El Golem
La segunda vez que fui a Praga era invierno, y entonces, entre el frío y la noche omnipresente, supe apreciarla como se merecía.
La primera vez, no obstante, fue diferente. Era verano. Agosto. Háganse una idea. Riadas de turistas anegando las estrechas callejas de la ciudad vieja, cuya indudable belleza, firmemente asentada en el misterio, se tornaba vulgar y dolorosamente cotidiana. Falsa incluso, casi como el escenario de un parque temático. Suponía, por inclinación y sensibilidad, que debía caer rendido ante el Reloj Astronómico, y haber sentido la llamada de los antepasados entre las arrugas en el rostro de la vetusta urbe que son las callejas del Barrio Judío. Mi espiritualidad, normalmente bastante soliviantada, debía haberse enaltecido en la Sinagoga Vieja, o bajo las agujas de las torres de Nuestra Señora del Tyn. No obstante, sucedió todo lo contrario. Tantas maravillas, que debían haberme aturdido el entendimiento, desfilaron ante mis ojos sin más reacción que una antipática indiferencia. La ciudad no me decía nada. Debía ser la gente, me justificaba. Siempre he sido muy sensible a las multitudes, y aquella, insolente e irrespetuosa como solo puede permitirse el turismo desorbitado, me afectaba de manera muy profunda, instalando una insalvable distancia entre mis percepciones y el mundo.
Sí, eso era cierto.
Podía ser cosa también del clima, eso no vamos a negarlo. Siendo Praga ciudad de lo oculto, o al menos teniendo esa fama, no propicia el verano la mejor de sus caras. Por luminosa. Demasiada luz. Atemperada, cierto, como corresponde a aquellas latitudes, pero luz al fin y al cabo, y si se revelan los rincones oscuros, ¿qué queda a la imaginación? Si la verdad resulta decepcionante, ¿cómo vamos a maquillarla? Todo eso era verdad. E influía. No voy a negarlo.
Pero no era lo único.
Ni lo más importante.
Déjenme relatarles las circunstancias del viaje. Poco tenía que ver mi yo de entonces con el de ahora. Es más, poco tenía que ver con mi yo de cualquier otra época de mi vida. Era aquel un hombre joven en el que apenas reconozco ninguno de mis rasgos. Estaba en el último año de carrera, y arrastraba las secuelas de una vida familiar un tanto difícil. Era un joven inmaduro, taciturno, incapaz de tomar decisiones ni de asumir responsabilidades, en lucha constante conmigo mismo y con el mundo. Anhelaba romper todos mis círculos viciosos y abrirme al mundo, pero me daba tanto miedo que la frustración me hundía cada vez más en un pozo oscuro y profundo. Parecía caminar constantemente bajo una nube gris de tormenta que me agriaba el carácter y emborronaba cualquier sentimiento parecido a la esperanza. Yo, soñador nato, me convertí en un cínico, descreído y desalmado, que no ve más de lo que tiene delante de sus narices y, lo que es peor, ni siquiera se esfuerza por hacerlo. Para mí, el futuro era una mancha oscura, y vivir un ejercicio de pura inercia. Fíjense cómo sería la cosa que, pudiendo haber viajado con compañeros de facultad a Italia, decidí hacerlo con mi madre, una mujer narcisista y sobre protectora, y algunos de sus amigos. Aunque sería más apropiado decir que, en realidad, decidir, decidir, yo no había decidido nada. Aquello se me había impuesto. Y yo, falto de voluntad y de ganas de oponerme a nada, había asumido la imposición como único curso de acción.
Así que allí estaba, en un encantador hotel de la ciudad vieja, compartiendo habitación con mi madre, acatando sin resistencia todos sus consejos, enunciados de manera muy parecida a ordenes, sobre cómo vestir, cómo comer, cómo comportarme y hasta cómo pensar. Ella respondía a las preguntas que me hacían sus amigos, escogía por mí en los restaurantes y hasta decidía a la hora en que me iba a la cama.
De esta manera, pueden figurarse, resulta imposible disfrutar de nada.
