vivir con el recuerdo de aquella experiencia. Supongo que asumí que hay cosas que nunca tendrán explicación. Y es absurdo empeñarse en buscársela.
 Tarde o temprano volveré a Vejer, y por si acaso, merece la pena aplicarse en ser buena persona.
 No quisiera que las guardianas me arrastran al Infierno.




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