Emma (3)

        

          Recuerdo que llovía.
La ciudad se ocultaba tras un manto de agua denso y melancólico. El taxi que me llevaba avanzaba moroso entre el tráfico complicado por el aguacero. Desde la radio del coche algún locutor escupía rancias consignas políticas contra prácticamente todo, jaleado por los comentarios de aprobación del conductor, que buscaba mi complicidad en el espejo retrovisor. Mientras yo, tenso y envarado, asintiendo por pura inercia, viajaba perdido en mis propios pensamientos, sin prestar demasiada atención a nada. Estaba nervioso. Me gustaría poder decir que mantener la mentira provocaba un evidente estado de alteración en mi conciencia, pero lo cierto era que, justo o no, aquella era la última de mis preocupaciones. Me agitaba la anticipación de volver a ver a Emma. Por otra parte, estaba la vergüenza. Una parte de mí, una débil y pequeña, cuya voz sonaba cada vez más lejana, era consciente de la absurda fuerza que habían cobrado mis sentimientos hacia ella, y se planteaba la posibilidad de que estuviera usándola como tapadera para encubrir algo. Luego estaba la otra parte, claro, la que había elaborado el engaño sin la menor vacilación ni duda moral, que justificaba el enamoramiento con la socorrida excusa del irracional flechazo. Los sentimientos no son lógicos, ni racionales.  
       A fin de cuentas, ¿quién puede escoger de quién y cuándo se enamora?
Emma y su marido vivían en la parte alta de la ciudad, en la calle que comúnmente se conoce con el alienante apelativo de “la milla de oro”. Kilómetros y kilómetros de amplia avenida flanqueada por lujosos edificios de exclusivos apartamentos. Al apearme del taxi me fue imposible no sentirme fuera de lugar, un intruso. Quizás por la naturaleza fraudulenta de mi visita, en el escaso tiempo que duró el paseo hasta la puerta del edificio, me atenazó la respiración el apremiante temor a ser detenido de un momento a otro. Esperaba sacudirme la sensación cuando el portero me permitiese la entrada, o una vez ya en el ascensor, subiendo hasta el ático. Pero para ser sinceros, el único momento en que conseguí deshacerme de ella, el único momento en que la serenidad y la confianza en mí mismo apuntalaron mi decisión, equivocada o no, de estar allí aquella noche, fingiendo ser quien no era, fue cuando, al abrirse la puerta del ático, los ojos oscuros y tristes reflejaron mi imagen en el umbral.


La bienvenida fue fría, como solía corresponderle a ella.
Otra cosa hubiera resultado, cuando menos, fuera de lugar. Dos besos muy superficiales, un fugaz esbozo de sonrisa, y ni rastro de la menor muestra de entusiasmo. 
—Bienvenido, señor Bernabé. Le estábamos esperando.
De haber sido mi primer contacto con ella, sin duda habría servido para echar por tierra todas mis esperanzas. Si no lo hizo fue, en primer lugar, porque no era nuestro primer encuentro. Y en segundo porque, siendo sinceros, yo no albergaba esperanzas. Al estar frente a ella, en la entrada de la casa que compartía con su marido, me revelé desprovisto de anhelos absurdos. No me había montado castillos en el aire, no perseguía una quimera. Todo cuanto esperaba era verla. Hablar un rato con ella. Ni más ni menos. Su presencia, extrañamente, tenía una especie de efecto balsámico en mi alma torturada. No importaba que jamás pudiera dar un paso más allá de aquel recibidor.  
        Metafóricamente hablando, claro.
—Es un placer para mí estar aquí. Su invitación resultaba de lo más estimulante. No todos los días tiene uno la posibilidad de pasar tiempo con un admirador. 
Emma me mantuvo la mirada durante algunos segundos.