Daba la casualidad de que uno de los amigos de mi madre, un tipo llamado Paco, médico separado, de personalidad exagerada y ruidosa, que andaba siempre contando ordinarios chistes verdes, había llevado también a su hija al viaje.
La muchacha se llamaba Yolanda, y aunque debía ser un par de años más joven que yo, se le adivinaba un recorrido vital mucho más amplio y una actitud mucho más relajada y abierta ante la vida. Era guapa. Mucho. De hermosa figura, grandes ojos oscuros y media melena negra, fina y sedosa, que parecía tener vida propia y siempre andaba enmarañada, lo que aumentaba de manera patente su atractivo. A la parte oculta de mí mismo, esa que en secreto se rebelaba contra todo y soñaba con ser un hombre independiente, dueño de su propia vida, la chica le gustaba. ¿Cómo no iba a hacerlo? Si cuando sus labios, carnosos y rosados, moldeaban una sonrisa era como si el sofocante calor del verano se rindiese de pronto ante el empuje vigorizante de una brisa suave y fresca, casi primaveral. Ella, por supuesto, ni siquiera se había planteado la opción de ir a fijarse en mí. Y no solo porque hubiera aceptado ir al viaje para huir de una relación que no había terminado demasiado bien, si no porque en las escasas ocasiones en que hizo intento de entablar conversación conmigo, me mostré tan torpe, tan escasamente simpático, que debí hacerle albergar la idea de que era una especie de niño de mamá, simplón y algo falto.
Pero hete aquí que, cierta noche, después de una excursión de ida y vuelta a Viena, los mayores decidieron irse a la cama pronto. Mi madre, por supuesto, había dispuesto para mí un fin de fiesta semejante. Pero ni el destino, ni Paco, estaban por la labor, porque Yolanda, por lo visto, no tenía sueño, y andaba deseosa de dar una vuelta. La noche había refrescado, y la chica, como es normal, tenía ganas de vivir. A su padre no le hacía gracia que anduviera sola por las callejuelas de Praga, y aunque mi madre su opuso en redondo, terminó convenciéndola de que me dejara acompañarla. Ya ven, como si mi presencia fuera a servir para espantar a nadie, mucho menos a criminales de aviesas intenciones. No obstante, mi madre terminó por ceder. Y yo, ducho en el dudoso arte de no imponer mi voluntad y acatar siempre la del resto, asumí mi papel de acompañante forzoso.
Menuda pareja.
La estampa era digna de verse. Ella no me quería a su lado, y yo caminaba ausente, como un zombi. Ambos nos movíamos sumidos en el más absoluto de los silencios, plenamente conscientes de la incomodidad propia y del otro. Lo normal hubiera sido, lo lógico al menos, haber vuelto al hotel con el rabo entre las piernas y la firme convicción de no volver a dirigirnos la palabra. No obstante, rara vez las cosas suceden como deben. No se alimenta el discurrir del mundo por lo normal. Mucho menos por lo lógico. Y en un alarde de simpatía, no queriendo volver a encerrarse en la habitación, en su pena, y con su padre, Yolanda decidió jugar la última carta y tuvo la iniciativa de ir a probar una bebida que todos los bares y tabernas anunciaban como “pivo”. Y váyanse a saber por qué motivo, mi yo asustadizo y vulgar aceptó. Quizá fueron mis ansias de aventuras, reclamando de una vez por todas su sitio. O a lo mejor se trató de intervención directa del destino, forzando las circunstancias para reconducirlas a un final designado. Fuera cual fuese el motivo, lo cierto es que acomodamos a la extraña pareja que conformábamos en los largos bancos de una taberna de aspecto medieval.
El lugar estaba abarrotado, y de no ser por el aire acondicionado, con mucha probabilidad hubiéramos fallecido asfixiados allí adentro. La atmósfera estaba cargada de efluvios etílicos y cánticos exaltados de borrachos. Nos rodeaba una irreverente explosión de embriaguez, con sus síntomas evidentes, como las exageradas demostraciones amistad y fraternidad eternas. Y en mitad de semejante algarabía, Yolanda y yo nos mirábamos algo desorientados, inseguros y nerviosos. Al menos yo. Ella, imbuida de un espíritu aventurero vivo y ansioso, observaba la escena con placentera curiosidad, y solo la prudencia le evitaba mostrarse más amistosa. El pivo, por cierto, resultó ser la palabra checa para la cerveza, y como por casualidades de la vida, no hay en ningún sitio cerveza más sabrosa que en Praga, ninguno de los dos pusimos reparos a la hora de catarla. Así, con el paso de las jarras, medida de tiempo mucho más eficaz a la hora de establecer el ritmo de los acontecimientos dentro de un bar que cualquier otra, la prudencia fue asemejándose más a una palabra vacía que a una recomendación de comportamiento.
