Todos Los Gatos de Roma
No hay gatos en Roma.
O al menos, eso nos decimos. Para llenar con un misterio el espacio entre nosotros. Desde el autobús, la ciudad es una sucesión de diapositivas desordenadas. El ayer y el hoy se confunden. Sus límites se desvanecen en el calor sofocante de Mayo. Los siglos parecen agolparse unos con otros y pelear a codazos por el mismo espacio. Hijos de su ciudad, los romanos se amontonan a nuestro alrededor. Buscamos inseguros trazas de eternidad en sus rostros, pero damos de pleno con una realidad mucho más prosaica. Aburridos oficinistas. Amas de casa abatidas. Indolentes abogados. Parados desengañados. Ilusos artistas. Resignados jubilados. Y en medio de todo ello, tú y yo, que esquivamos nuestras miradas por miedo a no encontrar nada que ver. Agarrados a la misma barra, el traqueteo del autobús hace que nuestros cuerpos se rocen y seamos más conscientes si cabe del vacío que nos separa.
Es entonces cuando lo dices. Te vuelves hacia mi, los labios rosados desplegados como alas de mariposas, dibujando una amplia sonrisa, y me hablas con voz queda. Cómplice. Insinuante. "¿Te has fijado en que no hay gatos en Roma? Al menos, no hemos visto ninguno." Yo me atrevo a mirarte tentado por tus palabras. Dispuesto a tender el puente para cruzar sobre el abismo. Y al hacerlo, es como si te viera por primera vez. Tu pelo, encendido como un trigal ardiendo bajo el sol de medio día. Tus ojos oscuros, acogedores como la fresca sombra de un zaguán. "He leído en alguna parte que sí hay, y muchos, pero están censados y protegidos", te contesto. Todo esto nos da motivos más que suficiente para hacernos imaginar las razones. Entusiasmados tejemos el tapiz de un enigma sin solución, como hemos hecho tantas veces. Siempre nos gustó perdernos en nuestras historias, reinventar la realidad a nuestro antojo. Para nosotros, en cierta manera, es como hacer el amor. Una fusión de la mente que, poco a poco, y no es esta una excepción, va haciendo nada la distancia entre nuestros cuerpos. Con cada palabra se olfatean, se reconocen y se buscan hasta encontrarse. Ambos sabemos cuál es el final del camino, pero nos gusta recorrerlo lentamente. Esta vez lo hacemos mientras el autobús sube por la Via Nazionalle. Tratamos de aminorar el paso cuando bajamos en Termini y caminamos hacia el hotel. Para entonces, en nuestra imaginación, los gatos de Roma (haya o no) se emparentan con los antiguos dioses, y eso nos da motivos para seguir cavilando. Para retrasar el momento. Parece que tuviéramos entre manos las piezas de una delicada figura que hubiera de ser reconstruida con sumo cuidado.
Ya antes de devorar a sus hijos, Saturno era infeliz.
¿Cómo no iba a serlo? No es fácil encontrar razones para sonreír cuando eres el dios del tiempo y todos los secretos de lo que ha sido, es y será se despliegan sumisos ante tus ojos. Y aunque en un principio pudiera pensarse en esta circunstancia como en una ventaja, fuente de infinitas posibilidades, la cosa adquiría un matiz diferente en las manos del dios. Porque por mucho que supiera como iban a desarrollarse los acontecimientos, su condición de patrón, la personificación de un concepto abstracto y de ámbito cósmico, restringía su voluntad y le impedía actuar en consecuencia. A fin de cuentas, de él dependía, precisamente, que las cosas sucedieran tal y como debían suceder. Y por mucho dios romano que fuese, y ya se sabe como la gastaban los dioses romanos, ni tan siquiera eso lo hacía estar por encima de las leyes del cosmos. Así que sí. Saturno siempre supo que, algún día, tras derrocar a su padre, Urano, como rey del universo, se desposaría con Ops, la diosa del cielo. Que esa unión le daría hijos. Que esos hijos, algún día, acabarían con él. Que dominado por el miedo los devoraría uno a uno para evitar que eso sucediese. Que su esposa lograría salvar a Júpiter. Que Júpiter volvería para hacerle la guerra, destronarlo y expulsarlo de los cielos. Y que no podía hacer nada para evitarlo. Pero como era un dios, mientras los fatales acontecimientos de su futuro se mantuvieron tan lejanos como el recuerdo de un mal sueño, molesto, pero sueño a fin y al cabo, la sensatez divina logró mantener a raya al instinto y se resignó a vivir su vida tal y como se suponía que debía hacerlo. Destronó a su padre, cortándole los testículos con una hoz en el proceso y dando nacimiento a su hermana Venus. Desposó a Ops y se empeñó en convertir el mundo durante su gobierno en un lugar justo y feliz. Consiguiéndolo, por cierto, que no por nada sería recordado su mandato como la Edad de Oro.
Aun así, y como nadie mejor que él sabía, los días no pasaban en balde. El futuro aguardaba lúgubre y siniestro. Intocable pero inevitable. La inquietud crecía poco a poco en su interior, y para cuando comenzó a despertar en mitad de la noche, empapado en sudor, turbado por la inminencia de la tragedia, era ya una fuerza imparable. El instinto ganó la batalla a la sensatez divina. Habría que decir, no obstante, que tampoco había sido aquella nunca muy fuerte. A fin de cuentas, no hay ser más sujeto a los dictados del instinto que un dios romano. De manera que Saturno se encontró dominado por una emoción nueva, tan incómoda como ineludible, una funesta sensación que se adueñó por completo de sus días: el miedo. Y comenzó a pensar en la posibilidad de cambiar lo que estaba escrito. No en vano, se decía, ¿quién mejor que el dios del tiempo para engañar al futuro? Sus noches se convirtieron en un constante velar. La mente, ocupada en contemplar las múltiples posibilidades, no dejaba espacio para el descanso. Y cuando la impaciencia se hizo ingobernable, cuando todos los caminos morían sin salida, le acosó la cruel ironía de la situación. ¿Cómo era posible que el dios del tiempo tuviera emplazado su final? Él debía ser eterno. Existir mientras lo hiciera el cosmos. Más allá incluso.