Quise interpretarla, pero fallé estrepitosamente. Todo cuanto saqué en claro fue una incomodidad creciente, tanto que incluso agradecí la repentina aparición de su marido. Octavio Bienvenida llegó desde la puerta que conectaba con el salón y se interpuso entre nosotros con cierta falta de naturalidad. Me estrechó la mano con entusiasmo exacerbado, forzado incluso. Un contraste tan grande con la actitud de su mujer que no pude evitar tener la sensación de que su llegada respondía a la necesidad de interrumpir lo que quiera que estuviese pasando entre nosotros en aquel breve encuentro. 
La pregunta, claro, era, ¿y qué demonios estaba pasando?
—¡Señor Bernabé! ¡Menuda alegría conocerle! ¡Qué honor recibirle en nuestra casa! ¡Pase, pase, por favor, no se quede ahí! 
Octavio me condujo hacia el salón. 
Emma nos siguió, cabizbaja. Quizás en ese momento yo debía haberme dado cuenta de su cambio de actitud, pero fue tan leve que dos circunstancias lo hicieron pasar desapercibido. La primera era la casa en sí. El ático de Emma y Octavio era moderno, lujoso y elegante, decorado con un gusto exquisito. El salón destacaba por la enorme cristalera que ocupaba toda la pared frontal y daba a la amplia terraza. Viendo a través del cristal la noche derramarse sobre los tejados de la ciudad, se tenía la impresión de estar contemplando un lienzo de belleza inusitada. La segunda característica era el propio Octavio. Contra todo pronóstico, resultó ser un tipo simpático, con el que resultaba fácil empatizar desde el primer minuto. Nunca he sido un dechado de sociabilidad. Más bien al contrario. Si normalmente soy tímido y reservado, imaginen en un estado anímico tan frágil y revuelto. Se sumaba además que era el marido de Emma, y que yo estaba manteniendo una mentira, circunstancia que, de por sí, me había preparado para estar a la defensiva. No obstante, aquel tipo se las arregló para desmontar mis defensas con pasmosa facilidad. Era cordial, parecía tener reservas interminables de buen humor, y su charla incesante se las arreglaba para ser interesante y amena. Era un tipo alto y guapo, rodeado de un halo de triunfo nada disimulado. Hubiera sido fácil detestarlo, pero nada en él desprendía el menor indicio de arrogancia, ni de soberbia. Puede decirse que él y ella eran las dos caras de la misma moneda. Era la suya, una pareja extraña y asintónica, que casi parecía vibrar en frecuencias distintas. Y eso despertaba tantas preguntas, y tantos misterios, que abstraerse del influjo de aquel matrimonio representaba una tarea imposible. De manera que me dejé arrastrar por el huracán de simpatía y carisma que era Octavio Bienvenida. 
En un tocadiscos situado en una esquina giraba un vinilo de ópera. Yo no entiendo mucho de Belle Canto, pero había algo en el resonar de aquella música a través de los altavoces que me despertó la curiosidad. 
—Fausto, de Goded.—explicó Octavio, percibiendo mi interés, mientras me servía una copa de vino.—Ya sabe, basada en la obra de Goethe. El cuento eterno del infeliz que vende su alma al diablo por ambición. Riquezas, eterna juventud, amor...Da igual. Siempre es la misma historia. 
Apreciar el sarcasmo implícito en el asunto me despertó una sonrisa. Era demasiada coincidencia para ser solo eso, una coincidencia. De alguna manera, sospeché, el destino, el universo, o quién sabe si el mismo Diablo, estaba jugando una mano desconocida y siniestra en el asunto. O a lo mejor no, a lo mejor era cierto que se trataba de una mera e irónica casualidad. En cualquier caso, sonreí. Y Octavio, claro está, desconocedor de la profundidad de aquella serendipia, malinterpretó el gesto. 
—La reconoce, ¿verdad? Es la versión de Plasson, grabada en Tolouse, en 1991. No hay una igual. Le imaginaba un hombre culto, pero no suele encontrarse uno muy a menudo con semejantes melómanos. Es un placer cuando sucede. 
—No, no, se equivoca. Si le soy sincero no tengo la menor idea de ópera. 
—¡No me diga! Menuda lástima. ¿Y entonces? 
