Emma. (1)





La primera vez fue en un sueño.
Andaba por los abarrotados pasillos de un centro comercial. La imagen, estática y borrosa, representaba uno de los paisajes de mi lejana juventud. Reconocía en las esquinas trazas de los primeros amores, las risas cómplices con los amigos, la semilla de los sueños todavía por germinar, la sombra de quien fui, el esbozo gris, informe, de quien nunca llegué a ser. Ignoro el por qué de ese preciso escenario. Nunca he sido especialmente bueno en el arte de la interpretación onírica. Lidia, mi terapeuta, consiguió darle un por qué y, en perspectiva, hasta tenía sentido. Yo, por mi parte, seamos claros, me conformo con aferrarme al viejo dicho. Ya se sabe: que, a fin de cuentas, los sueños, sueños son. Pero a lo que íbamos. El caso es que caminaba yo por aquel pasillo iluminado por la débil luz de la tarde otoñal que se filtraba por los ventanales como se camina en los sueños, sin la menor voluntad de cuestionarse nada, cuando me salió al encuentro un personaje turbador. Lo curioso era que, a simple vista, no había nada en él ni remotamente impresionante. Bajo, delgado, casi inexistente. Y, sin embargo, su presencia se las arreglaba para transmitir una cierta inquietud, una inexplicable sensación de desasosiego. Era como estar contemplando la imagen grotesca, difícilmente simpática, de un siniestro payaso de circo con el maquillaje corrido y la ropa manchada. Vestía con sorprendente elegancia un traje de tres piezas de tela de tweed y se tapaba la cabeza con un bombín pasado de moda. El conjunto hubiera sido gracioso, hasta ridículo, de no resultar, como ya he dicho, tan perturbador. La sonrisa, para colmo, visiblemente exagerada, poco tenía de agradable, y mucho de astuta.
 El hombre me saludó llevándose la mano al bombín.
 Y ahí fue cuando las cosas se volvieron verdaderamente extrañas..



 Háganse cargo. 
 El engolado personaje me invita a seguirle. Y yo, como estoy soñando, ando tras él sin la menor sombra de dudas. Así cruzamos una puerta y, como quien no quiere la cosa, nos hayamos en una especie de sala de conferencias. Una habitación donde destaca una mesa alargada rodeada de sillas. Un escenario dispuesto para algún tipo de reunión, o de encuentro de negocios. Así que toma asiento y me indica que haga lo mismo. Y una vez sentados, sin andarse con rodeos innecesarios, el tipo va al grano y se presenta. 
 Resulta que es el demonio. 
 --...El demonio, sí. Pero no, no un demonio. El demonio. El diablo. Como prefieras. Lo cierto es que arrastro una ristra de nombres tan grande que ni siquiera sé por cuál decantarme. Algunos son más apropiados para unas ocasiones, otros para otras...Depende del país, de la gente... Cosas del sincretismo cultural, pero qué le voy a contar a usted, que estudió Historia. Ya sabe cómo fue esto. Años y años de religiones que van y vienen para que luego llegue el Cristianismo y haga un batiburrillo con todas ellas, y bueno, aquí estoy yo. Tampoco creo que sea necesario dar más explicaciones sobre mi persona, ¿no es cierto? Ya sabe todo lo que hay que saber. Y por si dudas, hay películas y libros de sobra. Y hasta canciones. Por ejemplo, mi favorita, esa de los Rolling Stones, "Sympathy For The Devil". Hicieron un gran trabajo Mick y Keith con esa canción, ¿no le parece? No conozco ninguna otra que resuma tan bien mi personalidad, ni mi esencia. Pero no tiene mérito, no les quedaba otra. Tenían que cumplir su parte del trato. Después está todo ese postureo del black metal y cosas por el estilo. Pero a fin de cuentas, no es más que eso, postureo, puro teatro. Supongo que les fastidiaría saber el poco interés que despierta en mí su pretendida devoción hacia mi persona, entre todos esos gritos guturales y toda la parafernalia...Qué le voy a hacer, supongo que en cuestiones musicales soy de gustos clásicos. No obstante, vamos al grano, que empiezo a hablar y no paro. Las consecuencias de pasar la eternidad sin más compañía que una horda de demonios básicamente analfabetos. ¿Qué le voy a hacer, si soy un conversador nato? Pero no le he traído aquí para hablar sobre mí. Si no para hacer negocios. Así que vamos a ello, ¿le parece?
