Emma. (2)

        

      

      El divorcio, era cierto, había acabado conmigo.
La ruptura, dentro de lo que cabe, fue amistosa. O al menos civilizada, siempre con el bienestar de los niños en mente. No obstante, cuando a uno se le remueve el suelo bajo los pies, es suficiente para trastocarlo por completo. Salí del proceso agotado, y sin el menor rastro de confianza en mí mismo, ni en mi futuro. Sé que era lo mejor, y por suerte, a Eva le había ido bien. Pero supongo que es más fácil cuando la falta de sentimientos es evidente. Yo, qué le iba a hacer, había seguido queriéndola hasta un tiempo después de separarnos. Para entonces, por suerte, se empezaba a disipar el incontrolable temblor que se apoderaba de mis manos y de mi voz cuando sonaba el teléfono y veía su nombre reflejado en la pantalla. No obstante, estaba lejos de volver a ser quien fui. Demasiados pedazos míos se habían ido quedando por el camino. Daba igual lo que dijese Lidia, no estaba seguro de poder volver a recomponer la imagen entera. Si es que resulta que alguna vez tuve una imagen clara de mí mismo. Que esa es otra historia. En cualquier caso, quizás porque, al menos, empezaba a desear experimentar una mejoría, aunque fuera forzada, opté por hacerle caso e intentar escribir. 
Sentado en mi escritorio, perdida la vista en la lluvia que azotaba la ciudad al otro lado de la ventana, convirtiendo la imagen perfecta de los edificios en un borrón de acuarela, trataba sin éxito alguno de conjurar a las musas. No es que no hubiera nada. Había cosas. El problema era que me aterrorizaban. No me gustaba lo que encontraba cuando me asomaba al borde de mi mente. Al otro lado de la barandilla se abría un abismo de oscuridad y tristeza, tan turbulento, tan agitado, que parecía mucho más sensato dejarlo estar en paz. Ahora que estaba empezando a sacar la cabeza, no me apetecía regodearme en el sufrimiento del último año. La primera noche, por tanto, se acabó sin conseguir el menor avance. 
Como estaba de baja por depresión, y por tanto no tenía que acudir al colegio privado donde todavía por entonces daba clases de Lengua Castellana, nada más levantarme intenté retomar la labor creativa con igual y desalentador resultado. La pantalla seguía en blanco. Mi mente, asustada, reprimía cualquier atisbo de creatividad cuando me asomaba al borde de mi mismo, como el niño que corre de las olas cuando estas llegan a besarle los pies. Las horas pasaban, y yo nervioso y frustrado, resolví ir a dar una vuelta para conseguir inspiración. 
He sido siempre un lector consumado, y como todo buen lector, no hay lugar donde me encuentre más en casa que en una librería. Quizás por eso, por la necesidad de sentir un poco de familiaridad, dirigí mis pasos hacia la tienda de libros de segunda mano que solía frecuentar casi con cadencia semanal. Se trataba de un establecimiento situado en una estrecha calleja del casco histórico de la ciudad. La lluvia había formado charcos en el suelo, y las farolas encendidas otorgaban un aire místico al entorno. La tienda, que había abierto hacía relativamente poco tiempo, se especializaba en ejemplares raros y de segunda mano, y a mi me gustaba pasear entre sus pasillos atestados de estanterías y volúmenes mal colocados. Era como si al internarme entre los libros dejase atrás la vulgaridad de mi vida y se abriese ante mí un universo de posibilidades. Lo inesperado me esperaba a cada paso. Me adentraba en una dimensión desconocida donde cualquier cosa era posible. Evidentemente, hasta el momento, no había sido más que una sensación. Reconfortante, no lo niego, pero fugaz y, sobre todo, fútil.
Aquel día, no obstante, fue una realidad. 


Ante mí se reproducía lo imposible. 