Debíamos llevar tres cada uno cuando la conversación empezó a fluir de forma natural. Se derribaron las trabas y se liberaron los espíritus. El suyo, por cierto, me resultó tan atractivo, o más, como el exterior. Yolanda era una mujer libre. Estaba estudiando Historia del Arte, y no tenía otra aspiración en la vida que viajar y conocer, descubrir la belleza en todas sus formas, experimentarla de primera mano. Por eso mismo estaba allí, huyendo de un novio que había intentado atarla antes de tiempo. Habló mucho sobre sí misma. Yo, por desgracia, no pude contar demasiado. ¿Qué iba a decir? Si por aquel entonces no había mayor desconocido para mí que yo. Y cuando me preguntó a bocajarro sin avisar qué quería hacer con mi vida, solo pude responder con un silencio pesado y prolongado. Al menos no balbuceé. No obstante, aquello fue más elocuente que cualquier discurso, porque mi mutismo dejó en evidencia que la gran incógnita de mi vida, en aquellos momentos, era precisamente esa.
¿Qué quería?
O lo equivalente, ¿qué clase de persona quería ser?
Y en cualquiera de las dos formas, la única respuesta era el silencio.
—Pero, ¿qué estás estudiando? Eso sí lo sabes, ¿no?
—He terminado ya.
—Ajá, te has licenciado. ¿En qué?
—En Historia.
—Vaya, un compañero muerto de hambre como yo. Qué sorpresa. ¿Y qué quieres hacer ahora?
Yo me encogí de hombros, como es natural.
—Pero vamos, a ver. Algo habrá que te guste, ¿no?
—Bueno…sí, hay algo…Pero me da vergüenza…
—Si vas a hacerme una lista de tus fobias sexuales ahórratela, que no te estoy preguntando eso.
—Ya, ya…Es que no sé…
—Venga hombre, que a no ser que me digas que tu mayor afición es descuartizar a niños no creo que haya nada que pueda dar tanta vergüenza. Bueno, sí. Ser cantante de trap. ¿Eres cantante de trap?
—No, no.
—¿Entonces?
Debió ser cosa del dichoso pivo, pero lo cierto es que me armé de valor, abrí la pequeña mochila que llevaba siempre a cuestas, y le enseñé mi cuaderno de dibujo. El dibujo ha sido mi pasatiempo desde que tengo uso de razón. Jamás he recibido clases. Ni siquiera he tenido que aprender nada. Dibujar, para mí, es como un reflejo, algo tan natural como andar, o como respirar. Quizás por eso nunca le había dado importancia. Pero el caso es que, al tenderle el cuaderno, sus ojos reflejaron una inesperada sucesión de emociones. La intriga dejó paso a la sorpresa y la sorpresa a la admiración.
—¿Esto lo has hecho tú?
Asentí.
Pasó las hojas deteniéndose en cada imagen, apuntes de monumentos, calles, estampas, personas…Recordé en aquel momento que había un dibujo de ella sin terminar en algún lugar del cuaderno, y sentí el impulso de arrebatárselo de las manos antes de que pudiera llegar a verlo, pero justo entonces ella lo cerró y me lo devolvió. Si se percató o no, y qué opinión guardaba al respecto, fueron cosas que se cuidó muy mucho de hacerme saber. No obstante, algo había cambiado en su manera de mirarme. No era solo el brillo en los ojos de la creciente embriaguez. Había algo más. Era como si hubiera reparado en mí por primera vez en los cuatro días que llevábamos juntos. Como si hasta el momento yo no hubiera sido más que una presencia fantasmal, un espectro inconsistente y, de buenas a primeras, me hubiera ganado el derecho a ser corpóreo.