 --¿Negocios? ¿Qué clase de negocios?
 --Bueno, de la clase en la que usted tiene algo que yo quiero y yo puedo darle algo que desea.
 --¿A qué se refiere?
 --Creo que quiere ser escritor, ¿verdad?
 --Lo quise. En su momento. 
 --¡Perfecto! De manera que hablamos en pasado. Y con una nota de tristeza más que evidente en la voz. Sueños rotos y esperanzas abandonadas...Es el escenario perfecto. Me encanta meter las narices en este tipo de historias. Así que dígame, querido amigo, ¿de verdad ha quedado todo eso atrás? ¿De verdad que no ha sentido últimamente el gusanillo de coger pluma y papel, o plantarse ante la pantalla del ordenador, como quiera que se haga hoy en día, para dejar plasmada alguna idea?
 --Sentirlo lo siento siempre. Nunca he dejado de escribir. Pero he renunciado a la idea de llegar a alguna parte con todo ello. 
 --¿Seguro? No le creo. ¿De verdad pretende hacerme creer que ha abandonado toda intención de publicar? Es usted humano, amigo. ¿Y qué es un humano sin ambición? Dígame si quiere que tiene los sueños ocultos bajo una lona polvorienta. Pero no me diga que los ha perdido porque eso, simplemente, no sucede. Cuando uno tiene ciertos dones, y me consta que usted los tienes, siente la obligación de compartirlo con el mundo. Y eso me lleva a mi oferta. Es hora de retirar la lona. Sé de sobras que, hasta ahora, no le ha acompañado la suerte. Podemos achacarlo a falta de verdadero talento por su parte, o a la injusticia del mundo, a los enchufes y todo lo que quiera. Pero eso es lo de menos. Lo importante, lo verdaderamente importante, es que me responda a esta pregunta. ¿Qué estaría dispuesto a pagar por alcanzar el éxito literario? 
 Yo miro fijamente al tipo, y guardo silencio, porque no sé bien qué responder. 
 --Le estoy ofreciendo la posibilidad de ser un escritor de verdad. ¿No estaría dispuesto a pagar lo que fuera por ello? ¿Su alma quizás? Si me prometieras su alma podría darte el éxito. Podría hacer que fuera el autor más leído del momento. Sus obras llegarían a millones de personas. Y solo tendría que pagar con una parte de usted que, en la práctica, es casi inexistente. Sería como hacerlo gratis. ¿Qué me dice? 
 Así planteado, siendo sincero, la oferta parece tentadora. No es como quitarme una pierna, o un ojo. El alma...¿Qué es el alma? ¿Iba a echarla de menos a estas alturas? Creo estar a punto de responder afirmativamente. Y entonces, para mi sorpresa, otro tipo de respuesta se materializa con indudable claridad en mi mente e inquebrantable decisión en mis palabras.
 --Lo siento. Le agradezco la oferta, pero creo que soy capaz de alcanzar el éxito por mí mismo. Estoy seguro de ello. No importa cuánto tarde en hacerlo. 
 Y entonces, me despierto. 



 No había explicado en voz alta la estrambótica experiencia hasta estar sentado ante Lidia, días más tarde, en la consulta, y no pude evitar sentirme ridículo por la innecesaria trascedencia que le había otorgado a algo tan insignificante. Recuerdo la mirada pretendidamente neutra de ella, que fruncía el ceño como si rumiase mis palabras encontrándoles verdadero interés.