Estaba siendo testigo de lo inexplicable. Allí, entre los libros, ojeando el mismo ejemplar que en mis sueños, se encontraba la mujer de belleza misteriosa y sobrecogedora, profundamente melancólica, que más tarde conocería como Emma. Pero en aquellos momentos, ignorante todavía, no solo de su identidad, sino también de todo cuanto habría de sucederme entorno a ella, se trataba ni más ni menos que de una visión, una alucinación o, en el peor de los casos, una aparición. Un fantasma. Un espectro. ¿De qué manera racional podía explicarse si no que hubiese soñado con aquella mujer antes de verla por primera vez, en la misma posición en que la encontraba ahora, con la misma ropa, leyendo el mismo libro? ¿Cómo podía explicarse sino que mi corazón redoblase en su presencia, que un torrente de sudor frío me recorriese el cuerpo entero? Por supuesto, empeñado en seguir el camino de la recuperación, descarté cualquier explicación sobrenatural, cualquier atisbo de demencia, y me forcé a admitir un recuerdo inventado. Estaba poniendo el rostro de aquella mujer en el de la desconocida de mi sueño, que aquella noche no tenía cara. Sí, eso era. Se trataba de una simple ilusión de mi mente vulnerable y tendente a los desvaríos. Ya saben, consecuencias de ser escritor. 
Así que, convencido de la lógica de mi argumento decidí dejar de dar importancia al casual encuentro. Pero quizás porque el convencimiento era una pose, quizás porque en lo más profundo de mí mismo seguía anidando la sospecha de una realidad distinta, fui incapaz de dejar de mirarla. Su figura me resultaba hipnótica. Su seriedad, la distancia evidente  que imponía entre ella y el resto del universo, la profundidad de los ojos oscuros y acuosos, como dueños de un llanto contenido...Aquella mujer se había apoderado de mis sentidos. Por fortuna fui capaz de recuperarlos antes de que se cumpliese el tiempo justo para comenzar a considerarme una especie de sórdido acosador. Me di la vuelta, la dejé allí, con la mirada perdida en las páginas del libro, y corrí hasta casa, dominado por una sensación inexplicable que me sobrepasaba por completo. Era como si hubiera sido testigo de algo más grande que mí mismo, más grande que todas las penas y todas las miserias humanas concentradas en aquella ciudad. 
Aquella noche, por supuesto, no pegué ojo. 
Una agitación interna, demasiado grande para ser contenida, restaba efecto a la influencia del cansancio. En mi mente, fija, como una marca de agua, o un grabado a fuego, la imagen de la misteriosa mujer; en mi corazón, resonando sin descanso, su desconcertante incógnita. ¿Qué significaba aquel encuentro? ¿Había soñado con ella antes de verla? Y en caso de ser así, ¿por qué? No obstante, había posibilidades más ominosas. 
¿Y si definitivamente estaba perdiendo la cabeza?
Al día siguiente, a la misma hora, volví a la librería. No me pregunten por qué. Me gusta achacarlo a un impulso de la intuición. Y quizás puede ser que admita un cierto componente de curiosidad en la mezcla. Pero muy dentro de mí mismo, en el plano más subconsciente, sospecho que la verdadera razón fue, ni más ni menos, haber traspasado la línea divisoria entre la cordura y la sin razón. A lo mejor, sin saberlo, empezaba a navegar en el proceloso mar de la locura. Sabiendo todo cuánto sucedió después, es hasta la explicación más plausible. En cualquier caso, invención o realidad, demencia o lógica aplastante, lo cierto es que allí estaba ella. En el mismo sitio, a la misma hora, leyendo el mismo libro. Vestía incluso el mismo abrigo. Le enmarcaban el mismo lienzo de sombras densas y uniformes, rotas tan solo por el haz de luz de la lámpara bajo la que estaba situada. Tan onírica era la visión, tan irreal el entorno, que por un momento creí estar viviendo una prolongación de aquel sueño inicial, de mi conversación con el Diablo. Y la sensación se repitió, con más fuerza si cabe, cuando al día siguiente volví a encontrarla allí. Y siguió repitiéndose y acrecentándose a lo largo de la semana que pasé observándola furtivamente, escondido entre las estanterías, mientras se perdía en las hojas de aquel libro, repitiendo el mismo horario y los mismos esquemas, como si estuviéramos atrapados en una suerte de bucle temporal. Y cada día, su belleza me resultabas más triste, más desoladora, y más arrebatadora. Y cada día, por absurdo que pudiera parecer, por muy irrefutable que el sentimiento resultase como prueba de mi definitivo descenso a los infiernos de la locura, yo me obsesionaba más y más con ella. 


—Así que te gusta una chica.
En su estilo habitual, la afirmación de Lidia fue como un dardo directo a mi conciencia.
