Emma (4)




No hay sensación más contradictoria que el duelo por un desconocido.

Porque eso era Emma para mí, por más que en algún momento hubiera querido convencerme de otra cosa, una auténtica desconocida. El breve período de tiempo en que nuestros caminos se cruzaron no sirvió para descubrir muchas cosas de su vida. Más bien ninguna. Mi fascinación hacia ella, por tanto, se cimentaba en una ilusión, en un engaño auto consciente que servía...¿para qué? No era capaz de precisarlo. Nunca fui capaz de precisarlo, daba igual cuánto empeño quisiera ponerle. ¿Qué sacaba de todo aquello? ¿Cuál era mi beneficio? Ninguno. Huir de mi mismo un poco más, esconderme de la realidad insoportable, de la soledad que parecía haber devorado por completo mi vida y la concepción que tenía de mí mismo como persona. Había soñado con ella, eso era cierto. Dos veces. En semejante hora de negrura una certeza como esa se revelaba clara e innegable. Antes de conocerla Emma había caminado en mis sueños. Lo hizo después, para anunciar su muerte. Sí, en la realidad perfecta de las novelas una anécdota semejante bastaría para suponernos una conexión mística. La verdad, no obstante, sucia y descarnada, era que no significaba nada. El supuesto misterio no era tal. No era necesario despejar la incógnita, ni buscar la respuesta, porque no existía. Mi sueño era una de tantas contradicciones, uno de tantos sin sentidos, chispazos sueltos en la maquinaria perfecta del universo.

Y no obstante, allí estaba yo, miserable y patético, hundido en una pena que podría ser impostada pero que, por el momento, sabía y dolía como real.

No salí de casa durante varios días. ¿Para qué? No le encontraba sentido a hacerlo. El universo se había tornado, repentinamente, un lugar oscuro, frío y desapacible. No hallaba belleza en nada. No había armonía en la cacofonía de los ruidos que me asaltaban desde el otro lado de la ventana. No encontré otra opción que sumergirme en lo profundo de la auto compasión, saliendo de ella tan solo para responder a las llamadas de teléfono de mis hijos. Mi ex mujer había entendido sorprendentemente bien la necesidad de aislarme durante tres meses, pero eso no quería decir que dejara de atender a sus intentos de mantener el contacto con el chiflado de su padre. Sus voces eran el único hilo que me mantenía atado a la cordura. En aquellos momentos incluso dudé de que la oferta de trabajo se hubiera producido. La achacaba a una ilusión. Probablemente había soñado con ello, como con todo lo demás. Quizás algún día abriría los ojos, me despertaría y encontraría mi vida intacta, brillante e impoluta, y yo volvería a ser el tipo feliz que nunca había sido consciente de haber sido.

 Entonces, una mañana, la voz de Octavio Benavente al otro lado del teléfono vino por segunda vez a corroborar la penitencia.
 --Buenos días, señor Bernabé. Deberíamos vernos.

 La voz sonaba aséptica.
Era el sonido de un hombre roto que se esfuerza por ocultar su dolor bajo un denso muro de, no sé bien de qué, quizás de nada. No obstante, transmitió a la perfección el mensaje. Nada había sido un sueño. Mi vida seguía echa pedazos.

Y yo, que semejaba caminar, respirar, y todas las funciones que podían hacerme parecer alguien vivo, no era sino un hombre muerto por dentro.



--Perdone que no le haya contactado antes. Como comprenderá no han sido días fáciles.

 La cita tuvo lugar en una cafetería del centro.

 Era un antiguo obrador que había sido modernizado con idea de reflotar la clientela. La madera oscura que revestía las paredes convivía con expositores de metal pulido, y los cafés de nombre italiano y los cupcakes habían robado el sitio a los churros y el chocolate caliente. Octavio y yo nos sentábamos frente a frente en una mesa redonda, al fondo del local, en un rincón anegado de sombras. Era media tarde, y no había más gente a nuestro al rededor. Llovía, para variar, y las nubes grises convertían la escasa luz en una mortaja triste que se filtraba sin ganas ni gracia por los ventanales, revelando a duras el penas el huraño contorno de los muebles. Ante Octavio, una taza de café. Yo no había pedido nada. El tipo debía esforzarse para levantar la mirada quebradiza y vidriosa, que tendía a hundirse en el suelo al menor descuido. Todo su aspecto de triunfador, su simpatía insobornable, se hallaban secuestrados bajo un ánimo sombrío y un rostro demacrado.