 --Vamos a ver...No digo que no sea interesante, no me entiendas mal pero, ¿para qué me cuentas esto?
 --¿No se supone que tienes que analizar todo cuánto te digo?
 --No, se supone que tienes que analizarlo tú.
 --Y entonces, ¿para qué demonios te pago?
 --Desde luego, no para hacerte el trabajo sucio. La terapia no es un acto de magia, Leonardo. Esto no funciona así.
 --Sí, sí, lo sé...No conseguiré nada si no me ensucio las manos. Me lo has dicho mil veces.
 --Y aún así, sigues intentando esquivar tu parte. Sigues esperando a que yo llegue y te de la respuesta fácil.
 --Y fáciles respuestas no hay. Lo sé, Yoda.
 --No te pases de listo, ¿vale? Soy tu terapeuta, no tu amiga.
 La habitación tenía las persianas bajadas. La única iluminación provenía de una lámpara de brillo meloso. Flotaban en el ambiente el leve aroma de una barrita de incienso a medio quemar, y las notas de la música que Lidia había puesto de fondo, a muy poco volumen. Algo instrumental, New Age. Enia, o algo por el estilo. Todo estaba preparado para crear una atmósfera de recogimiento y sosiego acogedora y hogareña. En teoría, no había lugar para el enfado, ni para los reproches. Pero luego estaba la mirada de Lidia, que dolía como un latigazo. Era una mujer guapa. Algo mayor que yo, pero indudablemente atractiva. Quizás por eso el gesto serio y admonitivo, austero, era necesario para mantener las distancias. Sobre todo conmigo, en aquel momento de mi vida, cuando estaba tan absolutamente destruido que tenía el corazón dispuesto a colgarse de cualquier mirada bonita capaz de iluminarme el camino de salida del infierno personal en el que andaba hundido desde hacía tiempo. Sabía, no obstante, que no era buena idea. No con Lidia. Primero porque la respetaba demasiado profesionalmente. Había puesto mi recuperación en sus manos. Y segundo porque ya se encargaba ella de quitarme cualquier inclinación, por remota que fuese, con la hiriente mirada y la sequedad cortante de sus palabras.
 --Vale, vale, tienes razón...
 --Pues claro que la tengo. Vamos a ver, ¿cuánto tiempo ha pasado desde tu divorcio?
 --Un año.
 --Exacto. Un año. Un año desde que llegaste a esta consulta por primera vez hecho un auténtico despojo, sin el menor rastro de nada parecido a la autoestima y, perdóname, pero tengo que decírtelo, con un aspecto realmente horrible. Desde entonces te he visto pasar por todos los estados de ánimo posibles. Haciendo un esfuerzo enorme por esconderte de las peores versiones de ti mismo, esquivando los disparos y las manchas oscuras, todo lo que no te ha gustado, encogido como un ratón asustado, aferrado a la miseria como a un clavo ardiendo. No has mejorado porque no te ha dado la gana de hacerlo. Ha sido frustrante, te lo aseguro. Tanto como para llegar a plantearme echarte de mi consulta. Y ahora que por fin, por fin, muestras un pequeño destello de mejoría...¿Pretendes que permita que vuelvas a esquivar tu responsabilidad?
 --¿Un pequeño destello de mejoría?
 --Pero, ¿de verdad estás tan ciego? ¿Es que no eres capaz de interpretar el sueño por ti mismo?
 --Es que...
 --¡Es que nada! Se acabaron las excusas, maldita sea. ¡Empieza a hablar! Sabes tan bien como yo lo que quiere decir ese sueño.
 --No, sé lo que tú me dirías que significa, que no es lo mismo.
 --Me parece una forma de empezar tan buena como cualquier otra. Con eso me vale. Y bien, ¿qué te diría yo?
 --Me dirías que es la manera que tengo de decirme a mí mismo que estoy preparado para volver a escribir.
 --¡Aleluya! ¿A que no era tan difícil?