Buscando respuestas su atención fue a centrarse en el mundo de los mortales, en un rincón tan antiguo como él mismo. Quizá, por lo que se decía, más aun. Brillando como una perla bajo el sol del desierto Egipto había soportado intacto el paso de los siglos, alzándose orgulloso frente al destino. Y ansioso por conocer el secreto de la eternidad que incluso a él mismo se le escapaba, Saturno dirigió allí sus pasos.
Llegando al Delta del Nilo encontró una ciudad, Bubastis. A sus puertas fue detenido por algunos guardianes y Saturno anunció ofendido su naturaleza divina. Sin embargo, dado que se hallaba en un territorio extranjero, resolvió no tomar represalias contra los osados soldados y se dejó conducir mansamente al palacio donde moraba la patrocinadora de la ciudad, la diosa Bastet. Saturno rió con suficiencia ante la mención de aquella supuesta diosa de la que nunca había oído hablar, aunque secretamente se vio sacudido por la duda. ¿Sería posible, se preguntó, que cada lugar de la Tierra albergara sus propias divinidades? ¿Sería su influencia tan limitada en el espacio como, por lo visto, habría de serlo en el tiempo? Acosado por las dudas entró en el palacio. Los guardias lo condujeron a las puertas de una sala y lo conminaron a entrar solo. Y aunque podía haber albergado infinitas reticencias, su arrogancia divina lo llevó a entrar desafiante, sin temor a aquello que pudiera esperarle dentro.
Claro que nunca hubiera esperado lo que encontró. Se había adentrado en una sala en penumbras, levemente iluminada por los haces de luz que se filtraban furtivos por pequeñas aberturas que, de cuando en cuando, rompían la uniformidad de las paredes. A lo largo de los muros crecían como tallos columnas terminadas en forma de loto. El suelo estaba recorrido por una piscina que se extendía como una alfombra. Desde un lateral, una extraña estatua, a medio camino entre un animal y una mujer, vertía delicadamente el agua que fluía rielando bajo las delicadas caricias del sol de media tarde de uno a otro extremo de la piscina. Y allí, al otro lado de la sala, elevada sobre unas gradas y sentada en un trono con forma de flor dorada, una mujer lo observaba fijamente.
No hace falta mucha imaginación para aventurar la reacción de Saturno. Un irrefrenable deseo se apoderó por entero de él. Y aunque podríamos achacarlo una vez más a su naturaleza, por una vez exculpemos a su origen. En esta ocasión la mujer lo merecía.
-Acércate.-le ordenó.
Fue un susurro sensual e irresistible. Una voz indiferente y provocadora a un mismo tiempo. Saturno, como es natural, avanzó hacia ella sin pensarlo.
-¿Quién eres?-preguntó la mujer.-¿Qué quieres, extranjero?
-Me llaman Saturno y soy el dios del tiempo. Vengo del otro lado del mar en busca de respuestas.
-Jamás oí hablar de ti, Saturno, dios del tiempo.
-Tampoco yo de ti, Bastet, señora de Bubastis.
La respuesta del dios, plena de prepotencia, hizo levantarse a la mujer. Quizá por rabia. Quizá por curiosidad. Bajó las gradas con parsimonia. Los pies descalzos parecían deslizarse por el suelo de mármol y las piernas, largas y perfiladas acometían cada paso como si supieran a la eternidad de su lado. Al avanzar se escapaban de la fina túnica de lino que, como un velo de humo, insinuaba las curvas de su estilizada figura. Las caderas, acompasadas en un cadencioso ritmo, jugaban a esconder y revelar una sombra de bello púbico. Los pechos, pequeños y perfectamente perfilados, se insinuaban oscuros y altivos. Estudiaba a su interlocutor y ladeaba la cabeza de manera que el cabello negro caía en cascada sobre uno de sus hombros del color de la aceituna. Dos enormes ojos, negros y almendrados, recorrían la silueta de Saturno con ávida curiosidad. Cuando llegó junto a él, el dios apenas podía contener sus impulsos.
-Y dime, Saturno, dios del tiempo, ¿qué clase de respuestas buscas en Egipto?
-Busco el secreto de la eternidad.
-¿No es ese un conocimiento que debería estar al alcance del dios del tiempo?
El ego de nuestro dios, ya de por si bastante dañado por la certeza de aquella contradicción, se desmoronó cuando la oyó en los voluptuosos labios de Bastet. Ciego de furia desató su instinto (de la sensatez divina, a estas alturas, mejor ni hablar), tomó a Bastet por la cintura y la atrajo hacia si con rudeza. Con la idea de besarla, se entiende. Y de poseerla. Pero no llegaría a conseguir ni lo uno ni lo otro, porque las uñas de la mujer rasgaron su rostro con cruda violencia, obligándole a soltarla y a retroceder descargando su dolor en un grito desgarrador. La sangre chorreaba por la mejilla del dios y este miraba a la diosa desconcertado. Su belleza resultaba ahora una visión terrible y amenazante. Poco a poco, sin embargo, se serenó. En escasos segundos volvía a insinuarse en torno suyo. Los largos dedos recorrían su cuerpo. Las puntas de la melena le acariciaban los hombros. La lengua, cálida y perturbadora lamía con avidez la sangre que le manchaba el rostro. Esta vez el dios del tiempo no encontró resistencia. Con toda la furia contenida la poseyó contra la pared de la habitación.
Embriagado con las caricias de Bastet, Saturno olvidó sus derechos sobre el paso de los días, y estos pasaron de manera tan fugaz que antes de poder darse cuenta habían transcurrido los meses. Y, por si hay que decirlo, no estaba más cerca de encontrar lo que buscaba que cuando llegó a Egipto. Una mañana, harto de esperar, irrumpió en los aposentos de Bastet para exigir respuestas . La encontró rodeada de unos pequeños animales, tan sinuosos como ella misma y que caminaban con aquella misma parsimonia propia de quien juega con el tiempo.
