Daniela Zarco y las Tres Vidas de Elías Gris. Capítulo I: Desmontando a Elías Gris.
Dentro de poco ésta será la historia de una muchacha y de un tipo que lo desconoce todo sobre si mismo enfrentados a las huestes de un dios. Ahora mismo, sin embargo, es la historia de un primer día de trabajo. O cómo se llame lo que estaba a punto de empezar para Dani Zarco aquella mañana de principios de verano.
Una brisa marina, fresca y apacible, había venido a sosegar el calor pegajoso de los últimos días y, en consecuencia, la Calle Larios, arteria principal de la ciudad, rebosaba de vida. Ya pueden verlo. Turistas y paisanos entremezclaban sin pudor sus ritmos distintos. Había músicos callejeros que ponían banda sonora de jazz a la mañana, caricaturistas descarados, mimos, payasos y vendedores de cupones. Y en medio de este mar de humanidad, Daniela Zarco, esta chica de rostro afable y larga melena negra, este proyecto de mujer de ojos soñadores y mirada serena, había decidido ser una isla solitaria. Ahí estaba, sentada con las piernas cruzadas sobre un banco de piedra, barajando, repartiendo y volviendo a recoger las cartas de un tarot antiguo y algo descolorido al ritmo de Imagine Dragons, que sonaban a más volumen del aconsejable en los cascos del Smartphone. Nada de cuanto sucedía a su alrededor parecía importarle demasiado. Ni tan siquiera el mimo disfrazado de cowboy que algo más allá hacía las veces de estatua. Y sin embargo, más nos valdría fijarnos en él porque será de su mano que entraremos de lleno en nuestra historia.
La estatua humana componía una pose a medio camino entre lo chulesco y lo simpático. Un grupo de personas congregadas ante él observaban su total inmovilidad y de cuando en cuando, algún alma caritativa se acordaba de echar una moneda en el sombrero que descansaba boca arriba delante del pedestal donde estaba subido. Solo entonces se permitía cambiar el peso del cuerpo de una pierna a otra y saludaba al respetable haciendo como que disparaba con los dedos. En ese momento los niños reían y los adultos aplaudían con entusiasmo. Pero ahora háganme el favor y vuelvan la vista hacia el cielo. ¿Ven el pañuelo rojo que viene hacia aquí, arrastrado por la brisa? Sobrevuela las cabezas de los viandantes sin que ninguno se percatase de ello. Se cimbrea a capricho de la brisa, pero parece tener un rumbo fijado e invariable, como si supiera perfectamente a dónde se dirige, o estuviera siendo controlado por alguien. Y el objetivo resulta ser, miren por donde, la cara del cowboy. Sorprendido en pleno cambio perdió el equilibrio y fue a caer de espaldas al suelo ante la mirada pasmada del público. La caída, como es normal, despertó ganas de risa que, si no terminaron de cuajar, fue porque los espectadores quedaron atónitos ante lo que vino a suceder a continuación: el pedestal se abrió como un cofre y un hombre salió de él.
El tipo no era muy grande, eso es cierto, pero de ninguna manera hay forma racional de entender que cupiera dentro de un espacio tan reducido. Ni es lógico pensar que hubiese una escalera subterránea que atravesase desde algún lugar en el subsuelo hasta el pedestal de un mimo cualquiera que, por otro lado, parecía tan asombrado como los demás. Para colmo, el recién llegado vestía con envidiable elegancia una extraña mezcla de sport y frac, en la que era imposible apreciar la más mínima arruga. Descartada por tanto la hipótesis del contorsionismo. Y como dedicaba al respetable, no sin cierta arrogancia, ademanes teatrales, rayanos casi en la burla, ya pueden imaginarse la reacción de la gente. Silencio y desconcierto a partes iguales. Algún aplauso aislado y no demasiado entusiasta cuando el extraño llevó a cabo una reverencia con la que daba por finalizado su número.