 --No...es más, resulta casi demasiado fácil...
 --¿Y quién ha dicho que las cosas tengan que ser tan complicadas? A veces nos empeñamos tanto en buscarle tres pies al gato que pasamos por alto lo verdaderamente importante.
 --Si no digo que no, pero...
 --¿Pero? ¿Qué pero hay que valga aquí? Como no sea que estés pensando en la absurda posibilidad de que haya sido una visita real del Diablo...
 --Bueno...
 --No me lo puedo creer...¿Es eso lo que estás insinuando? ¿En serio?
 --¿Y por qué no? Tú misma crees en Dios, he visto el crucifijo que llevas colgado del cuello. Si crees en Dios...Si crees en Jesús...Tienes que aceptar también la existencia del Diablo. Una cosa lleva implícita la otra. ¿Tan difícil es creer que...?
 --Está bien, Está bien. No me gusta nada, pero acepto seguirte el juego. Entonces el Diablo ha venido a verte para ofrecerte un trato. Con lo calentito que se debe estar a estas alturas del otoño en el Infierno...
 --Ahora eres tú la que te estás pasando de lista.
 --Bueno, tú has empezado, ¿no? Yo solo te sigo el juego. Pero dime, ¿no crees que el Diablo tiene almas más valiosas que reclamar que la de un escritorzuelo de segunda hundido en la miseria? ¿Por qué no pedírsela a, yo que sé, a Obama? ¿O al Dalai Lama? No te ofendas, no sé muy bien cómo funciona el submundo, pero sus almas deben valer muchísimo más que las tuyas.
 --O no...Vete a saber. Tú lo has dicho. No sabemos realmente cómo funcionan las cosas por ahí abajo.
 --Joder, Leonardo, ¿de verdad vas a hacerte esto a ti mismo?
 --¿El qué?
 --¿Qué va a ser? ¡Eludir la verdad! ¡Inventarte una excusa!
 --¡No estoy eludiendo nada!
 --¡Sí lo haces! ¡Como siempre! Te inventas la tontería esa del Diablo para eludir tener que aceptar el hecho de que lo peor ya ha pasado. Has vivido un infierno. Tu mujer te dejó, se llevó a tus hijos...Lo has pasado mal. ¡Pero lo estás superando! Y es duro. Es muy duro. Porque es mucho más fácil dejarse arrastrar por la pena y usarla como excusa para no intentarlo nunca más. Pero tu subconsciente te ha traicionado, y ha sabido sobreponerse. Y ahora te ha llegado el momento de volver a ser el que eras. De decidir la clase de persona que quieres ser. ¿Quieres seguir arrastrándote como una sombra, triste, hundido? ¿Quieres seguir pensando que el Diablo ha venido a ofrecerte un trato? ¿O quieres dar un paso al frente y hacerte por fin responsable de tu propia vida? ¿Qué va a ser, Leonardo? ¿Quién va a ser?



 La respuesta estaba clara.
 No había más opciones. No si quería hacerme bien a mí mismo. Me merecía seguir con mi vida. Me merecía dejar los días de tormenta detrás y dar los siguientes pasos a donde quiera que la vida fuera a llevarme. Y con esa idea en mente, resultaba infinitamente más cómodo aferrarse a la visión de Lidia, tan racional, tan lógica. Tan real. La mía, en comparación, era un puro disparate. No sé hasta qué punto tenía ella razón al acusarme de querer sabotear mi propia felicidad, pero sí sé que, fuera cual fuese el caso, lo normal, lo esperable, es desconfiar de quien proclame una visita del mismísimo señor del Averno. Así que decidí hacerle caso. Me convencí a mí mismo de que debía hacer un esfuerzo, me tragué todas mis reticencias, todas mis irracionales suspicacias, y opté por alejarme de la demencia. Para satisfacción de Lidia. Fue la única vez, creo, en que le atisbé algo parecido a una sonrisa de complacencia. Quizás llamar sonrisa a aquel esbozo de mueca sea hacerle demasiado favor, pero bueno, algo es algo. Tampoco puede pedirse peras al olmo. Lo que estaba claro era que mi elección había sido la correcta. Al menos a ojos de mi terapeuta, que por fin le encontraba cierto sentido a las horas desperdiciadas en aquel despacho.