-¿Qué es esto?-preguntó el dios furioso.
-Es tu descendencia, Saturno. Nuestra descendencia. No puedo darte las respuestas que buscas, pero puedo dártelos a ellos.
Frustrado y desesperado, Saturno abandonó Egipto sin haber encontrado el secreto de la eternidad. Pero desde entonces, allá donde fuera, lo hizo rodeado de gatos.
Cuando recogemos la llave de la habitación, ya todo nos da igual. No son necesarias las palabras. Me las bebo de tus labios. En el ascensor recorro tu figura con las manos, memorizando como un ciego tu sinuosa silueta de mujer. Abrimos la puerta de la habitación y cae tu camiseta. Mis manos se detienen en tus pechos, juego con tus pezones mientras mis labios hurgan en tu cuello. Nos desnudamos sin tiempo para sutilezas. Te devoro y me devoras. Durante incontables minutos trato de vivir por siempre dentro de ti. De hacerte mía a golpe de cadera y grabar mi nombre en tus fértiles entrañas.
Cuando todo termina descansas junto a mi. Duermes plácida y relajada en un hueco de mi cuerpo. Te siento respirar y no puedo evitar sonreir al pensar que dimos por fin con el rastro de aquella eternidad. Estaba entre nosotros. Es una lástima que no seamos capaces de hacer que dure. Y quizá porque en esta ciudad los límites del tiempo se difuminan bajo el calor sofocante de Mayo, mi pensamiento vuela al pasado. Ahora te veo de nuevo por primera vez.
Tiemblo como lo hacía entonces y tú despiertas sobresaltada.
El hotel es un viejo edificio levantado a principios del siglo pasado a imagen y semejanza del Renacimiento. Los techos son altos y los muros gruesos, lo suficiente para mantener un agradable frescor en el interior aunque afuera el calor sea sofocante. Pero no puedo asegurar que tenga frío. Tiemblo porque de pronto te mueves entre mis brazos, y entre las brumas del tiempo las emociones parecen nuevas. Lo es el miedo. Te giras hacia mi y me sonríes perezosa. Buscas refugio entre mis brazos y vuelvo a temblar. "¿No teníamos que irnos?", te pregunto. "Ya sabes, la visita a las catacumbas". Trato de no hacerte sentir rechazada pero, al mismo tiempo, intento no involucrarme demasiado. Así que lentamente me levanto de la cama, y voy al baño a darme una ducha. Cuando vuelvo tú te estás vistiendo. Apenas hablamos mientras nos preparamos para salir. El abismo ha vuelto a abrirse entre nosotros. Yo he hecho lo imposible porque lo hiciera. Si hubiera sido necesario, habría socavado la tierra con mis propias manos.
Esperamos la llegada del autobús en un salón decorado a la recargada manera del Barroco. Me siento en un sillón y te observo mirar silenciosa por la ventana abierta. El tardío sol serena la dureza de tu rostro. Una ráfaga de viento se cuela por el alfeizar y juega con tu pelo, revuelve tu vestido como un pícaro amante. En sus manos pareces una diosa de entre todas las que pueblan los rincones más secretos de esta ciudad: altiva y digna, triste y silenciosa. Bella y solitaria. Te miro hipnotizado y me recrimino por no ser capaz de salvar la distancia. Me siento insignificante, mezquino y cobarde. Tú eres tan grande que no tengo ya manera de alcanzarte. Poco a poco te vas de mi lado. No, no es cierto. Soy yo quién te empuja.
Vienen a buscarnos y caminamos en silencio el uno junto al otro como dos soldados heridos y hastiados. Hace tiempo que dejamos atrás las ganas de luchar en esta guerra. Cruzamos el autobús de la agencia haciendo de tripas corazón, forzándonos a saludar a los que nos acompañan con un rosario de sonrisas vacías. Un matrimonio alemán de edad avanzada cogidos de la mano. Una familia de divertidos japoneses. Una pareja de jóvenes ingleses, la cabeza de ella sobre el hombro de él. Y atrás del todo, tu y yo, como dos desahuciados. Me atrevo a preguntarte qué te sucede. Ya sé la respuesta, pero quiero oírla de tus labios. La tristeza de tu mirada acuosa traiciona la indiferencia que intentas simular. La decepción es más evidente en el silencio que esgrimes como respuesta. Yo bajo la cabeza, avergonzado, y ni siquiera trato de defenderme. Porque no sé de qué. Ni cómo. Entonces te miro y con voz temblorosa, insegura, me atrevo a decirlo. "Seguimos sin ver ni un solo gato". Espero una réplica durante tortuosos e infinitos segundos. Sonríes resignada y, sin mirarme, te encoges de hombros. "Ya sabes como son los dioses, caprichosos. Si Saturno fue capaz de devorar a sus hijos quién dice que no fue capaz de devorar a los gatos".
Respiro aliviado. Pero no por eso se me escapa el matiz helado de tu voz. No hay pasión en tu respuesta. Solo rutina. Inercia.
Como bien sabía Saturno, porque esa era su tarea, lo que tiene que suceder, sucede.
Y si había llegado a olvidársele, la cruda realidad se encargaría de sacarlo de su error. En cuestión de años Ops le dio su propia descendencia (no tan peculiar como aquella que le diera Bastet, todo hay que decirlo). No mucho más tarde, efectivamente, devoró a sus hijos para evitar que se volvieran en su contra. Un acto deplorable, a todas luces, desde nuestra concepción del mundo. Tratándose de un dios, no obstante, hay que poner los juicios de valor en cuarentena. Nadie sabe qué pasa por su cabeza ni cuáles son sus usos y costumbres. El caso es que, por último, como ya sabía que pasaría, Júpiter volvería para derrotarlo. Él y dos de sus hermanos (supervivientes por alguna de esas triquiñuelas que se escapan al entendimiento de los mortales) se repartieron el gobierno del mundo. Júpiter, convertido en rey de los dioses, gobernaría cielo y tierra. Neptuno se adueñaría desde entonces del fondo del océano. Y Plutón del mundo más allá de este mundo. El mundo de los muertos.