Así, sin quererlo, tan solo siendo yo mismo, me había vuelto interesante.
—De manera que quieres dedicarte al dibujo…
—Yo no he dicho que quiera dedicarme al dibujo.
—¿No? ¿Y por qué no ibas a hacerlo?
—No sé…
—Contéstame a una pregunta. ¿Qué sientes cuando dibujas?
Por un momento no supe qué contestar.
Luego recreé años y años de enfrentarme al papel en blanco y la respuesta estuvo clara.
—Paz…Siento paz…Puede que sea el único momento en que me siento en calma, como si tuviera un sitio en el mundo.
—¿Y aún así dices que no sabes qué hacer con eso? Creo que está muy claro. Cuando uno tiene un don así, cuando siente eso que estás diciendo…¡Tienes que dejarte llevar por ello!
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?
—Pues que no lo entiendo, ¿qué me asegura que ese sea el camino correcto?
—¿El camino correcto? ¡Esto no va de caminos correctos, amigo mío!
—¿Entonces de qué va?
—¡De sentir! ¡De notar como la sangre te bulle y de pronto todo cobra sentido!
—Eso solo pasa en las películas.
—No puedo creer lo que estoy oyendo.
Si en algún momento Yolanda me había mirado con admiración, ahora ésta había desaparecido por completo de sus ojos, donde me reflejaba ahora entre destellos de incredulidad y casi, casi, y eso era lo doloroso, de compasión.
—¿Entonces qué es para ti la vida?—me preguntó.—¿Qué esperas de ella?
—No sé…¿no morir?
—Increíble…
—¿Qué quieres que te diga? Hasta el momento el mundo no me ha ofrecido nada tan especial.
—Porque no estás mirando.
—¿A qué te refieres?
—A que te pasas los días encerrado en ti mismo y, no te ofendas, bajo la falda de tu madre.
—No me ofendo, es la verdad.
—Hay cosas maravillosas en el mundo esperando a que las descubras. Y más en esta ciudad. ¿Es que no sabes dónde estás?
—Eh...¿En Praga?
—¿Y no sabes qué hay en Praga? ¡Esta es la ciudad de las leyendas! ¿No has escuchado hablar de Rodolfo II, los alquimistas, el Golem…? ¡Esta ciudad es pura magia, y tú la estás dejando pasar!
—¿De verdad me estás hablando de magia? No me digas que crees que en alguna parte de esta ciudad hay vagando un tipo hecho de barro por un rabino del siglo XVI…
—En alguna parte no, en el cementerio judío.
—Ahora soy yo el que no me puedo creer lo que estoy escuchando.
—Mira, yo prefiero vivir pensando que el mundo es un lugar lleno de misterio, en el que hay cosas que no pueden explicarse. Creo en seguir los instintos, en la emoción, en la sangre que bulle…Me parece que esa es la única manera de vivir una vida que merezca la pena. Y tú, amigo mío, estás muy lejos de vivir de esa forma. Tienes en tu mano, y en tu corazón, la posibilidad de seguir un camino excitante y único…¡Y la rechazas! De verdad que no me explico por qué, ¿a qué le tienes miedo?
—No sé, supongo que esa es tu forma de verlo.
—¿Y tú tienes otra mejor?
—No, tengo la mía.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
—Que más vale pájaro en mano que ciento volando. Que los sueños son eso, sueños, y no pesan, se los lleva el aire. Que los pies tienen que estar firmemente asentados en el suelo. Es tan válida como cualquier otra.
—Sí, para un técnico nuclear. No para un dibujante.
—No soy un dibujante.
—Ya, eso crees tú. Y por eso estás como estás.
Con esa frase terminó la discusión.