—Bueno, sí, puede decirse que sí...
La sesión transcurría como siempre. La barrita de incienso, la música New Age, las persianas a medio bajar y el frío desdén de la terapeuta. Afuera el otoño había terminado por adueñarse del mundo y aullaba con la furia de un vendaval aterrador.
—¿Cómo que puede decirse que sí? O te gusta alguien o no te gusta. No hay medias tintas en estas cosas, por mucho que tu quieras empeñarte en esconderte en ellas. 
—No me escondo, es que...
—¿Es que, qué?
No contesté. ¿Cómo iba a hacerlo? Eso suponía tener que explicar las circunstancias de mi obsesión. Y todavía sentía cierto pudor a la hora de admitir así, en voz en vivo, que había soltado los amarres de la cordura. Me limité a encogerme de hombros, y claro, eso puso al límite la escasa paciencia que Lidia pudiera seguir reservándome. 
—Pero vamos a ver, Leonardo, ¿por qué demonios me lo pones tan difícil? ¿Es que no ves lo que está sucediendo aquí? ¡Estás preparado! ¡Estás levantando la cabeza! ¡No te escondas más de ti mismo! ¡Escribe! ¡Conoce a esa chica! ¡Vive, por amor de dios! ¡Haz lo que tengas que hacer y vive!



  “Haz lo que tengas que hacer.”
Más tarde, enterada de las consecuencias de sus palabras, estoy seguro de ello, Lidia debió arrepentirse de haberlas dicho. Pero eso quedaba todavía muy lejos, y la urgencia de su mandato, sin embargo, resonaba demasiado reciente en mi desnortado corazón. No me entiendan mal. No pretendo achacarle la responsabilidad de mis acciones. 
Para bien o para mal, todo lo que hice fue exclusivamente culpa mía.
Aquella tarde acudí de nuevo a la librería. No obstante, lo hice a una hora más temprana, cuando sabía que ella no andaría todavía por allí. Un plan empezaba a tomar forma en mi mente. Déjenme explicarles. Por entonces, ya lo saben, no tenía demasiada confianza en mí mismo. La imagen que veía en el espejo me resultaba deplorable. Repudiaba mi ser, y daba por sentado que la reacción sería semejante en otra persona. Ser yo mismo, ante una mujer como aquella, a mi entender, me condenaba al fracaso y a la humillación, y no me creía preparado para experimentar ni una cosa ni la otra. La opción que elegí, por tanto, fue la menos recomendable: decidí presentarme como alguien distinto. Ser otro me obligaba a esconder mis defectos, a construir una personalidad más fuerte y atrayente. Y en la búsqueda de una identidad alternativa decidí prestar atención a mis sospechas. Al llegar a la librería busqué el libro que con tanta atención, uno y otro día, ella repasaba con extrema fijación: El destino de las Brujas, de un tal Simón Bernabé. Luego corrí a casa y me refugié en el estudio, frente a la pantalla del ordenador. 
Ahí comencé a sellar mi destino. 
En primer lugar busqué toda la información disponible sobre el autor y, como sospechaba, esta era tan poca que el tipo podría haber pasado casi por un fantasma. Todo cuanto pude averiguar de él era su edad, que rondaba año más o menos la mía. Por lo demás, poco se sabía. Aquella había sido su única novela, publicada hacía ya diez años, recabando más éxito del que yo podía recordar, porque en su momento me había pasado completamente desapercibida. La crítica alababa el estilo y la historia, ensalzando al autor como un futuro valor de la literatura de misterio, y recalcaba la poca información que se tenía sobre su persona. Ni una sola foto encontré para ilustrar la imagen. El libro seguía vendiéndose en la página de la editorial, en la que se explicaba, supongo que como gancho comercial, el misterioso origen del manuscrito. Apareció un día en el correo de la editorial, y nadie había tenido más contacto con el desconocido escritor que varios emails a través de los cuáles se concretaron los contratos y se supervisó el proceso de edición. Después, el silencio. 
Era perfecto. 
Extraño, pero perfecto. 
Si quería presentarme como alguien distinto, si quería captar la atención de aquella mujer, qué mejor que hacerlo como el hombre al que por lo visto tanto admiraba. Simón Bernabé, por lo que yo sabía, era un nombre vacío. ¿Qué mal había en dotar de contenido? Yo sería él. Era mi oportunidad para ser quien yo siempre había querido ser. El escritor de éxito. El autor importante. El tipo interesante. 