Despojado de su divinidad, el viejo dios del tiempo fue arrojado a la Tierra. Y como quiera que soportar la mortalidad, después de siglos y siglos de esencia divina, no debe ser tarea fácil, nuestro buen Saturno se hallaba fatigado, desorientado y terriblemente confuso. Pero tuvo la suerte de haber ido a caer cerca de Janícula, una pequeña ciudad nombrada en honor de su gobernante, Jano. Este, un hombre valiente y piadoso, del que se decía era descendiente del mismo Apolo (que a su vez era hijo de Júpiter), tuvo a bien hacerse cargo del desvalido anciano que cayó rendido a su puerta. Y decimos bien, anciano, porque uno de los efectos de verse reducido a la mortalidad fue haber perdido la indulgencia con la que el paso de los años lo había tratado hasta entonces. Repentinamente perdió el vigor y la fuerza de su eterna juventud. Empezaba su nueva vida como un hombre a las puertas de la muerte.
Decíamos pues que Saturno había ido a parar a la casa de Jano. Y este lo acogió, por pura compasión, antes incluso de conocer su origen. El viejo fue aseado, alimentado y se le cedió una habitación, permitiéndole mantener su estancia en el palacio hasta que recobrase las fuerzas. Por lo visto, era Jano dado a este tipo de dispendios. Un tipo piadoso, como ya hemos señalado. Saturno, por su parte, se mostraba como una figura huraña y silenciosa. Vagaba solo por los pasillos, con aire triste y meditabundo, tratando de mantenerse alejado de todo y de todos. Su única compañía parecían ser los gatos que lo seguían a cualquier parte, desde la umbría del interior al soleado patio exterior. Y ni siquiera a estos parecía tolerarlos. Al principio trataba de espantarlos con espasmódicos movimientos que denotaban la fragilidad de su cuerpo, pero cuando sus intentos se demostraron inútiles, se limitó a suspirar con aire resignado cada vez que uno de los peludos animales se dejaba caer a su alrededor, maullando y ronroneando mientras buscaba refregarse por sus piernas. No es de extrañar, en cualquier caso, este misantrópico comportamiento. En primer lugar, la dificultad de adaptarse a su nueva condición le exigía un enorme esfuerzo, no solo físico, si no también mental. Acostumbrado a mirar a la misma vez en todas las direcciones del tiempo, resultaba tremendamente complicado fijar la vista tan solo en el presente. Y en segundo, el antiguo dios del tiempo evitaba cualquier circunstancia que pudiera delatar su pasado. No solo por prudencia, si no por vergüenza. Explicar quién era significaba tener que explicar por qué dejó de serlo. Y ya era demasiad humillación haberlo vivido. Para colmo, a su deshonra debía sumarle los mismos demonios que provocaron su caída en desgracia y que seguían atormentándolo día y noche. Ahora que era mortal, la avidez de eternidad era más fuerte que nunca.
Así que el anciano era poco más o menos que un fantasma, una extraña presencia en el palacio que no molestaba pero sí asustaba. Se aparecía como un alma en pena en las esquinas, amortajado entre las sombras, y aterrorizaba a la servidumbre con su siniestra mirada y su séquito de gatos. De manera que no tardaron en multiplicarse las súplicas al soberano para que lo echara. Jano, sin embargo, hacía oídos sordos y alargaba la situación indefinidamente. No por piedad, es necesario señalar esta vez, si no por interés. El soberano, quizá por la sangre divina que corría por sus venas, se había percatado de que su invitado era alguien, cuando menos, especial. Desde que el viejo deambulaba por las arterias de su hogar, se había visto asaltado cada vez con mayor frecuencia e intensidad por extraños relámpagos, visiones de sucesos inconexos e inescrutables que sustituían por momentos su percepción del presente. A veces incluso llegaba a despertar en mitad de la noche con la certeza de haber soñado con lo que estaba por venir. Poco a poco Jano comprendió que era capaz de ver el pasado y el futuro. Y dado que ese era un don que solo podía ser concedido por contacto con un ser divino (en este caso, por los restos de divinidad que seguían presentes de manera inadvertida en la sangre del viejo), y además le permitía conocer el pasado de las personas, no le fue difícil llegar a la conclusión de que había acogido en su casa a Saturno, el dios del tiempo. De manera que, cuando consideró suficientemente asentado su don, cuando lo dominaba de tal manera que ya no le hizo falta la presencia del dios, resolvió atender a las peticiones de sus súbditos.
Cierto día, el anciano se hallaba tomando el sol en el exterior. Sentado sobre una roca escrutaba absorto el horizonte. Un gato gris se enroscaba en su pierna derecha. Otro a rayas dormitaba en la piedra junto a él, y todavía podían verse varios más que jugueteaban entre la hierba. Saturno, abrumado por una honda tristeza, parecía más frágil que nunca, curvado su cuerpo por un peso insostenible. Jano se acercó a él y lo saludó con una palmada en la espalda. El viejo ni tan siquiera se inmutó.
-Sé quién eres.
Jano se volvió hacia el viejo con una sonrisa en los labios. Más que sorpresa, Saturno mostraba cierto despunte de furia contenida crepitando en el interior de sus ojos. Sin duda, la osadía del joven le ofendía hasta límites insospechados, pero al mismo tiempo se sabía débil, sin fuerzas para hacérselo pagar. La frustración tensó las arrugas de su rostro.
-Tú no sabes nada de mi.-le espetó desdeñoso.