 --No se preocupe, lo entiendo perfectamente. No soy capaz de imaginarme por lo que...
 --Si le digo la verdad, esperaba haberlo visto en el entierro.
 --Bueno...no voy a mentirle...Pensé en acudir pero, entiéndalo, son momentos íntimos. Preferí no inmiscuirme en su dolor, como muestra de profundo respeto.

 Octavio me sostuvo la mirada. De alguna manera parecía evaluarme, como si pretendiera descubrir mi mentira.
 --Oiga, yo...Creo que no se lo he expresado, pero le doy mi más sentido pésame. Ha sido una tragedia. Una verdadera tragedia.
 --Gracias... Muchas gracias. Sí que lo ha sido. Emma era toda mi vida. Toda.
 --¿Puedo...Puedo preguntarle cómo...?
 --¿Cómo murió?
 --Sí...Si no es mucho preguntar...
 --Los médicos han concluido que se le paró el corazón. La encontré sin vida, en la cama. Se echó a dormir y ya no se despertó...--La voz hizo amago de rompérsele, pero enseguida supo recomponerse.
 La imagen del cuerpo inerte de Emma asaltó mi mente en un fugaz destello. Por un segundo pude verla tirada sobre el colchón, el cuerpo lacio, el hermoso rostro instalado en una mueca de infinita serenidad, la mirada perdida ya sin remedio. La belleza fría y calma de la imagen me despertó una sensación desagradable, casi sórdida. Un escalofrío incontenible y un acceso de llanto que pude contener a duras penas me devolvieron a la conversación.
 --Siento...--continuaba Octavio.--Siento un profundo dolor y un vacío muy grande que no sé si seré capaz de llenar alguna vez.
 --Lo hará, estoy seguro de ello.--Mentí, tan metido como pude en mi papel.-- Solo necesita tiempo.
 --No, no es cuestión de tiempo. Da igual cuántos años pasen, Emma ya no estará con nosotros. Ya no estará conmigo. Y usted no tiene ni idea de lo que se siente.
 Octavio escupía las palabras con hostilidad mal disimulada. Cada palabra, lo quisiera o no, resultaba un dardo directo a mi corazón. La conversación comenzó a hacerme sentir incómodo, y él debió darse, porque enseguida cambió de actitud. Al menos trató de disimular la inexplicable animadversión que, de buenas a primeras, me profesaba.
 --Disculpe, eso...Eso no ha sido justo. Son muchas emociones que procesar...
 --No se preocupe, demasiado bien lo está haciendo. Yo en su lugar estaría hundido.
 --Lo estoy, créame, lo estoy. Pero no sirve de nada rendirse al dolor. Quiero luchar con todas mis fuerzas. Hacer que mi vida sirva como homenaje a ella. Y por eso le he hecho venir.
 --Disculpe, pero no lo entiendo...
 --Mire, no le voy a engañar más, no tiene sentido hacerlo. Sé perfectamente que su nombre no es Simón Bernabé.

La revelación, como pueden imaginarse, me golpeó en la cara con la fuerza de un ariete, haciendo tambalearse todas mis defensas. Traté a la desesperada de mantener las apariencias, "¿Qué está diciendo, por supuesto que...?" Pero fue inútil. Mi tapadera había sido descubierta, y a mi no me quedaba otra que revelarme como yo mismo. Como Leonardo Saurí. Como el tipo inseguro y aterrorizado que era. Me temblaba el cuerpo entero. De pronto no sabía dónde poner las manos, ni que postura adoptar sobre la silla.
 --No intente negarlo. Sé la verdad. La he sabido siempre. Emma la sabía.
 --¿Qué...?
 Me sentía desnudo, desamparado. Y comencé a experimentar el efecto de una humillación profunda, de un menosprecio infinito. Me entendí entonces objeto de un juego innecesariamente cruel que lo era, sobre todo, por la participación de Emma.
 --¿Y por qué...? ¿Qué pretendían...? ¿Qué clase de broma...?
 Todas mis preguntas morían sin germinar. Las palabras se enredaban en un balbuceo ininteligible, entorpecidas por una mezcla difícil de digerir y manejar de ira y vergüenza.
 --Tranquilícese, hombre. No le estoy acusando de nada. Imagino perfectamente qué clase de impulso le llevó a intentar una maniobra tan burda. Emma era una mujer increíblemente atractiva. No puedo culparle por querer llamar su atención. Pero no, no me he citado con usted para humillarlo. Más bien para pedirle ayuda. Le hice una oferta de trabajo, y no busco si no reafirmarla.
 --Perdone, pero esto es todo demasiado confuso...Yo...Yo no entiendo...
 --Claro, normal, pero lo hará si me permite explicarle.
 --¡Adelante!
 --Mire, el motivo por el que conocíamos la verdad sobre su identidad es porque Simón Bernabé jamás ha existido. No es cierto, miento, sí que lo hizo, pero bajo otro nombre y otra apariencia. Simón Bernabé era un pseudónimo de Emma. "El Despertar de las Brujas" es obra suya. Su primera y única novela.