Yo sería Simón Bernabé. 
Sí, lo sé. 
Ahórrense los comentarios. 



Al entrar en la tienda me sacudí el agua de la lluvia como un perro vagabundo.
Aquel día el dependiente, Miguel, un antiguo profesor, ya cercano a la sesentena, que había cambiado las aulas por la tranquilidad y el silencio de la letra impresa, ni siquiera estaba tras el mostrador. Debía estar ateniendo a la petición de algún cliente. Me caía bien, era un hombre simpático y culto, con el que siempre encontraba tiempo para intercambiar comentarios sobre libros. Pero en la última semana, prudente y callado, había sido testigo de mi labor de vigilancia, rayana en el acoso, y no quería darle más motivos de los que ya debía tener para llamar a la policía. De manera que pude acercarme al habitual rincón sin encontrar el menor obstáculo. No fue ninguna sorpresa encontrarla allí. La cascada sinuosa de pelo negro, la velada sugerencia de los ojos almendrados...Aquel día, todos sus efectos sobre mi persona parecían potenciados. Su figura parecía brillar, como señalada la silueta por una especie de luz tenue y reveladora, testigo sobrenatural de la trascedencia del momento. Posiblemente todo aquello estuviera en mi mente, que a esas alturas se encontraba ya muy lejos de la sensatez, pero lo cierto era que cada paso que daba hacia ella, más que nunca, parecía adentrarme en el inconsistente escenario de un sueño. 
—¿Sabe una cosa? Hacía tiempo que no veía a nadie leer ese libro.
La frase surgió sola. Había pasado horas imaginando la mejor manera de romper el hielo y no había llegado a ninguna conclusión satisfactoria. No obstante, una vez frente a ella, transmutado en Simón Bernabé, o en la idea que yo tenía de él, fuera quién fuese, es decir, un hombre pleno de confianza en sí mismo, hablar resultó tremendamente fácil. Los pensamientos se desencadenaban sin obstáculos, y las palabras se formaban con una naturalidad aplastante. Era como si, alejado de mi verdadero yo, hasta respirar resultara un acto mucho menos fatigoso.
La mujer levantó la mirada con indiferencia.
 Al sentir el peso de sus ojos sobre mí, hube de reprimir un escalofrío. Había todo un universo de silencios, melancolías y lágrimas en la miel fluctuante de las pupilas, que miraban sin mirar, como si no fueran conscientes, o no les importase, nada de cuanto tuvieran delante. Después de asegurarse de que no había nada interesante a lo que prestar atención, volvió a enfrascarse en la lectura con gesto ausente, pero eso no fue suficiente para desanimarme. Simón Bernabé no parecía ser de los que se rendían tan fácilmente. 
—¿Le está gustando? 
Esta vez, sin andarse con rodeos, me observó con fastidio.
—No sé si se ha fijado de que estoy leyendo. Si no le importa, me gustaría un poco de privacidad.
—Oh, disculpe, sí, no quería molestarla. Es solo que a estas alturas todavía me sorprende ver mi libro en las manos de alguien. Es una experiencia curiosa. 
La frase, como pueden imaginarse, no tenía nada de inocente. Había sido diseñada meticulosamente en cuestión de décimas de segundos para esquivar su previsible desdén y llamar la atención sobre mi persona. No se sorprendan por mi repentina velocidad de reflejos mentales. En aquellos momentos, como ya les he explicado, yo no era Leonardo Saurí. De haberlo sido, habría terminado retrayéndome entre incoherentes balbuceos. Era Simón Bernabé. Y Simón Bernabé nunca se echaba atrás. 
O eso termine figurando.
Lo curioso es que la maniobra dio resultado. Más tarde, cuando ya nada tenía remedio, descubriría que por las razones equivocadas. Pero lo cierto es que cuando volvió a mirarme lo hizo de una manera muy distinta, como si repentinamente descubriese que yo estaba allí, o acabase de despertar de un sueño. 
—Un momento, ¿qué ha dicho? 
—Que todavía me resulta curioso ver a alguien leyendo mi libro. 
—¿Su libro?—preguntó mostrando un leve y nebuloso desconcierto. 