-Sé que eres Saturno, el antiguo dios del tiempo, destronado por sus hijos. Sé que ya no posees ninguno de tus atributos divinos. Sé que ahora eres mortal. Y que la conciencia de tu realidad está acabando contigo. Sé que anhelas la eternidad.
-¿Y cómo sabes todo eso?
-Sé muchas más cosas de las que puedas imaginar, dios del tiempo. ¿Por qué crees que te he mantenido tanto tiempo en mi morada? Pero ya no puedo alargarlo más. Asustas a mis sirvientes. Estos malditos gatos que te siguen a todas partes se cuelan por cada rincón de mi palacio y no respetan ningún límite. Así que debo pedirte que te marches.
-No me importa. A partir de esta noche no volverás a tener noticias mías.
-Te lo agradezco. Pero dime, ¿a dónde vas a ir?
-¿Qué más da? Vaya a donde vaya mi destino es el mismo. Estoy condenado a consumirme y desaparecer. Mi nombre no será más que polvo, barrido por los vientos de la Historia.
-Triste destino, desde luego. No obstante, como te he dicho, sé mucho más de lo que puedas imaginar. Así que déjame darte un consejo. He tenido un sueño. Claro como la luz del día. En él he visto a dos hermanos gemelos levantando una ciudad de la nada. He visto a esa ciudad tambalearse desde sus inicios. Pero también he visto en lo que puede llegar a convertirse. La he visto alzarse por encima del tiempo y del espacio. La he visto adueñarse del mundo y resistir los cambios. La he visto durar para siempre. Solo necesita el empuje de un dios, aunque sea uno caído en desgracia. Esa ciudad, Saturno, es la llave para la eternidad. Y es tuya si la quieres.
El cuerpo del anciano se irguió de pronto. Cualquier rastro de tristeza desapareció de su figura y un fuego impetuoso reavivó su mirada. Y aunque su impulso no era ni la sombra de lo que fue, la ambición de su espíritu revivió cuando Jano le dio todos los detalles de la visión.
-Tu ayuda no será olvidada, Jano. Tienes el agradecimiento de Saturno, ¿qué puedo darte a cambio?
-Nada más que lo que ya me has dado, viejo dios del tiempo. Has hecho por mi más de lo que puedas imaginar. Ahora coge a tus gatos y ponte en marcha.
Y así, rodeado de su cohorte felina, Saturno partió en busca de dos hermanos gemelos y una ciudad eterna.
No habrá gestos de cariño en todo lo que resta de tarde. El lazo que nos une se irá marchitando poco a poco. Dejaré enterrado mi valor en la lóbrega y asfixiante atmósfera de las catacumbas. Y en aquella oscuridad donde se concentran cientos de años y miles de muertes, entreveré destellos de otro tiempo. De un pasado, no tan lejano, en que aun era capaz de verme a mi mismo como un hombre valiente.
Más tarde, el autobús nos deja en la Piazza de’ll Esquilino.
Santa María Maggiore se levanta dándonos la espalda a nuestra derecha. El sol poniente pinta de sombras el ábside a medida que tú y yo nos separamos. Observo como te marchas sin decirme a donde. Ni tan siquiera sé el nombre de la calle en la que te internas, ni a dónde va a llevarte a parar. Pero sé que intentas que sea lo más lejos posible de mi. Creo que nunca sabremos cómo termina la historia. O quién sabe. A lo mejor aquí es donde terminan todas las historias.
Bajo la Via Cavour camino del Foro Imperial y comprendo que no todo es como pensaba. Me siento atrapado. Estancado en mitad de un cruce de caminos sin tener muy claro cuál de ellos debo tomar.
Perdido en mis pensamientos desemboco en la Via Dei Fori Imperiali. El sol se oculta por detrás de la colina del Capitolio. Las sombras se arrastran por los recovecos y las ruinas adquieren un halo espectral. Parece que a medida que avanza la noche los fantasmas se atreven a salir para vivir de nuevo entre los escombros. Los antiguos emperadores se revuelven en sus pedestales. Atravieso el arco de Septimio Severo y me pierdo en las entrañas mismas de la Historia. Camino absorto, capturados mis sentidos por los restos del pasado. La Basilica Julia yace íntima y silenciosa como un camposanto. Jirones de oscuridad penden ocultando lo restos del templo de Saturno. La Iglesia de San Lucas y Santa Martina se yergue tambaleante ante la evidencia de su propia fragilidad. Es un niño entre gigantes.
Los últimos turistas menudean como hormigas entre las ruinas. Y cuando quiero darme cuenta, estoy solo. Me rodea un perturbador silencio. La ciudad misma parece haber desaparecido más allá de los límites de este lugar. Todo cuanto oigo es la respiración de los siglos. Y no tengo más conciencia que la de mi propia insignificancia. Paso junto a la Curia y las sombras ensayan trucos de prestidigitador con mis sentidos. Las sandalias de los senadores resuenan entre las piedras. Y quizá por haberme zambullido en mitad de esta espiral de años perdidos los límites del tiempo se desdibujan en mi propia vida. Es el efecto de esta maldita ciudad. No hay manera de esquivar el pasado.
Camino hacia delante con el alma encogida. Al cruzar junto al templo de Vesta una pareja surge de entre las sombras. Entonces enfrento el reflejo de mi mismo. El reflejo de un hombre feliz, viviendo una vida feliz. Camino de la mano de una mujer hermosa. Quiero pedirle que se case conmigo. Quiero tener hijos con ella. La pareja camina sin percatarse si quiera de que existo y se pierde de nuevo tras la Regia, disueltos como figuras de humo en el aire.