La escasa aceptación le llevó a componer un gesto de disgusto que, dicho sea de paso, no desentonaba en el rostro cetrino y arrugado que parecía guardar un rencor permanente y profundo hacia el resto del mundo. Se dirigió hacia un niño que lo observaba con curiosidad, un rubito de piel blanca, posiblemente inglés, o alemán, y sin el menor rastro de simpatía hizo como si sacase algo desde detrás de la oreja del chaval. Seguramente, éste esperara que al abrir la mano el mago le ofreciera una gominola, o incluso una moneda, o cualquier otra cosa igual de emocionante. Normal, ya se sabe cómo funciona la ilusión en todos los niños del mundo. Pero éste, como ya podemos hacernos a la idea, no era un mago cualquiera. Y la ilusión parecía importarle un comino, porque lo que apareció al abrir la mano fue una pequeña explosión, como de un petardo, que de pronto tomó la forma de un ser monstruoso y rompió a rugir hacia el público. La gente, asustada, se desperdigó por la calle en un santiamén. Acto seguido la ilusión se desvaneció en el aire dejando tan solo cómo recuerdo el llanto del pobre chaval, al que su madre se llevaba en brazos, y la sonrisa torcida, cruel, del extraño.
El cowboy, tan asustado como el resto, no se atrevía a mirar al usurpador. Mucho menos hubiera sido capaz de enfrentarse a él. Por suerte, Daniela había corrido a socorrerlo y gracias a ella ahora había terminado de recoger todos sus bártulos, lo que le permitió largarse de allí como alma que lleva el diablo. Una reacción normal. El tipo, al fin y al cabo, era humano. Lo que ya no era tan normal es que, en todo este tiempo, Dani Zarco no hubiera mostrado el menor rastro de sorpresa. Observaba la situación con el desapego y la falta de entusiasmo de quien contempla lo cotidiano. La respuesta, observen, viene dada por la familiaridad con que el mago se dirigió a ella.
—Malditos guiris. Éste es el problema de este país. Que les ponemos todo en bandeja a los extranjeros. Y estos por lo menos son gente de bien, que se gastan su dinero, no como esa escoria inmigrante que viene aquí a quitarnos el trabajo y terminan todos metidos en la delincuencia. Pero bueno, para eso se inventó el ilusionismo.
—¿Para asustar a los niños?—contestó Dani recogiendo sus cosas.
El mago le dirigió una mirada severa desde sus diminutos ojos grises, dos manchas acuosas que apenas destacaban en el contraste compuesto por el color aceitunado de la piel, la nariz aguileña y la media melena plateada. Quizá por eso la chica pareció ignorarlos por completo. O a lo mejor es que realmente, le daban igual.
—No, listilla. Para ocultar a los indignos la verdadera magia. La gente se asusta ante lo inexplicable. Les da verdadero terror todo aquello que los aparte de la vulgaridad de sus rutinas, o les haga pensar un poco. Esta es tu primera lección: la mayor parte del género humano es una masa ignorante e indolente que se regodea en el sufrimiento y la apatía. Y ahí si que no hay distinción entre nacionalidades.
—Déjame adivinar, y para eso se fundó la Sociedad, ¿verdad? Para abrirles los ojos.
—No. Se fundó para acoger a los pocos escogidos capaces de apreciar las verdades del universo.
—Mucho mejor entonces.
El tono marcadamente irónico despertó la suspicacia del mago que, por un momento, supuso estar siendo objeto de mofa. Después decidió aplacarla porque estaba hablando con una niña. Era imposible que se atreviera si quiera a burlarse de él. Se equivocaba, por supuesto, pero no vamos a ser nosotros quiénes se lo digamos. En cualquier caso, la chica terminó de guardar el Smartphone y los cascos en una pequeña mochilita que lleva a la espalda y, con las cartas del tarot aún en las manos, simuló ponerse en posición de firmes.
—Daniela Zarco se presenta al servicio, señor.
—En ese caso, sígueme. Nos queda mucho por hacer. Y guarda ese tarot.