—Nada, el destino, que a veces tiene un extraño sentido del humor. Resulta que hace poco tuve un sueño en el que se me aparecía el Diablo con una oferta muy tentadora a cambio de mi alma. No he dejado de darle vueltas desde entonces, no sé muy bien por qué. Supongo que porque siendo escritor, intuyo que hay una historia oculta en alguna parte. Y ahora llego a su casa y me encuentro con Fausto. 
Octavio soltó una carcajada estruendosa y forzada. No me gustó pero, al mismo tiempo, tampoco encontré motivos para la desconfianza. A fin de cuentas acababa de conocer al tipo. Podía ser que, simplemente, fuera uno de esas personas que lo viven todo con exceso de entusiasmo. 
—¡Vaya! Si que es irónico, sí. Menuda historia. ¿Sabe lo que siempre me ha llamado la atención de ustedes los escritores?
—Sorpréndame. 
—Su atención al detalle. La mente del escritor, y me atrevería a decir del general de los artistas, se obsesiona con detalles que el resto de los mortales obviaríamos sin despeinarnos. Pero claro, supongo que ese es el germen de las grandes obras, ¿no le parece?
—Dígamelo usted. Es editor, ¿verdad? Y por lo que veo le va bastante bien. Ha tenido que tratar con más de un escritor de éxito.
—Sí, eso es cierto. Pero qué quiere que le diga. En mi mente no hay el menor destello de creatividad. Yo soy empresario, amigo, no lo olvide. Lo mío es el dinero. Lo huelo, lo detecto. Tengo un olfato único para descubrir una fuente de millones en el talento de un desconocido. Pero carezco de la menor capacidad artística. 
—Tiene sentido. Por eso vive donde vive mientras yo me pudro en un cuchitril.
Otra vez la carcajada. El comentario quizás fuera disfrazado de broma, pero en él había encapsulado toda la frustración que acumulada como Leonardo Saurí. No obstante, ese subtexto había pasado desapercibido para el editor, que decidió interpretarlo como un jocoso chascarrillo.
—Amigo Simón, ¿puedo llamarle Simón?
—Es mi nombre, ¿no?
—Pues en ese caso, Simón, no sabe cuánto me agrada tenerlo aquí. Creo que usted y yo vamos a llevarnos bien. Pero oiga, dígame, ¿qué sucedió? ¿Vendió su alma? 
—¿A qué se refiere?
—Al sueño, ¿cómo terminaba? ¿Vendió su alma? 
       Entonces reparé en Emma, que nos observaba de pie junto a la mesa del comedor, como aguardando el final de la conversación.
—Oiga, creo que su mujer nos está esperando.
—¡Ah, fíjese, ya está la mesa puesta! ¡Vamos a cenar!
En ese momento fui consciente de una realidad que me puso la piel de gallina. 
Durante todo aquel tiempo, Emma había estado desaparecida. Ahora comprendía que había estado sirviendo la cena. Pero no era solo el machismo implícito en la situación el motivo de mi alarma. Era la actitud de la mujer. Se movía de forma automática, como si se tratara de una marioneta, o un robot, sin alma ni voluntad. Como si toda su existencia se limitase a responder a la voz de su amo. No quería pensar mal. No cuando aquella situación era tan nueva para mí. ¿Quién sabía yo de cuál era la realidad de aquel matrimonio? ¿Quién era yo para juzgarla? Sin embargo, desde aquel instante mi estancia en el ático se vio teñida de un velo siniestro que no era capaz de obviar, por mucho que me empeñase en hacerlo. Sobre todo porque, durante el tiempo que estuvimos comiendo, Emma pareció replegarse al rincón más profundo y oscuro de su interior. No abrió la boca. Apenas despegó la vista del mantel. Una simple relación de sumisión no servía para explicar el alcance de tal mutismo. Allí había mucho más de lo que se veía a simple vista, o de lo que pudiera adivinarse, y yo empecé a experimentar la urgencia de salir corriendo y escapar de aquella historia en la que, maldita sea, nadie más que yo mismo me había obligado a meterme. 