Sigo caminando. Un hombre se oculta tras el Arco de Tito. Observa con el alma encogida la evidencia de una traición. Ella se marcha en los brazos de otro. Su mundo entero se ha roto en pedazos. Todo lo que creía conocer es mentira. Ya no sabe quién es él. Quién quiere ser. Camina tambaleándose, tropieza con una piedra y cae sin fuerzas en mitad del camino. Ni tan siquiera hace esfuerzos por levantarse. Tan solo llora. Desconsoladamente. Sus lágrimas empapan el suelo de arena. No levanta la cabeza porque tiene miedo de hacerlo. El mundo entero a su alrededor se alza retorcido y amenazante. Me acerco lentamente y, al hacerlo, las sombras vuelven a jugarme una mala pasada. Lo que confundí con un hombre es el basamento de una columna. Pero su miedo no era mentira. Su pena sigue viviendo en mi. Es el resto envenenado de un mal sueño. Miro a mi alrededor desorientado, tratando de ver algo através del velo de lágrimas que empaña mis ojos. ¿Hacia dónde tengo que ir? ¿Qué tengo que hacer?
Un bulto negro se desgaja de las sombras y aterriza grácil y silencioso sobre los restos de la columna.
Es un gato.
Por fin un gato. De pronto deseo que estuvieras aquí conmigo, tan asombrada como lo estoy yo por el descubrimiento. El felino, sin embargo, me mira indiferente. Clava en mi sus grandes ojos amarillos, brillantes como antorchas, y luego salta a un lado del camino. Y yo, sin saber muy bien por qué, corro tras él. Quizá porque no puedo dejar pasar la ocasión de seguir a un gato por las ruinas de Roma. Puede que al fin sepa como termina la historia.
Con su gracia animal parece deslizarse por la noche, fluir como humo entre los trazos de sombra. Salta de piedra en piedra y yo hago verdaderos esfuerzos por mantener su ritmo. Nos desviamos del camino trazado para los turistas y, cuando quiero darme cuenta, estoy invadiendo los restos de otros siglos. Me siento caminando por encima del tiempo. Como un dios o un héroe legendario. Como si de pronto pudiera elegir libremente hacia dónde quiero ir o quién quiero ser. Paro y suelto una carcajada. Río durante varios segundos. Allí, solo en mitad de aquel páramo de tiempo gastado, poniendo todas mis esperanzas en un gato. Como un demente. Entonces, en la lejanía, dos antorchas llaman mi atención. El gato se ha detenido. Me mira con su rostro inexpresivo. Está esperándome. O al menos es lo que me parece. Y si es cierto que estoy loco, la diferencia es escasa entre lo que parece y lo que es. Así que lo sigo.
Cruzamos por entre las ruinas y desaparecemos dentro de un túnel. Atravesamos la Via dei Foro Imperiali desde sus entrañas. La vertiginosa espiral de ruidos de la ciudad gira en torno a mi sin llegar nunca a tocarme. Apenas puedo ver más que los ojos del gato que, de cuando en cuando, se detiene a esperarme y, al fondo, la salida del túnel. El Foro Trajano se construye ante mis ojos a medida que nos acercamos. La plaza del mercado, iluminada por una pléyade de focos artificiales nos limpia de sombras cuando salimos. A ese lado del túnel la noche parece controlada, sujeta a un orden, y el Mercado se alza señorial como su dueño absoluto. El gato salta entre varias piedras y se pierde en un recodo. Corro tras él de manera infinitamente más torpe, pero termino por doblar la esquina. Y al hacerlo, enmudezco.
Me encuentro frente a una enorme manada de gatos. Son tantos que resultaría inútil contarlos. Negros, pardos, blancos o rayados. Algunos retozan ronroneando en los restos de las columnas. Otros juegan saltando entre ellas a cazar jirones de oscuridad como si fueran ratones. Los hay que me miran y maullan con indiferencia. Yo busco al mío, que ha resultado ser uno entre una multitud, mientras trato de encontrar cierto significado a este hecho. Entonces otro gato surge del hueco de uno de los antiguos locales. Y tras él, te veo llegar. Asombrada, como yo. Fascinada incluso. Sin pretenderlo nuestras miradas se cruzan y todo tiene más sentido. Despliegas tu sonrisa, aquella sonrisa que alza el vuelo como una mariposa, y descubrimos el final de la historia.
Cuando Saturno llegó, Roma aun no había nacido.
Eligió una de las siete colinas de las que le hablara Jano y desde allí oteó los preparativos. En la colina siguiente, los dos hermanos gemelos discutían mientras el antiguo dios y sus gatos se limitaban a observar. Aunque una parte de él, quizá reminiscente de sus pulsiones divinas, se impacientaba por tomar parte activa en el desarrollo de los acontecimientos, otra, aquella que había aprendido la lección, comprendía lo acertado de la prudencia. Siendo el dios del tiempo había querido jugar con el destino y este se mostró ingobernable. Ahora, como mortal, comprendía que si debía tener algún tipo de papel en la historia de esta ciudad, como le había profetizado Jano, la ocasión se presentaría por si sola. Y en base a esta idea llevaba siendo testigo mudo de los acontecimientos desde hacía varias semanas. Tiempo más que de sobra, por cierto, para familiarizarse con su nueva situación. Y como esta traía aparejada la presencia de los gatos, ahora no solo los toleraba si no que los comprendía. Venían a él porque todos descendían de él y porque, como hijos suyos y de Egipto, corría por sus venas la esencia misma del tiempo. Era capaz de comunicarse con ellos y ellos lo obedecían con prestancia. Fue gracias a ellos que aprendió todo lo que tenía que aprender de Rómulo y Remo. Al menos de su presente, porque su pasado lo conocía gracias a las indicaciones de Jano.
Los dos hermanos resultaban ser hijos de Rea Silva, lo que, dicho así, no tendría que suponer nada excepcional de no ser porque venían a coincidir dos extraordinarias circunstancias: una, que la tal Rea era hija de Numitor, el rey de Alba Longa, destronado por su cruel hermano Amulio; la otra que, antes de que eso sucediera, la muchacha había sido seducida por el dios Marte, que resultaba ser el padre de los gemelos. No es que la constante interferencia de esta nueva generación de dioses en la vida de los mortales fuera del agrado del viejo Saturno (él, que no había hecho más que guiar a la humanidad, había sido castigado, mientras que sus nietos, que se aprovechaban de ella, recibían constante adoración), pero sí era suficiente para acrecentar su interés en el asunto. De alguna manera, veía esta como la ocasión perfecta de vengarse de aquellos que provocaron su caída, alcanzando la eternidad ante sus ojos y aprovechándose para ello de su propia descendencia.