Otra revelación. Otro golpe. ¿En qué clase de extraña historia me había ido a meter mi inconsciencia?
¿De qué entierro ajeno había ido a robar una vela?
 --Por mucho que usted haya llegado a admirarla, o crea haberlo hecho, no puede ni empezar a hacerse una idea de lo que supuso descubrirla, de la sensación tan pura, tan abrumadora, que conllevó leer aquel manuscrito...Y luego, al conocerla a ella, esa fascinación instantánea que era capaz de despertar en cualquiera...Ahí sí, ahí creo que puede comprenderme. Entenderá también que a medida que nuestra relación avanzase yo cayese profundamente enamorado de ella. Emma, y perdone mi crudeza, pero eso usted no podría haberlo sabido jamás, tenía la capacidad de enredarse en cada fibra de tu ser, en cada hueso, en cada célula...En cada pensamiento. Conocerla era adentrarse en una cueva sin fin, oscura y misteriosa, pero también repleta de una cantidad insondable de maravillas.
 El tono quizás no fuera ya ofensivo, pero cada una de sus insinuaciones sobre mi falta de cercanía con Emma revelaba una realidad desagradable y era, sobre todo, un recordatorio de lo que ya nunca podría ser.
 --Pero, ¿por qué usar el seudónimo? Si era tan buena...
 --Porque había mucho más en ella de lo que se veía a simple vista. Emma sufría de un trastorno bipolar. Su mente brillante era al mismo tiempo frágil y quebradiza. En los momentos peores podía perderse en sus delirios, y yo no podía permitir eso. Usar el seudónimo fue una manera de protegerla de sí misma. Cuando su imaginación volaba libre...La llevaba tan lejos que muchas veces tenía miedo de perderla para siempre, no sé si me explico.
 --Sí, creo que sí...
 --Desde la publicación del libro pasaba la mayor parte del tiempo medicada. Los anti depresivos la mantenían estables, pero a a la vez aniquilaban su creatividad.
 De manera que ese era el origen de de su desapego, de esa especie de distancia que parecía haber establecido entre ella y la realidad. Y posiblemente, también de su muerte. Estaba medicada. El misterio de Emma había obtenido respuesta, pero era tan triste, tan desoladora, que me hizo desear no haberlo sabido. De haber permanecido siendo una incógnita, yo podría seguir recordándola bella y distante, como una figura idealizada, casi mitológica.
 Ahora, no obstante, me embargaba una pena insoportable.
 --¿Por eso volvía siempre a ese libro, como recordatorio de lo que fue?
 --¿Volver a ese libro? ¿A qué se refiere?
 ¿Sería posible que no lo supiera, que no tuviera ni idea de que Emma volviera día tras día a buscar el único libro que publicó? ¿En ese caso, qué razones tenía Emma para ocultárselo? A lo mejor yo estaba llevando las cosas demasiado lejos y sí, fuera posible que él lo supiese, pero que en aquellos momentos su mente, ya harta de pelear para asimilar la tragedia, sufriese lapsos de memoria. En cualquier caso, por algún tipo de intuición que no puedo explicar, y que en base a váyanse ustedes a saber qué extraño arrebato de confianza en mi instinto decidí no cuestionar, opté por obviar el asunto.
 --No...No...No me he explicado bien, disculpe. Lo que quería saber es si no anhelaba su labor creativa. Es decir, cuando uno tiene esa pulsión...
 --¿Emma?
 --Sí, claro.
 --No, no, en absoluto.
 --¿Cómo puede estar tan seguro?
 --Porque ella sabía que el precio era demasiado alto. Verá, hará cosa de un año, decidió dejar de tomar la medicación. En aquel periodo de tiempo su creatividad se disparó de nuevo. Incluso volvió a escribir. A escondidas, claro. Para cuando quise darme cuenta ya era demasiado tarde. Desapareció durante semanas. La encontramos viviendo en la calle, farfullando frases inconexas, apelando al diablo y comiendo directamente de la basura...