Quise buscar una excusa para ausentarme, pero no fui capaz.
Como adivinando mis pensamientos, después de los postres, Octavio, más rápido que yo, se apresuró a cortar toda posibilidad de retirada. 
—Bueno, Simón, creo que es hora de ir al grano. Ya le dijo Emma que había venido aquí porque tengo una oferta que hacerle. Y puedo asegurarle que es lo suficientemente importante como para que no sea capaz de rechazarla.
Y, qué quieren que les diga, quizás Simón Bernabé, escritor consumado, empachado de las mieles del éxito, habría tenido fuerza de voluntad suficiente para no escuchar la oferta y salir para siempre de las vida de aquellas dos personas.
Leonardo Saurí, escritor y hombre fracasado, no era capaz de encontrar un solo motivo para hacerlo. 



—¿Qué le parecen, Simón? Hable claro, hombre, no se corte. 
Durante la cena no se había mencionado ni una sola vez el libro. 
      El Despertar de las Brujas carecía de interés para Octavio Bienvenida. O eso, o daba por sentado que la conversación ya se había agotado en mi primer encuentro con Emma. En cualquier caso, resultó desconcertante. Yo me encontraba en esa casa representando un papel y, hasta el momento, no había tenido tiempo de hacerlo. Octavio había hablado generalidades sobre literatura. Intercambiamos gustos personales, pareceres sobre el proceso creativo...Podría haber sido una charla amena, no digo que no, e incluso, en el fondo, yo tendría que haberle estado agradecido por darme la oportunidad de relajarme. Y lo hubiera hecho, y me lo habría parecido, de no haberle dedicado menos de la mitad de mi atención. El resto estaba centrado en Emma, en su presencia casi fantasmal, en el aura anómala e insana que parecía rodearle. Ahora, no obstante, me encontraba en el despacho del editor, contemplando la fastuosa biblioteca, y ella se había quedado en el salón, de manera que esta vez no cabían distracciones. 
Octavio demandaba su respuesta. 
Eché un vistazo a la basta colección de libros. Se acumulaban ordenadamente en los estantes ejemplares de todos los géneros. Ediciones de todas las épocas y de todas las doctrinas. No obstante, la mirada de Octavio se centraba orgullosa en varios de los estantes intermedios, y supuse que esperaba mi validación sobre lo que quiera que hubiese entre aquellos libros. Un vistazo rápido me aclaró el vínculo temático: la brujería. Por el motivo que fuera, Octavio Benavente había acumulado toda una colección de textos referidos a la doctrina ocultista por excelencia. Estudios antropológicos más o menos serios y más o menos modernos, como Las brujas y su mundo,  de Caro Baroja, se mezclaban sin pudor ni remordimiento con tratados antiquísimos y mucho menos racionales. Entre estos últimos despuntaba por derecho propio el texto supremo sobre el asunto, el Malleus Maleficarum. Así que era eso. Octavio Benavente quería mi opinión de experto. O mejor dicho, la de Simón Bernabé. Lo que pasaba es que se daba la fastidiosa coincidencia de que yo tan solo fingía ser Simón Bernabé, y que Leonardo Saurí no tenía, ni había tenido nunca, el menor conocimiento sobre el mundo de la brujería. 
A ver cómo salvaba los muebles.
—Increíble.—fingí.—Nunca había visto una colección semejante. 
—No exagere, Simón. No tiene por qué hacerme la pelota. Sé muy bien que podría ser más completa. Estoy seguro de que, sin ir más lejos, la suya debe superar a ésta en varias decenas de ejemplares.
—¿Y qué le hace suponer eso?
—Hombre, escribir como usted escribió con tanta precisión sobre la realidad de ese mundo...O es usted mismo un brujo, o el trabajo de documentación debió ser exhaustivo. Y perdóneme si peco de excesivo racionalismo, pero me inclino por esto último.
“Si supiera...”, pensé, esbozando una nueva sonrisa que él interpretó nuevamente a su conveniencia.
—No sea modesto, hombre. Si precisamente por eso quiero hacerle una oferta. 