Y la cordialidad. Después de aquello ninguno supimos muy bien cómo mirarnos a los ojos. Tampoco sé precisar el motivo. Por su parte, me imagino, era pudor. Se había atrevido a hablarme con excesiva claridad, teniendo en cuenta el exiguo lazo de confianza existente entre nosotros. Yo, debo reconocerlo, sentía cierta vergüenza. Pese a empeñarme en no mostrarlo, sus palabras me habían calado hondo y, de alguna manera, fabricaban a mis ojos una imagen ridícula de mí mismo. Me sentía insignificante a su lado, como si caminase junto a una especie de diosa inalcanzable. Y lo curioso, lo más curioso de todo, es que por debajo de la intimidación, por debajo de la vergüenza, existía una parte de mí ansiosa por ponerse a la altura, por ser capaz de mirarla cara a cara y recibir de nuevo, aunque fuera por algunos segundos, aquella mirada de admiración.
Al llegar al hotel nos despedimos lacónicamente.
Desconozco cómo pasaría ella la noche, si me dedicaría tan solo un pensamiento más. En cuanto a mí, no hubo uno solo alejado de Yolanda, ni un segundo del tiempo que pasé tumbado en el colchón que no llenaran sus palabras, como un eco inextinguible. Mi madre roncaba en la cama contigua, en la oscuridad, y yo, con los ojos abiertos de par en par, me sentía un fracaso absoluto, y notaba cómo crecía poco a poco, hasta hacerse incontrolable, la necesidad de mostrarme algo a mí mismo, de probarme ante los ojos de aquella mujer.
Debió ser el alcohol.
Había bebido demasiado, y yo no estaba acostumbrado. Al poco de estar acostado, el techo empezó a girar sobre sí mismo, y yo, mareado, perdí cualquier noción de referencia espacial. De ahí en adelante, en un plazo de casi media hora, mis recuerdos quedaron nublados por una especie de bruma, así que todo cuanto sucedió a continuación entra directamente en el terreno de la especulación. Pude, o no, haberme puesto en pie. Pude, o no, haber vomitado. Es posible incluso que me duchase, que me vistiese, y que me precipitase a la calle.
Y hasta cabe la posibilidad de que que me encontrase a mí mismo en mitad de la Plaza de la Ciudad Vieja, en plena madrugada.
No hacía frío.
Pero en la soledad de aquella oscuridad impenetrable, el monumento a Jan Hus revestía cualidades realmente siniestras. Tras él, las altas agujas de Nuestra Señora del Tyn tendían una telaraña de sombras oscuras sobre la ciudad.
¿Qué demonios estaba haciendo allí?
¿Estaba despierto o soñando? ¿Sufría algún tipo de delirio etílico? Puedo asegurar con total honestidad que todavía a día de hoy soy incapaz de obtener una respuesta satisfactoria. Existen indicios para todas las posibilidades. En cualquier caso, todo cuánto sé es que, impelido por aquella extraña necesidad de aprobación, encaminé mis pasos, cuaderno en mano, al lugar más insospechado de todos: el cementerio judío.
Al llegar me dirigí a la parte trasera, en la calle Siroká, donde el muro es más accesible, cerca ya de la sinagoga Pinkas. No sin esfuerzo y con sorprendente insolencia por mi parte, me aupé al muro y salté al otro lado. Recuerdo, al caer sobre la hierba, sentir un acceso de algo que iba más allá del pudor. A fin de cuentas, estaba pisando suelo sagrado. Más que eso, estaba perturbando el sueño de espíritus que se habían ganado su descanso eterno hacía siglos. En circunstancias normales, tamaña muestra de desconsideración hubiera sido insoportable por mi parte. Me habría dado la vuelta sin dudarlo. Pero aquella noche…Aquella noche algo se había despertado en mí. Algo que, mucho me temo, ya nunca volvió a dormirse de nuevo. Una especie de osadía desconocida hasta el momento. No era ya aquella necesidad de validación. Era algo más. Estando allí, ante el bosque de lápidas retorcidas, sentía una excitación inesperada. Por primera vez en muchísimo tiempo, experimentaba algo parecido a la sensación de estar vivo. Y para mi propia sorpresa, no mostré la menor reticencia en adentrarme en lo profundo de aquel paseo por el alma misma de la ciudad.