—Si no sirve para nada, es un regalo de...
—Me da igual lo que sea, llama demasiado la atención.
—En ese caso, sígueme. Nos queda mucho por hacer. Y guarda ese tarot.
—Si no sirve para nada, es un regalo de...
—Me da igual lo que sea, llama demasiado la atención.
La extraña pareja echó a andar calle abajo, zigzagueando entre el hormigueo de la miríada de personas. La chica, que era casi más alta que el Mago, parecía tener problemas en seguirlo. El tipo se movía con endiablada agilidad y ella, pueden verlo, todavía arrastraba los pies con la atolondrada dejadez de la adolescencia.
—¿Llamar la atención?—sigue elevando la voz para que el veloz mago puediera oírla. —Sí, vamos. Como si tú no la hubieras llamado ya demasiado. ¿A qué ha venido esa entrada?
—Esa es tu siguiente lección, Daniela Zarco: nunca desprecies el poder de la sorpresa. Una entrada teatral siempre desequilibra las fuerzas cósmicas. Llevar la ventaja las decanta hacia tu lado.
—Además de acojonar al personal, claro. ¿A eso te dedicabas cuando eras el Gran Philantus? Ya sabes, el teatro y todo eso...
El mago se detuvo de golpe y se volvió hacia Dani. Esta vez no se esforzó en aplacar la ira que agrandaba formidablemente la presencia de su mirada implacable.
—Yo soy y siempre seré el Gran Philantus. No necesito el teatro para ser el mejor de entre todos los magos. Y ahora escúchame bien. Te aguanto por deferencia hacia tu padre. Y yo no soy demasiado dado a sentimentalismos, los considero una carga. Una losa de la que más vale desprenderse cuanto antes. Así que no tientes a la suerte o tú serás el primer lastre del que me deshaga. No olvides una cosa: si te ha asignado a mí, si me han hecho el inapreciable favor de tener que cargar contigo, es porque soy el mejor. No encontrarás a nadie más capaz ni más duro que el Gran Philantus en ninguno de los países en los que está presente la Sociedad. Más te vale respetarme porque, de lo contrario, tendré que obligarte a hacerlo. Conozco hechizos haitianos capaces de convertirte en una zombie, un ser sin voluntad, completamente a mis órdenes. Los días se convertirán para ti en una agónica existencia, serás una mente plenamente consciente atrapada en un cuerpo decrépito, un mero deshecho de lo que alguna vez fue un ser humano. No podrás gritar, no podrás correr. Tan solo aguantar día tras día viendo como respiras sin querer hacerlo y como obedeces a todos y cada uno de mis designios. ¿Tengo que recordarte las palabras de tu padre? “Esa muchacha se parece demasiado a su madre, Philantus. Demasiado. Haz lo que sea necesario para enderezarla.” Lo que sea necesario. Así que más te vale guardar ese maldito tarot, seguirme en silencio y aprender de una vez todo lo que tienes que aprender, ¿está claro?
Dani asintió con un leve movimiento de cabeza. Como si pudiera hacer otra cosa. Hubiera querido responder. Mantener las cartas en las manos o incluso salir corriendo y mandar todo aquello al diablo. Pero no lo hizo. Principalmente porque la mirada lobuna de Philantus había conseguido asustarla. Maldita sea, casi lo ha hecho con todos nosotros. Pero también porque la sola mención de su padre bastó para reprimir cualquier atisbo de voluntad propia, o eso nos parece, a juzgar por el melancólico velo que en consecuencia ahogó el brillo de rebeldía en los ojos oscuros. Así que guardó las cartas en la mochila y caminó tras él resignada. Ya ven. No se le puede culpar por no querer convertirse en zombi.
Philantus se detuvo junto a una señal de tráfico, ante la entrada de una pequeña calleja que nacía perpendicular a la calle principal. Mucho menos concurrida, aunque llena de tabernas, los saludó con una mezcla de aromas a humedad y vino.