—¿Por mis conocimientos de brujería?
—No, por su capacidad de documentación. Por su meticulosidad exhaustiva. Es usted puntilloso hasta el extremo. Se ve en su escritura. Y eso, querido amigo, es lo que necesito. ¿Quiere uno?
Me volví hacia él para descubrir que me ofrecía un vaso de ron viejo. Me tentaba. Siempre he sido un gran bebedor. Pero a raíz del divorcio estaba bajo los efectos de ciertos antidepresivos que no solo me retrasaban hasta la frustración la eyaculación sino que me desaconsejaban abusar del alcohol. Y ya había bebido bastante vino. Así que decliné con un gesto de la cabeza. 
—¿No le gusta beber? A mi me encanta. Realmente, si le soy del todo sincero, me gusta todo lo que sea un lujo. Me gusta disfrutar de la vida. ¿Qué quiere que le haga? Es por eso que que persigo el dinero con tanto ahínco, ¿sabe? Ya se lo dije antes. Huelo el dinero. Tengo un don para extraerlo de los lugares más insospechados. A veces resulta tan fácil que incluso pienso que el destino me pone los recursos en el camino. Sí, lo sé, soy un egocéntrico. Pero oiga, es que luego pasan cosas como éstas y uno no tiene más remedio que creérselo.
—¿Cosas cómo esta? ¿A qué se refiere?
—¡A usted! A ver, se encuentra con mi mujer de manera casual justo en el mismo momento en que yo tengo entre mis manos un asunto que puede hacernos ganar millones. Dígame si no es para pensar que alguien ahí arriba, quien sea, póngale el nombre que quiera, me quiere rico y exitoso. 
—Bueno, si me dice de qué se trata ese asunto, a lo mejor yo...
—Claro, claro, discúlpeme. Me gusta darle más vueltas de la cuenta a las cosas. Emma suele decir que soy un teatrero. Me temo que tiene razón. 
En aquellos momentos me costaba creer que Emma pudiera decir gran cosa. Y mucho menos que entre aquellas dos personas existiese, no ya familiaridad, sino la cercanía suficiente como para hablar. De lo que fuera. Era cierto, no obstante, que al despedirnos para venir al despacho, Octavio había mosítrado una ternura inesperada. Se había arrodillado junto a ella, le había dicho algo al oído que no pude escuchar, y la había besado dulcemente en los labios. 
Pero eso no sirvió más que para hacerlo todo mucho más extraño.
—Verá, hace unos meses llegó a mis manos un manuscrito muy especial.—continuó.—Era una novela sin finalizar. De hecho, solo son dos o tres capítulos. Por lo visto el autor murió antes de poder terminarla. O eso me han dicho. No sé quién era, ni tampoco me importa demasiado, si quiere que le diga la verdad. Ésto es lo único importante.
Octavio rebuscó en un cajón de su escritorio hasta sacar un puñado de folios encuadernados que me ofreció al instante. 
—Tome, he sacado una copia para usted.
Cogí el cuaderno entre mis manos y le eché un vistazo rápido. No tenía título.
—¿Para mí? ¿Y qué quiere que haga con esto?
—Hágase a la idea, hombre. Es un tipo listo. 
—¿Quiere que yo termine el libro? ¿Por qué?
—Porque como ya le he dicho, mi único talento consiste en saber olfatear el dinero. Y esta novela, querido amigo, es una mina de oro. Un pozo de petróleo. Una cueva llena de diamantes. Llevo meses esperando a la persona adecuada a quien encargarle su conclusión. Lo hubiera hecho yo mismo si tuviera un mínimo de capacidad, pero no hace falta que le insista a ese respecto. Lo más parecido que hago a la labor de creación son ciertas labores de camuflaje que cada mes me permito en la contabilidad de la editorial. Eso es broma, por supuesto. Pero ya sabe lo que quiero decir. Usted es el único que puede terminar el libro. Usted es el único que puede hacernos ricos, ¿no le tienta la posibilidad?
Y tanto que me tentaba.