—Sí, eso he dicho. 
—¿Pretende decirme que usted es...?
—Simón Bernabé, el autor del libro. Encantado de conocerla. 
Extendí la mano esperando que la apretara, pero la respuesta tardó en llegar varios segundos de incomodidad disimulada. La mujer me estudiaba fijamente, y yo no sabía distinguir la intención de su mirada. ¿Era curiosidad, incredulidad, sorpresa...? Entonces, por fin, un esbozo de sonrisa se adueñó por segundos del rostro anguloso y sentí el frío, esquivo, tacto de sus dedos. Fue un contacto escaso, fugaz, pero suficiente para atravesarme como una corriente de incalculable amperaje, como si mi cuerpo se convirtiese, de pronto, en conductor de la descarga de un rayo. 
—No me diga...¡Simón Bernabé! Esto sí que es curioso.
Me sorprendió, debo decirlo, la falta de entusiasmo en su enunciación. Di por sentado, no obstante, que así era ella. Su aparente desinterés, su frialdad no sabía si calculada...Tales características le encajaban como un guante.
—¿Y usted es...?
—Emma, mi nombre es Emma.
—Encantado. Dígame entonces, ¿le gusta el libro?
—Bueno, no voy a engañarle. Tengo una relación bastante curiosa con este libro...Con su libro...En muchos aspectos es mi favorito, pero por otra parte...
—¿Por otra parte?
La sentencia quedó en suspenso. La conclusión jamás llegó. Emma compuso una pose triste y ausente, como si algo a mil millones de kilómetros de aquella librería hubiera reclamado su mente y su concentración. Algún recuerdo doloroso, u otra circunstancia diferente pero igualmente desagradable que, en aquellos momentos, yo estaba muy lejos de poder imaginar. 
—Mire, vamos a hacer una cosa.—dije, para romper la incómoda pausa.—Déjeme regalarle el libro. Lo compraré para usted y así puede llevárselo firmado. 
—No, no hace falta.—rechazó con su habitual economía de entusiasmo.
—Insisto.
—De verdad, no se moleste. Prefiero venir a leerlo aquí. Es casi como un ritual. 
—¿Un ritual? ¿Tiene un ritual con mi libro?
Emma frunció el ceño, como siendo consciente de haber revelado más de la cuenta. Lo curioso, o lo preocupante, depende de cómo quiera mirarse, fue que aquello consiguió emocionarme. Como si el libro fuera mío realmente y yo de verdad me llamase Simón Bernabé. De alguna extraña manera, era la primera vez que tenía algo parecido a una admiradora. Supongo que era difícil resistirse a la tentación de dejarse seducir por ello. 
—Oiga, ¿me dejaría invitarle a una taza de café?
—¿Lo dice en serio?
—Bueno, no todo los días conoce una a su escritor favorito. Será una oportunidad para hacerle preguntas sobre el libro. ¿Qué me dice?
¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a rechazar aquella oferta, si era exactamente lo que había estado buscando? Me había desconcertado un tanto, debo reconocerlo, que hubiera llegado con un exceso de interés que sonaba tan fingido como la sonrisa, forzada como una cuerda apunto de romperse por haber sido estirada más de la cuenta. No obstante, dije que sí. 
Y allá fuimos.



Atravesamos la lluvia cada uno bajo su paraguas, a una distancia prudente el uno del otro y casi sin mediar palabra. Por suerte, la cafetería elegida no quedaba demasiado lejos, y el silencio no se prolongó demasiado. Luego, ya sentados, la conversación transcurrió a trompicones, a veces fluida, a veces no, dependiendo, sobre todo, del humor de Emma que, por lo que pude comprobar, resultaba fluctuante e impredecible, quizás no hasta límites histriónicos, pero sí era cierto que tan pronto sonreía y parecía interesarse por mis palabras y por mí, como al instante siguiente se sumía en una especie de apatía casi absoluta, demostrando un desinterés total hacia el mundo en torno a ella. En esos instantes, hasta la mirada se le tornaba ajena y vidriosa, al punto del llanto, o eso me parecía mía. Pero todo eso no hacía sino acrecentar su misterio, y con ello, mi fascinación. ¿Quién era Emma? ¿Por qué había soñado con ella? ¿Qué significaba que hubiera aparecido así como así en mi vida?