—Bien, atenta. Ahí viene nuestro objetivo. Puntual como un reloj.
Dani, que se paró junto al mago, siguió la mirada de éste hasta dar con un hombre trajeado que aparcaba su Harley Davison a la puerta de un antiguo edificio de aspecto lujoso. Rondaba la cuarentena y era bien parecido. Se movía con inequívocos aires de triunfador y una seguridad aplastante.
—Vale, ¿y qué hacemos? ¿Vamos hasta él y le damos una paliza?
El mago, que no captó, o no quiso captar, la ironía que parecía brotar de la voz de la muchacha aun sin proponérselo, volvió a esgrimir, como relamiéndose, su afilada sonrisa.
—Me encantaría. Pero tengo que seguir las malditas reglas. La Sociedad se toma muy en serio estas cosas.
—Aunque a ti no te haga mucha gracia...
—En ocasiones, Daniela, ceñirse a las reglas es un síntoma de debilidad.
El hombre trajeado entró en el edificio, perdiéndose por completo de vista.
—Bueno, pues, ¿ahora qué hacemos?—preguntó Daniela.— ¿Pedimos a su secretaria que nos anuncie como dos magos de una sociedad de adoradores de un dios egipcio? El tipo es arquitecto, ¿no? Siempre podemos decirle que venimos a pedirle que nos diseñe un templo...
—¿Qué te he dicho antes de las entradas dramáticas?
—¿Qué ayudan a equilibrar las fuerzas a tu favor?
—Efectivamente.
—¿Qué ayudan a equilibrar las fuerzas a tu favor?
—Efectivamente.
Y antes de que pueda darse cuenta, Dani se encontraba en el despacho del arquitecto. No sabía como lo había hecho Philantus, pero tampoco le extrañaba demasiado. Ya sabemos que estaba acostumbrada a este tipo de cosas. Aunque esta vez despertó su curiosidad el hecho de haberse desplazado, no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Al otro lado del escritorio de madera al que están sentados, el hombre trajeado estaba hablando por teléfono. Por tanto, le había debido de dar tiempo a subir y acomodarse. Estaba vuelto hacia el enorme ventanal por el que se filtraban una vista colosal del puerto y un caudal incontenible de luz que perfilaba y daba consistencia a los contornos de este habitáculo de moderno diseño y elegante apariencia. El tipo, por tanto, no se había dado cuenta de nada. Siguió hablando por el móvil, enredado en la negociación de un nuevo proyecto. Por fin se despidió, y colgó haciendo un gesto triunfal con el puño. Dio la vuelta a su silla para situarse frente a la gigantesca pantalla del Mac que reposaba en el escritorio y, ahora sí, se encontró con los dos extraños.
Pónganse en su lugar. Una chica adolescente que le sonríe. Un hombre de mediana edad que lo observa con granítica expresión. Y el arquitecto que deja escapar un grito de terror y se sobresalta perdiendo el equilibrio en la silla.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo han entrado aquí?
—No se alarme, por favor. Somos...
La explicación amistosa que Dani pensaba ofrecerle se cortó de manera tajante con el expeditivo gesto de la mano de Philantus. Sin siquiera mirarla, su autoridad resultaba inapelable.
—Verá, señor Gris...Porque es usted el señor Elías Gris, ¿no es cierto?—El arquitecto asientió con la cabeza.—Bien. Mire, va usted a permitirme que vayamos al grano. No tengo demasiado tiempo, ni ganas, para andarme con tonterías. Así que escuche bien: no nos ha dejado pasar nadie, ni somos un par de clientes, si es eso lo que se está preguntando. Hemos aparecido en su despacho para decirle que toda su vida es una colosal mentira. Que usted, Elías Gris, reputado arquitecto, dueño de una de las firmas punteras del país, no existe, no es más que una ilusión. Un error del universo que hemos venido a solucionar de la manera más expeditiva posible.