 Al término de la sesión fijé la próxima y me despedí de Lidia.
 Al salir a la calle me sorprendió una ráfaga de aire frío. Quizás casi demasiado. Después de semanas de un verano alargado hasta el infinito, el otoño había decidido hacer acto de presencia precipitándose de golpe sobre aquella tarde moribunda. Allá en lo alto, el borde de los altos edificios enmarcaba un collage de nubes grises, algunas casi negras, anaranjadas las más cercanas al crepúsculo, que anunciaban la tormenta inminente. Busqué cobijo en mi chaqueta y puse rumbo a casa intentando no darle demasiadas vueltas a la conversación con Lidia, y mucho menos a mi decisión. Sobre todo porque, en el fondo, no tan en el fondo como para pasar desapercibida, albergaba altas dosis de desconfianza hacia ella.
 Lidia no podía saberlo todo.
 Yo había omitido deliberadamente la última parte del sueño, la misma que se erigía como prueba irrefutable de su veracidad, de su pertenencia a una categoría distinta a la mera ilusión onírica, la misma que ahora me esforzaba en olvidar y ocultar en lo más profundo de mi ser.



 --Lo siento. Le agradezco la oferta, pero creo que soy capaz de alcanzar el éxito por mí mismo. Estoy seguro de ello. No importa cuánto tarde en hacerlo. 
 El Diablo me dirige una mirada extraña que no soy capaz de entender. Raudales de luz entran por los ventanales enmarcando una sonrisa incluso más difícil de descifrar. 
 --Me sorprende su determinación. Culpa mía. No había entendido bien la situación. Por lo que tenía entendido, no le quedaba ni gota de ella. No obstante, hay otra faceta de su vida en la que, estoy seguro, no empeña usted tanta confianza y que, mucho me temo, le despierta anhelos más urgentes.
 --¿A qué se refiere?
 El Diablo señala con la cabeza al otro lado de la habitación. 
 Yo dirijo hacia allí la mirada y, repentinamente, me encuentro en otro lugar. Con la naturalidad de un cambio de escenario, la sala de reuniones deja paso en un abrir y cerrar de ojos a una oscuridad impenetrable. Me hallo sumergido en una brea tan densa que no soy capaz de percibir mis manos, mucho menos la figura del Diablo. La negrura se rompe al frente por el cono de luz de una lámpara que cuelga de algún lugar indeterminado del techo, iluminando el rincón de lo que parece una tienda de libros de segunda mano. Allí, entre los pasillos formados por la pila de ejemplares, pasea una mujer. En un momento dado se detiene y coge un libro. Lo ojea con detenimiento y en esos instantes que parecen eternos se apodera de mí una sensación desconocida. Su figura se clava con fuerza en mi retina. El pelo negro, lacio, le cae como trazos de tinta sobre los hombros y enmarca un rostro hermoso y elegante. Los ojos oscuros, grandes como almendras, los labios carnosos...Es la suya una belleza sobrecogedora, porque tiene mucho de triste y muy poco de serena. La figura esbelta se esconde tras un abrigo largo, pero los movimientos son sensuales, tanto como para hacer nacer en mi interior un deseo casi incontrolable. Incluso dormido siento como el corazón se me acelera hasta el punto de retumbar en mis oídos, ensordeciéndome al resto de sonidos del universo. 
 Sólo la voz del Diablo encuentra el hueco para escurrirse y entre ellos.
 --Dime, ¿no darías cualquier cosa para que fuera tuya?


Y esa fue la primera vez que vi a Emma.





Comentarios

Entradas populares