Por suerte, yo había descargado una copia digital del libro, y lo había leído de una sentada la noche anterior. Me había gustado mucho, las cosas como son. El estilo tan sólido, tan original, demostraba un talento y una capacidad con la que yo solo podía haber soñado. No me resultó difícil, por tanto, hacerlo mío hasta el punto de encontrar respuesta a todas las preguntas que ella lanzaba casi por obligación. Y no debí interpretar mal el papel, porque Emma se mostró convencida. Todo lo convencida que aquella mujer tan hermética, tan enigmática, era capaz de mostrarse, claro. 
En un momento dado, me preguntó qué me había mantenido tanto tiempo alejado de la escritura. Y yo, en un alarde de creatividad, achaqué el semi retiro a problemas personales y familiares. Fue entonces cuando exageré el asunto de mi divorcio. Eso sí, le aseguré con firme convicción, que aunque no hubiera seguido publicando, un escritor nunca deja de escribir. Eso la llevó a interesarse por mi trabajo reciente. Y lo que en otro momento me hubiera supuesto un apuro no supuso el menor obstáculo. Recuerden, yo era Simón Bernabé. Eché mano al teléfono móvil y busqué en la nube hasta encontrar el borrador de una novela que empecé justo antes del divorcio y que la implosión desmedida de ánimo subsecuente había dejado inconclusa al destruir mi creatividad y mis ganas de seguir con ella. Emma me dio una dirección de email y me rogó que le mandara la obra, asegurando que le encantaría leerla. Así lo hice. Entonces, sin más, se despidió, asegurando que llegaba tarde a una cita. 
Recuerdo verla marchar, desdibujándose bajo la lluvia, y sentir angustia ante la posibilidad de no volver a verla. Sí, siempre podía ir a buscarla en la librería, pero aparte de sumamente sospechoso, las horas que restaban hasta el momento indicado del día siguiente se me antojaron una tortura insoportable. ¿Por qué me sucedía aquello? ¿Sería posible que me hubiera enamorado hasta aquel punto de una mujer a la que apenas conocía? ¿Habría perdido definitivamente la cabeza? Pasé el resto de la tarde intentando contestar a la pregunta, sumiéndome en una espiral de pensamientos cada vez más sombríos que, por fortuna, se interrumpieron cuando recibí un email inesperado.
Era Emma.
Me saludaba con su acostumbrada frialdad y me emplazaba a cenar en su casa la noche siguiente. Según parecía, su marido, Octavio Bienvenida, era un emergente editor, y aparte de mostrarse entusiasmado ante la posibilidad de conocerme, quería hacerme una oferta que, según decía, no podría rechazar. 
Tras leer el mensaje sentí un acceso de vértigo. 
Por un lado, saberle casada me provocó una profunda decepción. Sentí incluso como me quedaba sin aliento por un instante. Me preocupó entonces la clase de ilusiones que me había hecho con ella, siendo como era, al observarla desde un punto de vista estrictamente racional, una simple desconocida. Pero por otra parte, estaba la oferta, fuera la que fuese. Nunca me habían hecho una oferta. Y estaba también la posibilidad de volver a verla. Sí, eso suponía que debía mantener la mentira durante más tiempo. Pero, maldita sea, en el transcurso de una tarde había experimentado un caudal de emociones más grande que en todo un año. Alegría, nerviosismo, decepción...Daba igual lo que fuera. Por primera vez en mucho tiempo sentía algo parecido a estar vivo. Era como volver a respirar después de haber aguantado la respiración más rato de la cuenta bajo el agua. Y por nada del mundo iba a dejar pasar eso. No estaba dispuesto a volver a perderlo. Iba a agarrarme a ello con la fuerza con la que un lobo hambriento cierra las fauces sobre su presa, aunque para lograrlo debiera seguir profundizando en la mentira, aunque fuera necesario diluir cualquier separación entre mi propia identidad y la de Simón Bernabé. Aunque hubiera de aceptar aquella misteriosa oferta. 
Acudió entonces a mi mente otra oferta. La del sueño. El Diablo. El éxito. La mujer. Todo ello conjuró una sensación incómoda y ominosa a la que no quise darle más trascendencia. 
Y sin pensarlo dos veces, respondí aceptando la invitación. 
Ojalá hubiera hecho otra cosa. 

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