—Mire, el trato es muy simple. Si usted está de acuerdo en terminar el libro le daré tres meses para hacerlo. Durante ese tiempo, por supuesto, deberá dejar de lado cualquier otro asunto que pueda interferir en su trabajo. ¿Tiene familia, amigos...?
—Estoy recién divorciado. Tengo dos hijos, pero no habrá problema en...
—Bien. Quiero que respire este libro. Que se alimente de él. Que sea lo único presente en su vida durante ese tiempo. Se alojará en mi residencia de veraneo, en una casa que poseo en el sur, cerca de la playa. Ni que decir tiene que todos los gastos correrán de mi cuenta. Yo le visitaré periódicamente para revisar el trabajo y acordar el dinero que le pagaré al término, que será generoso, se lo adelanto, y el porcentaje que se llevará de los derechos del libro. En este aspecto, me temo, no puedo ser especialmente dadivoso. Pero le aseguro que su sueldo compensará el resto de sobras. En fin, esa es mi oferta. Dígame, ¿qué le parece?
¿Qué podría parecerme? Me encontraba tan excitado ante la sola idea de aceptar que hube de esforzarme en aparentar serenidad, no fuera a echar por tierra mi cobertura. Pero no solo por eso. Sí, esa oferta era justo todo cuanto había querido conseguir como escritor. No obstante, había no pocos ni banales motivos para tener suspicacias. El primero, por supuesto, era mi falsa identidad. ¿Qué pasaría si terminaba el encargo, si el libro se publicaba bajo el nombre de un escritor que no era yo? Siempre cabía la posibilidad de utilizar un pseudónimo. La idea resultaba tan rocambolesca que sentí un acceso de vértigo. El pseudónimo de un pseudónimo...Y luego estaba Emma. Su imagen apareció de pronto en mi mente, conjurada por mis temores. La veía sentada a la mesa, perdida la mente nadie sabía bien dónde, ni cuándo. Tan distante y tan desvalida...O eso me parecía a mí. Un escalofrío me recorrió por entero. Había algo siniestro en todo aquello, eso estaba claro. Sucedía algo con Emma. ¿Y yo iba a ignorar eso aceptando la posibilidad de trabajar para el que muy posiblemente era la causa de todos sus males? Y para terminar estaba el Diablo. Había soñado con Emma, de eso estaba seguro. ¿Y si esta era la oferta que quería hacerme? Por un momento creí verlo salir de entre las sombras de la biblioteca, con su traje de tweed y el bombín en la mano, arrojándome una de esas falsamente amigables sonrisas suyas. Ahí la tienes, parecía decirme. Tu oportunidad. No la dejes escapar. 
Qué importa lo que debas hacer a cambio. 
—Oiga, ¿se encuentra bien?—preguntó Octavio sacándome de mi ensimismamiento.
—Sí, sí...Disculpe. Valoraba su proposición y se me ha ido el santo al cielo. 
—¿Qué tiene que valorar? ¡Una oportunidad como ésta no se presenta todos los días!
—Lo sé, pero como le he dicho tengo dos hijos pequeños, y su bienestar es lo más importante para mí. Antes de aceptar me gustaría hablar con ellos, y con mi ex mujer, hacerle comprender que tras estos tres meses todo volverá a la normalidad...
—No, amigo, se equivoca. No volverá a la normalidad. La normalidad será un sueño lejano para entonces, porque usted será tan rico que todo habrá cambiado para siempre. Pero mire, haga una cosa. Llévese el manuscrito. Léalo con tranquilidad. Arregle sus asuntos. Yo estaré esperando su respuesta. Pero no se demore demasiado, no vaya a ser que el destino siga conspirando a mi favor y alguien más aparezca para ocupar su lugar. 
—No se preocupe, le contestaré en un par de días. 
Volvimos a darnos la mano. 
Para sellar el acuerdo y para despedirnos.



Octavio se empeñó en acompañarme hasta la puerta.