En cualquier caso, la historia de Rómulo y Remo no terminaba ahí. La vida de los gemelos, empezando por las circunstancias de su concepción, resultaba ser un periplo plagado de acontecimientos fuera de lo común. Cuando Amulio alcanzó el poder quiso borrar todo rastro de la línea sucesoria de Numitor, pero Rea Silva, temiendo por sus hijos, los puso a salvo colocándolos en una cesta a la merced de las mansas corrientes del Tíber. Más tarde sobrevivirían amamantados por una loba, al menos hasta que fueron encontrados por un pastor que los crió como a sus propios hijos. Ya mayores, convertidos en salteadores de caminos y por una de tantas inexplicables piruetas del destino, caerían en la cuenta de su ascendencia y decidieron hacer honor a su linaje. Vencieron a Amulio y repusieron en el trono a su abuelo Numitor. Este, agradecido, les cedió un trozo de terreno en el Lacio. Y ambos hermanos acordaron fundar una ciudad.
Fue entonces cuando los encontró Saturno. En su silenciosa observación descubrió que, pese a sus semejanzas físicas, existían notables diferencias en sus caracteres. Rómulo era sabio y responsable. Remo valiente y osado. El primero carecía de agresividad, el segundo de mesura. Además, seguramente asentada en los azarosos años de su vida pasada, se había establecido una extraña competencia entre ambos a la hora de hacer prevalecer las opiniones que no encaraban de igual manera. Para Rómulo no pasaba de ser un juego, más o menos molesto, pero juego al fin y al cabo. Remo, no obstante, se comportaba como si le fuera la vida en ello. Cuando debía acatar alguna decisión de su hermano lo hacía de mala gana, y en sus expresiones podía verse el resentimiento que acumulaba quién sabía desde hacía cuánto tiempo. No es que sea este un comportamiento especialmente extraordinario en lo que a relaciones de hermanos se refiere. Pero mientras la gran mayoría de las peleas fraternales giran en torno a argumentos más o menos triviales, la cosa toma un cariz más trascendente si se trata de fundar una ciudad. En este caso, Rómulo y Remo no eran capaz de ponerse de acuerdo en ninguno de los aspectos que debían darle forma: desde su ubicación definitiva hasta su forma de gobierno. Rómulo optaba por el monte Palatino; Remo por el Aventino. Rómulo optaba por un gobierno fuerte, por levantar la ciudad poco a poco a base de trabajar las tierras para cimentar bien un futuro de grandeza; Remo optaba por empezar la existencia de la ciudad demostrando su potencial, saqueando a las ciudades vecinas y dominándolas para vivir a costa de ellas. Ambos querían ser rey, y ninguno estaba dispuesto a compartir la corona.
Antes de que las discusiones dieran al traste con sus planes, ambos hermanos decidieron que la disputa fuera resuelta por los designios de los dioses. Buscando respuestas en el cielo, Remo vislumbró seis aves volando sobre el monte que él había escogido. Pero como los dioses son caprichosos y encuentran cierto retorcido placer en enfrentar un hermano contra otro, la alegría le duró poco. Fueron doce las aves vislumbradas por Rómulo. Así las cosas, todo estaba claro: la ciudad se fundaría sobre el monte Palatino y Rómulo sería su rey. No hacía falta mucho esfuerzo para imaginar el enfado de Remo. Observándolo era fácil apreciar que el resentimiento estaba llegando al límite de su capacidad. Su enfado presagiaba un desenlace fatal.
El rey Numitor les había cedido algunas familias de campesinos y pastores para que poblaran la ciudad, y Rómulo los condujo hasta el Palatino para mostrarles el emplazamiento de sus casas. Luego, con un arado, delimitó las fronteras de la futura urbe y procedió a repartir los terrenos. En pocos días se habían levantado las primeras viviendas de barro. La ciudad, poco a poco, iba tomando forma. Durante esto primeros tiempos el nuevo rey se encargó de coordinar los esfuerzos, trabajando codo con codo con los campesinos y pastores para convertir aquel lugar en un sitio donde vivir y trabajar. Les habló de un futuro brillante, levantado por sus manos y su sudor, un futuro en el que no dependieran de nadie salvo de ellos mismos. Remo, por su parte, a penas colaboró en nada. Recorría las informes calles entablando relación con los nuevos ciudadanos, hablándoles de la falta de carácter de su hermano, de la debilidad a la que se verían abocados en el futuro si lo seguían a él. "Ni tan siquiera ha promulgado aun ley alguna", decía, "¿Cómo vamos a defendernos de los ataques de nuestros vecinos si no sabemos organizarnos? ". Tenía razón, Rómulo aun no había establecido ninguna prerrogativa a seguir dentro de los límites de la ciudad. Fiel a sus ideas, prefería tener algo que organizar antes de organizarlo. "No hay prisa", pensaba, "el futuro sonríe a los que saben esperar". Pero el futuro, como bien sabía Saturno, era ingobernable, y las más de las veces se presenta sin avisar.
En pocos días, Remo había formado una coalición de opositores al rey, un grupo de gente belicosa e inquieta que promulgaban la necesidad de someter a las ciudades vecinas. Ser reyes antes de ser príncipes. La nueva ciudad no debía cimentarse sobre el trabajo si no sobre la fuerza. Una noche, la impaciencia de los seguidores de Remo había llegado a su límite. Sus proclamas por las calles de la ciudad habían soliviantado el ánimo de la gente, y todos ponían en entre dicho la autoridad de Rómulo. Remo consiguió reunir un nutrido grupo de envalentonados campesinos para partir en una expedición de saqueo. El rey, comprendiendo lo que se jugaba, lo interceptó antes de su partida y proclamó su primera orden: todo aquel que traspasara los límites de la ciudad sin permiso real recibiría la muerte. Los campesinos, acobardados, dudaron por un instante y terminaron por dejar caer las armas en el suelo. Remo, sin embargo, ignoró la advertencia. Con aire desafiante cruzó las líneas trazadas en el suelo y fue a perderse en los bosques. Y Rómulo, afligido, comprendió que no había vuelta atrás. Armado con una espada, un arco y varias flechas, se aprestó a seguir a su hermano con la intención de hacer cumplir su ley.