Las lápidas abigarradas, caídas, ladeadas, amortajadas por un ejército de tinieblas, conformaban el escenario deforme de una pesadilla gótica. Yo seguía el sendero con paso lento y contemplativo, los ojos muy abiertos y el corazón redoblando en el pecho. Podía sentir la energía que emanaba de entre las tumbas de apariencia inquieta y desgarrada, tan alejada de la serenidad y la paz que se le suponen a un camposanto. Casi era capaz de distinguir entre los árboles la presencia fugaz de los espíritus observándome con desconfianza. Pero lejos de amilanarme continué avanzando, empezando a creerme digno de aquella mirada en los ojos de Yolanda. Solo debía sentarme en algún rincón y dibujar algo, lo que fuera, una imagen que captase el agitado espíritu del lugar.
Y a ello me disponía cuando un movimiento extraño captó mi atención.
Allí, al final del sendero, ocultando los árboles a su paso, se movía una sombra. Era tan grande que, por un momento, casi pareció una gigantesca nube descolgada del cielo. Pero las nubes no avanzan. Ni van perfilando una figura remotamente parecida a la humana. Mis pasos se detuvieron en seco y, por primera vez, la inquietud se apoderó de mi interior. Por aquellos entonces no estaba tan acostumbrado a escuchar a la intuición, pero es justo decir que ella lo intentaba. Me gritaba que saliese corriendo. Que nada de aquello era normal. Entonces un oportuno rayo de luna terminó de revelar las formas de la colosal figura y toda mi entereza estalló como un globo. Una especie de ser se acercaba hacia mía tan deprisa como sus pasos enajenados y automáticos le permitían. Era un figura de casi tres veces el tamaño de un hombre normal, y parecía la tosca reproducción en arcilla de un ser humano. Los rasgos sin terminar, inexpresivo, destilaban de alguna manera una rabia inconfundible. Y era fácil adivinar que su destinatario era yo.
El Golem.
El maldito Golem.
Esa afirmación, tan absurda como pueda parecer, ocupó por entero el espacio de mis pensamientos. Ni siquiera tuve ocasión de plantearme la surrealista condición de aquella esperpéntica situación, porque de pronto comprendí que, en aquel sitio, el enemigo era yo. El monstruo, a fin de cuentas, solo cumplía su cometido de ser el guardián de los judíos de Praga, y yo, un intruso arrogante e insolente, había atentado contra su paz.
Así que corrí.
Corrí como nunca lo había hecho. Corrí espoleado por el espíritu de supervivencia. Salté varias veces y, al final, conseguí subirme al muro. Antes de saltar al otro lado volví la vista atrás e, incrédulo, observé como, juzgando pasada la amenaza, el Golem se daba la vuelta y volvía sobre sus pasos con aquel andar lento y ensimismado, disuelta de pronto cualquier apariencia de ira para dejar al descubierto lo que en realidad era: una figura fantasmal, triste, casi trágica. Un resto de otro tiempo, perdido para siempre en la vorágine de los siglos.
Sin más consideraciones salté al otro lado y corrí hacia el hotel.
Pasé varias horas despierto, incapaz de conciliar el sueño, pero esta vez por razones muy distintas: había comprobado con mis propios ojos la existencia del misterio, de lo inexplicable. Yolanda tenía razón. Y eso fue motivo suficiente para decidirme a seguir de una vez por todas mi propio camino. Me levanté y fui a sentarme al escritorio de la habitación. Cogí el cuaderno y mis instrumentos para dibujar y pasé el resto de la noche plasmando en el papel con febril dedicación la imagen que, ya por siempre, quedaría fijada en mis pupilas. Desde aquella noche, el paso del Golem entre las tumbas se convirtió en mi ancla, en el silente recordatorio de cuanto había de emocionante en el mundo, de cuánto merecía la pena apostar por el hervir de la sangre. Por fin, después de tanto tiempo, tuve muy claro qué clase de hombre quería ser.
El día llegó y me encontró cambiado. Tanto que, aquella noche, paseando a solas por la ciudad, después de enseñarle mi dibujo, me atreví a besar a Yolanda.
Lo curioso es que, lejos de alarmarse, ella me devolvió el beso.
—Ya era hora.—me dijo.—Llevaba esperándolo desde anoche.
Quién lo hubiera dicho.


Comentarios
Publicar un comentario