Al pasar por el salón, mientras asentía de forma mecánica a la charla del editor, busqué con la mirada a Emma, pero no la encontré por ninguna parte. Observé que la cena ya había sido recogida, y noté como se apoderaba de mí una molesta sensación de inquietud. La ausencia de la mujer, su estrambótico comportamiento, me hacían ser dolorosamente consciente de todo lo oscuro que se escondía tras la brillante oferta. Y marcharme de allí sin volver a verla, sin poder despedirme de ella, resultaba tremendamente decepcionante, casi doloroso. Era como si tan solo haber podido hablar con ella una última vez hubiera bastado para que todo mereciera la pena. Al no hacerlo, salía de allí sin nada más que piezas de un rompecabezas feo y tenebroso que ni tan siquiera sabía si quería completar. 
Justo cuando nuestros pasos nos llevaban al recibidor, el teléfono móvil de Octavio sonó insistentemente. El editor no tuvo más remedio que atender a la llamada. Un asunto urgente de trabajo, por lo que pude inferir, que lo llevó a recluirse en su despacho mientras duraba la conversación. Me quedé solo en la penumbra, notando como los contornos de los muebles iban revelándose poco a poco gracias a la luz que provenía del salón. Entonces me percaté de que Emma estaba allí. Me observaba desde la esquina, como una aparición, un alma en pena que arrastrara las cadenas de su condena. 
—¿Se marcha?—preguntó.
Su voz me produjo un sobresalto. 
No había esperado volver a escucharla hablar. Mucho menos en ese tono que era casi jovial. De pronto parecía haber despertado de su letargo, como si la lejanía del marido sirviera para romper algún tipo de hechizo. Se atrevió incluso a dar un paso al frente y dejar que la luz de las lámparas del salón perlara la oscuridad de aquellos ojos que siempre parecían al borde del llanto. Para mi sorpresa, parecía relajada. Incluso pude entrever un principio de sonrisa. Aquella apreciación fue como una brisa fresca para mi ánimo. Una sensación cálida y confortante se extendió por mi interior. 
De pronto, nada parecía tan trascendente.
Solo Emma.
—Sí,—contesté.—es tarde. Pero les estoy muy agradecido por esta velada tan...
—¿Qué le parece la oferta?
—Bueno, es muy generosa, la verdad, yo...
—¿La ha aceptado?
—Voy a pensármelo, ¿sabe? Hay cosas, que...Bueno, ciertas cosas que tendría que arreglar antes de comprometerme a tres meses intensivos de trabajo.
—Claro...
—Les contestaré en un par de días.
—Oiga, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto. Lo que quiera...
—¿Por qué lo hace?
—¿A qué se refiere?
—A escribir, ¿por qué lo hace? ¿Qué le impulsa a no desfallecer, a seguir escribiendo después de tanto tiempo?
La pregunta me asaltó como el zarpazo de una fiera hambrienta. Me sorprendió con la guardia baja y durante algunos segundos balbuceé, incapaz de encontrar la respuesta. Algo en sus ojos, en sus labios moldeados en un principio de sonrisa lánguida y melancólica, en el aura espectral que rodeaba a su figura, interrumpía mis pensamientos, me impedía acceder al papel que había preparado. Sentí la imperiosa necesidad de hablar como yo mismo. 
Como Leonardo Saurí.
—Pues...Supongo que...Lo hago porque no sé hacer otra cosa. Porque no quiero hacer otra cosa. Escribir, imaginar, crear...Es lo que soy...Es quien soy, y quien quiero ser. Nunca me he sentido más vivo que entrelazando historias, haciendo que todo encaje, viendo como poco a poco van tomando forma y escapando a tu control. Y cuando alguien lo lee, cuando el mundo al que le has dado forma pasa a ser parte del imaginario de alguien...Esa sensación no tiene precio. No es una cuestión de éxito, ¿sabe? Es...Un regalo. Como regalarle algo al universo. Como si el mismo hecho de dar a conocer tu obra lo cambiara para siempre. No sé...Hay momentos muy malos, no voy a negárselo. Momentos de duda, de fracaso...Cuando el éxito parece rehuirte...Pero no importa. Nunca importa, porque es superior a ti, porque el impulso de crear, de compartir, te supera. Es como una vocación. Da igual cuánto quieras escapar de ella, al final siempre aceptas que no quieres las cosas de otro modo. Que no puedes rendirte nunca. Que no quieres rendirte nunca. 