La confusión reflejada en el rostro del tal Elías fue desapareciendo a medida que Philantus desgranaba su explicación. Y para cuando llegó la pausa solo quedaba ya una burlona sonrisa, porque el arquitecto había decidido que todo debía tratarse de una broma.
—¡Ya claro! Muy bueno, sí, señor. ¿De quién ha sido idea esto? ¿De Hinojosa? ¡Ese tío es increíble! Su capacidad de inventiva es insuperable. De todas maneras, con todos mis respetos, nada supera la broma del retrete de la cena de empresa de las navidades pasadas. ¡Qué cara puso Velarde! ¡Aún nos reímos de eso!
—¿Perdón? ¿Qué quiere decir? Le aseguro que...
—Miren, señores. Es una broma muy divertida, y siento de veras no poder dejarles terminar su actuación. Pero soy un hombre ocupado y justo ahora iba a...
—Iba a tomarse un café. Lo sabemos, señor Gris. Igual que sabemos que le gusta con un leve toque de vainilla, o que todos los días escucha nada más llegar al trabajo el single de “Hey Jude” que compró en vinilo en el mercado de Camden. Igual que le gusta almorzar en la taberna del otro lado de la acera donde le guardan cada día su mesa predilecta y le sirven de acuerdo al planing que usted se encargó de hacerles llegar junto con un fajo de billetes de propina. Igual que sabemos que todas las noches, antes de dormir, reza un Padrenuestro tan solo por miedo a pensar que las cosas pudieran salir mal si no lo hiciese. Sí, señor Gris. No solo sabemos que es usted un hombre de costumbres. Las conocemos todas y cada una de ellas.
Elías tensó la espalda. El asombro inicial dejó paso a la indignación. La broma, si es que resultaba serlo, ya no tenía ni pizca de gracia.
—¿Cómo demonios...?
—¿Conocemos tantos detalles de su vida? Los hemos leído. Precisamente eso venimos a decirle, señor Gris. Que no es usted más que un fraude. Un personaje. Una invención.
—¡Ya está bien! ¡He escuchado suficiente! ¡Váyanse ahora mismo de mi despacho!
Elías Gris se puso en píe, colérico. Pero pese a toda su determinación, no llegó a dar un paso más allá del escritorio. El Gran Philantus resopló impaciente y chascó los dedos. En ese momento la cuerda de la persiana de tablas recogida en la parte alta del ventanal cobró vida y se lanzó hacia el arquitecto, enrollándose en torno a su cuerpo como una boa constrictor. Luego tiró de él y volvió a sentarlo a la fuerza en el sillón, impidiéndole realizar cualquier movimiento. El muchacho intentaba sin conseguirlo zafarse del abrazo de la cuerda. Dani hizo amago de ir a socorrerlo, pero una vez más sus acciones fueron frenadas por un gesto del mago, que se levantó lentamente, con solemne gravedad. Ahora parecía infinitamente más grande, un auténtico titán hecho de sombra y furia. La entereza de Elías, en consecuencia, se tambaleó. Pero, quizá porque por falta de costumbre no era capaz de darse cuenta cuando llevaba la mano perdedora, no estuvo dispuesto a demostrarlo. Cosas del orgullo, suponemos.
—¡Mire, amigo! ¡Esto está llegando demasiado lejos!—exclamó.—No sé exactamente qué es lo que está pasando aquí pero ni siquiera me apetece averiguarlo. ¡Soy un hombre muy respetado, disfruto de una posición privilegiada entre los empresarios de este país! ¡Le exijo que me suelte!