Octavio encogió la mirada al relatar el episodio.
 La voz no le había temblado, pero el gesto había servido para delatar el dolor provocado por el recuerdo. Yo no lo había vivido y, aun así, sentí una punzada similar, como una puñalada en el costado que me atravesase en dos el corazón.
 --Durante ese tiempo...Hizo cosas que...Mejor no recordar, hágame caso. Desde entonces tomó la medicación religiosamente, y abandonó para siempre sus delirios literarios. No obstante, yo me sentía culpable. Sentía que la había apartado de su verdadera vocación. Cuando leí lo que había escrito durante ese tiempo...Eran tan solo un par de capítulos, pero tan brillantes que enseguida supe que debía terminar la obra en su nombre y publicarla como homenaje a ella.
 --¿Y ahí es cuando yo entro en juego?
 --Exacto. Una pura cuestión de casualidad. Pero lo cierto es que cuando leímos el manuscrito que le dio a Emma, supongo que con la finalidad de impresionarla, supimos que era usted el adecuado para continuar el trabajo. Y lo sigo pensando. Es usted un escritor excepcional. Quizás no llega a alcanzar la brillantez de Emma, pero se le acerca mucho. Eso es lo importante, créame. El pequeño asunto de su identidad...Bueno, achaquémoslo a un arrebato creativo. No vamos a dejar que una minucia como esa entorpezca una relación laborar que puede llegar a ser tan fructífera.
 --¿Quiere entonces que siga haciéndome cargo del trabajo?
 --Por supuesto. Ahora más que nunca. Cuando termine, el manuscrito se publicará con su nombre y con el de Emma. Será el homenaje definitivo. El mundo conocerá por fin su valía. ¿Qué me dice? ¿Está de acuerdo?
 No tuve que pensar la respuesta. Surgió sola, con el aire que expiraba.
 --Por supuesto.
 --En ese caso, empecemos cuanto antes. No hay mejor remedio para el dolor que mantenerse ocupado. Si está de acuerdo, mañana mismo saldremos hacia el sur.
 --Perfecto, no hay problema alguno.
 --Nos encontraremos aquí mismo, a primera hora. Descanse bien esta noche. A partir de mañana lo quiero en plena forma. Necesito que se entregue al máximo. Durante los próximos meses no existirá para usted nada que no sea la novela, ni tendrá otro objetivo que no sea honrar a Emma. Será como si su fantasma estuviera rondándole, día y noche. ¿Está preparado para eso?
 --Por supuesto.

 Y creía estarlo.
 La más plena convicción había guiado mis palabras. Observándolo desde un punto de vista puramente racional, aquel asunto extraño y desafortunado era también una oferta de trabajo imposible de rechazar. Pero al mismo tiempo, apelando al plano más sentimental e irracional que había dominado mis acciones desde el mismo momento en que decidí mentir sobre mi nombre, era una manera de enmendar mis errores, de hacer honor a Emma y darle sentido a aquel sueño que comenzara todo. No había manera, por tanto, de rechazar aquel trabajo. No si quería ser fiel a mí mismo de una vez por todas. Lo que no comprendía entonces era en qué magnífico experto había llegado a convertirme en el arte de mentirme a mí mismo.
 No estaba preparado.

Jamás, ni en mil años, ni contándome con mis mejores facultades, físicas y mentales, habría estado preparado para lo que vino después.




Al día siguiente volví a encontrarme con Octavio en el café.
 Acudí a la cita con una incómoda mezcla de excitación y suspicacia. Por una parte, la perspectiva del nuevo trabajo, que por primera vez en mi vida estaba relacionado con mi pasión por la escritura, me mantenía ansioso. Por otra, no lograba sacudirme la sensación de estar sumergiéndome de lleno en una historia demasiado oscura y demasiado enigmática. Había demasiadas aristas, demasiadas incógnitas sin respuestas. De haber tenido en cuenta la preservación de mi salud mental, lo más sensato hubiera sido mantenerme alejado de todo aquello.