Al terminar mi discurso, sentí una extraña liberación. 
Era como si me hubiera hablado a mí mismo, como si me hubiera obligado a despertar y enfrentar la verdad. Sonreí pensando en que Lidia se habría sentido orgullosa. 
Y entonces ocurrió.
Lo más inesperado. Lo más sorprendente. Un gesto, un solo gesto, único y aislado, que hizo al mundo detenerse, al tiempo congelarse y todo el cosmos volver la mirada hacia nosotros. Emma vino hacia mí y me dio un beso en los labios, y por un momento creí estar flotando. 
—Disculpe, Simón. Se trataba de una llamada importante, tenía que atenderla.
La voz de Octavio vino a romper el encantamiento. 
Me volví azorado hacia él, intentando ocultar los vestigios de aquel instante. Por suerte, todo había sucedido tan rápido que Octavio no se había percatado de nada. Quise ignorar a Emma, disfrazar con indiferencia mi turbación, pero no fue necesario. Cuando volví a mirar, ella ya no estaba allí. Supuse que debía haberse retirado, sigilosa, por la puerta que se adivinaba en la pared de la derecha, y atrapado en la vorágine de emociones, no quise prestarle más atención al asunto. 
—No se preocupe. 
—En fin,—dijo, abriendo la puerta e invitándome a marcharme.—espero su respuesta.
Y entonces supe cuál era. 
—No hace falta que espere,—contesté, volviéndome hacia él.—puedo decírselo ya mismo. Voy a escribir ese libro. 
—¡No sabe qué alegría me da! Sabía que no podría rechazar mi oferta. Nadie en su sano juicio lo haría. 
—Solo déjeme un par de días para concretar los detalles con mi ex, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, le llamaré mañana e iremos cerrando los flecos, ¿le parece?
Volvimos a darnos la mano y me marché de allí como un hombre distinto, más consciente de quién era y de por qué hacía lo que acababa de hacer. No era por mí. No era por escribir. Mucho menos por el éxito. 
Era por Emma.



Esa noche tuve un sueño muy extraño.
Emma paseaba descalza sobre la hierba de un parque. Vestía un camisón amplio, una túnica holgada que el viento frío de otoño arremolinaba entorno a ella. La luz clara y cristalina de un sol recién nacido saturaba los colores vivos de las flores y los árboles, arrancando destellos cegadores a las hojas mojadas de rocío. El arrastrar de los pies no producía sonido alguno. El soplido del viento entre las ramas solo se percibía por el movimiento. Emma avanzaba arrastrando su estela de tristeza, cabizbaja y ajena al mundo, como en una procesión lenta y ensimismada. 
Yo no aparecía.
Lo observaba todo desde fuera, como único espectador, experimentando una extraña sensación de malestar. Vista objetivamente debía tratarse de una escena bucólica y serena, pero era como ver una película antigua, uno de esos filmes expresionistas, mudos y de exagerados contrastes. Por bonito que sea el momento siempre transmite un cierto desconcierto, una oscura angustia imposible de explicar. 
La certeza de que una capa de voraces tinieblas se ocultan bajo el brillo de las cosas más hermosas.



Me despertó el retumbar de un trueno.
La lluvia caía sin piedad. Debía ser por la mañana, pero no había ni rastro de sol en el cielo. El gris de aquel amanecer dejaba un cierto regusto aciago en la conciencia, despertaba extrañas alarmas en la intuición. Entonces sonó el teléfono y lo descolgué suponiendo que debía tratarse de Octavio. Efectivamente, era él. Pero el motivo de la llamada resultó ser muy distinto al esperado. 
La voz sombría del editor me comunicó la noticia que explicó la funesta premonición.


Emma había muerto. 

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