Saturno comprendió entonces que la ocasión había llegado. Seguido por sus gatos se dirigió al bosque donde ambos hermanos se internaran. Les dio alcance en un claro abierto entre varios árboles para apreciar una escena que no difería demasiado de lo que él se había imaginado. Remo se apoyaba tambaleante en un roble, con dos flechas clavadas en el muslo izquierdo y el arrogante aire de desafío más presente que nunca. Rómulo, parado frente a él, lo apuntaba con una tercera flecha.
-Vamos, hazlo.-le gritaba con sarcasmo Remo.-¿A qué estás esperando, hermano? Perderás el favor de tus súbditos si no lo haces. ¿A caso no eres tú el gran rey?
Pero Rómulo no contestaba. La tensión de su rostro y el temblor de los miembros delataban las dudas que lo corroían.
-No vas a poder hacerlo, ¡eres un cobarde! ¡Tú no mereces ser rey! Eres débil. No tienes la fuerza necesaria para tomar decisiones. Todos ellos se han dado cuenta ya, Rómulo. ¿Cuánto crees que tardarán en rebelarse contra ti cuando te vean volver con la cabeza gacha, cargando con la vergüenza de no haber cumplido tu propia palabra?
-¿No sería más vergonzoso aun haber matado a mi propio hermano? ¿Cómo podría ser un buen rey habiendo cometido un acto tan impío?
-Hagas lo que hagas, hermano, estás condenado.
Remo rió con sarcasmo, escupiendo el resentimiento acumulado en cada carcajada. Rómulo bajó el arco y se dejó caer de rodillas, llorando su humillación con el rostro entre las manos mientras la risa de su gemelo lo aplastaba como un peso invisible. Fue entonces cuando Saturno emergió de las sombras del bosque y se interpuso entre ambos. La risa de Remo murió repentinamente.
-Levanta, rey.-ordenó a Rómulo.- No te humilles más de lo que ya lo has hecho.
-¿Quién eres tú, anciano?-le preguntó arrogante Remo.
Saturno ni tan siquiera osó mirarlo. Los gatos invadían poco a poco la escena. Algunos merodeaban entorno a Remo con indiferencia, otros iban a echarse entre los matorrales o se encaramaban a las ramas más bajas de los árboles. Rómulo alzó el rostro hacia el anciano con extrañeza.
-¿Quién eres?
-La solución a tus problemas, Rómulo. Soy el que va a matar a tu hermano por ti. Te ofrezco la oportunidad de fortalecer tu reinado y limpiarte las manos de sangre a un mismo tiempo, joven rey. Nadie tiene por qué saber que fui yo quien acabó con él.
Remo, alertado por lo que estaba escuchando, trató de avanzar hacia el anciano, pero las flechas en el muslo entorpecían su andar. Varios gatos se interpusieron en su camino haciendo que cayera de bruces al suelo.
-¿Por qué quieres hacer esto?-preguntó Rómulo a Saturno.
-Porque conozco el futuro, Rómulo. Porque he visto tu ciudad convertida en la reina del mundo, alzándose por encima del tiempo y el espacio. Pero para conseguirlo, tu hermano debe dejar de entorpecer tu obra y tú deberás hacer exactamente lo que yo te pida.
-Habla.
-Deberás cuidar a estos gatos. Deberás protegerlos y dejar que sean ellos los que te guíen. Ellos saben hacia dónde se dirigen las cosas. Mientras ellos la cuiden, tu ciudad será eterna. Además, el dios Saturno tendrá un lugar entre las divinidades de tu ciudad y deberá ser reverenciado como tal.
-Pero anciano, ¿no temes manchar tus manos de sangre?
-Una vez devoré a mis hijos. Matar a tu hermano no significa nada para mi.
La enigmática respuesta del viejo, lejos de turbar el ánimo de Rómulo, le hizo recobrar cierta serenidad, como si una repentina revelación le transmitiera una inequívoca seguridad en el futuro.
-Cumpliré el trato, anciano. Tus gatos serán cuidados y Saturno venerado. Pero tú pagarás la muerte de mi hermano, te lo advierto.
Como respuesta, Saturno no ofreció más que una misteriosa sonrisa. Rómulo le alcanzó la espada y el anciano la tomo entre sus manos. Fue hacia el caído Remo, desenvainó la hoja y la hundió en el corazón del joven. No tuvo tiempo de ver como moría. Una flecha lanzada por Rómulo le atravesó la garganta en el mismo instante en que supo que, por fin, había alcanzado la eternidad.
Probablemente los gatos no nos hayan guiado hasta aquí. Probablemente, nuestra historia no sea cierta. Pero nos gusta creer que sí. Que los gatos son hijos de Saturno y Bastet. Que ellos son los guardianes de Roma y muestran siempre el camino a seguir. A nosotros nos han traído hasta aquí, y todo palidece frente a eso. En silencio te tomo de la mano. Tu tacto cálido y suave despierta emociones dormidas en mi. Acaricio tu pelo, reluciente como una corona dorada bajo la luz de los focos, y cuando nos besamos me embarga la sensación de estar justo donde tengo que estar. Los límites se han establecido de nuevo y ya no hay confusión en el tiempo. El paso de los segundos se ha vuelto plácido y sereno.
Cogidos de la mano dejamos el foro convencidos de nuestra historia. No es que no haya. Es que todos los gatos de Roma viven en las ruinas.

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