 Hicimos el camino en silencio, y la verdad, lo agradecí. La noche anterior al viaje ya había sido lo suficiente turbulenta. Mi mente había provocado todo el ruido necesario para que no pegara ojo. El desvelo en que me había instalado mantenía mis sentidos en un estado de alerta constante. Mis ojos dibujaban figuras en la oscuridad. Mis oídos arrancaban sonidos a la noche. Por momentos, incluso creí ver la figura grácil de Emma observándome desde las sombras, flanqueada por el bulto siniestro del diablo en traje de tweed. La mirada burlona, hiriente, pese a inexistente, me atravesaba y ma congelaba la sangre en las venas, contagiándome una funesta sensación que no fui capaz de sacudirme en toda la noche. Ni siquiera cuando, por breves minutos, la cabeza se me deslizó a la inconsciencia para ver en sueños a la mujer de pie entre libros, alumbrada por la tenue luz de la librería, justo como la encontré en nuestro primer día, en nuestro primer sueño. Aquella vez, no obstante, levantó la cabeza para mirarme, o eso creía yo, e incluso en sueños sentí como al contacto del profundo abismo de los ojos un cosquilleo de mil emociones distintas me alteraba las entrañas. Luego habló, o al menos movió los labios para decir algo, pero si hubo sonido, desde luego yo no fui capaz de apreciarlo, y su mensaje, fuera el que fuese, permaneció mudo. Muerto.
Como ella.


Tampoco durante el trayecto fui capaz de librarme del peso de aquella sensación. Por suerte, sumido en sus propios pensamientos, Octavio conducía en silencio, y yo podía perder la mirada en el cambiante paisaje. En las montañas que la lluvia iba diluyendo en llanuras, en los rayos furtivos de sol que derramaban su bronce sobre las ramas peladas de los árboles.

Por fin, la línea azul del océano se dibujó en el horizonte. Junto a ella, el blanco laberinto de aquel pequeño pueblo gaditano. El otoño y la lluvia habían vaciado las calles de paisanos, también de turistas. El pueblo mostraba una estampa fantasmal, triste y desoladora, un punto inquietante, como si fueran ejércitos de espectros sus habitantes y observaran desde las esquinas, esperando el momento para caer encima de aquel que tan ingenuamente fuera a adentrarse en los límites del lugar. Subimos una enorme cuesta, flanqueamos líneas de lánguidas palmeras, y el coche se detuvo ante una casa de aspecto antiguo y señorial. Octavio me tendió entonces la llave.

 --Aquí tiene. Durante los tres próximos meses será toda suya. Yo iré viniendo de cuando en cuando a supervisar el trabajo, pero no quiero molestarle, así que las visitas serán escasas, no se preocupe. Adelante, baje y acomódese. Y empiece cuanto antes. Tiene un trabajo que hacer y estoy poniendo en usted mi plena confianza.
 --No se preocupe.--contesté con aplomo, tomando la llave.--Le devolveré con creces esa confianza.
 --En ese caso, discúlpeme, pero debo partir hacia Málaga. Me espera allí una reunión importante.

No hubo más palabras.
Bajé del coche, saqué mi maleta del maletero, y corrí hacia la puerta. El balcón que sobresalía del primer piso me sirvió de resguardo para el aguacero mientras peleaba por introducir la llave en la envejecida cerradura. La hoja se abrió quejumbrosa, arrastrándose lentamente, y dejó al descubierto un zaguán anegado por tinieblas. Al fondo, un ventanal que debía dar a alguna clase de patio interior alumbraba una silla de enea. Y sentada en ella, leyendo con parsimonia, ajena a la apertura de la puerta, distinguí a Emma.

La visión me provocó un sobresalto.

Sentí como el corazón se me aceleraba hasta el punto de amenazar con estallar en pedazos. La sorpresa me atenazó las extremidades, y mi mente zozobró en busca de posibles respuestas. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Era otro juego, otro engaño? El estupor me impedía pensar con claridad. Entonces, como queriendo despejar mis dudas, Emma se puso en pie, me dedicó una mirada oculta entre sombras, y caminó hacia una puerta cercana. Luego desapareció al otro lado. Corrí en su busca y no encontré más que una habitación vacía, un dormitorio sumido en la más perfecta quietud.

Y con un pellizco de terror retorciéndome las entrañas asumí que no cabían más posibilidades: o había perdido la cabeza definitivamente o había visto el fantasma de Emma.



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