—No está usted en condiciones de exigir nada, señor Gris.—contestó Philantus sin el menor rastro de compasión en la voz, que resonó en el habitáculo como si surgiera a la vez por cada uno de los rincones.—Su posición social, todo su éxito, es fruto de un mal funcionamiento en el engranaje del universo. Y como tal, debe ser corregido. Si le estoy explicando esto es por pura cortesía. Reminiscencias de otras épocas en las que las formas quizá tenían cierta importancia. Pero a mí la corrección me parece una pérdida de tiempo. Se me ha encargado corregir el error. Así que podemos hacerlo de dos maneras: o a la del universo, y usted se está quietecito y colabora. O a la mía. Si vuelvo a chascar los dedos la cuerda le estrangulará. Luego mi aprendiz y yo nos evaporaremos y no quedará ni el menor rastro de nosotros. Su muerte se considerará un suicidio y la reputación de su bufete caerá en picado. Así pues, ¿qué prefiere? Yo lo tengo claro, se lo aseguro.
Elías dejó de forcejear. Ahora ya no tenía reparos en reconocerse intimidado. Dani, visiblemente incómoda con la situación, consiguió reunir fuerzas para enfrentarse a Philantus.
—Philantus, ¿todo esto es realmente necesario? ¿No podríamos sentarnos y explicarle tranquilamente lo que sucede?
—Cállate y lee esto.
El mago realizó un juego de manos, que quedó un poco ridículo en la seriedad del momento, dicho sea de paso, e hizo aparecer de la nada un pergamino que extendió a Dani. Ésta lo cogió, pero no lo leyó. La rebeldía a la que antes ya hiciéramos referencia se dejaba notar de nuevo. No lo suficiente como para tirar el pergamino a la cara del mago, pero sí como para resistirse a obedecerlo. Philantus se volvió impaciente hacia ella.
—¿Qué pasa? ¿Es que en el instituto no te han enseñado a leer? Mucha huelga y mucha educación pública, ¿y esto es todo lo que consiguen esos vagos, esas sanguijuelas del estado que se hacen llamar profesores? ¡Vamos, que no tengo todo el día!
El conato de rebeldía no murió, pero siendo todavía demasiado débil, decidió esperar una ocasión más propicia. Así pues, Dani comenzó a leer.
—“En virtud del poder conferido por el Thot el grande, señor de la sabiduría, de la escritura, la justicia y la magia, gran arquitecto del universo, escribano sagrado, creador del lenguaje, creador de los cinco días epagómenos, señor de...”
—¡Sí, sí...sáltate todo eso y vamos a lo importante!
Apremiada por Philantus, Dani recorrió con la vista el pergamino.
Apremiada por Philantus, Dani recorrió con la vista el pergamino.
—A ver...ah, sí... “nosotros, la Sociedad de Intérpretes del Libro de Thot, guardianes de la Magia y el orden cósmico, juzgamos a Elías Gris culpable de haber recibido una nueva vida como consecuencia de la intervención indirecta de la presencia divina, y por tanto, debe serle arrebatada ipso facto. Si bien, atendiendo a su inocencia en el desarrollo de los acontecimientos, y considerándolo, a todos los efectos, una víctima más, se ha optado por otorgarle una medida de gracia. Así, el susodicho será eliminado completamente de la existencia de la manera más indolora posible. Cualquier recuerdo, cualquier reminiscencia de su ser serán borrados como si nunca hubiera existido. Un caso tan complicado como éste debe perseguir, ante todo, recomponer el sacrosanto equilibrio universal. Sin más, y esperando que el señor Elías Gris entienda la importancia de sacrificarse por un bien mayor, se despide atentamente, Thadeus Seth, Gran Juez de la Sociedad de Intérpretes del Libro de Thot.” ¿Perdón?—exclamó Dani incrédula.—¿Vamos a eliminar a alguien de la existencia, así sin más?
—¿Qué me van a qué...?-se sobresaltó Elías.
El mago se encaró con Dani, al límite de perder los restos de la paciencia, si es que alguna vez tuvo alguna.
—¿Qué pasa? ¿Te supone algún problema?
—Hombre, me parece un poco...
—Pues en ese caso lárgate, porque ésta y no otra es la vida que has escogido.
—Hombre, me parece un poco...
—Pues en ese caso lárgate, porque ésta y no otra es la vida que has escogido.
—Yo no he escogido nada...Todo esto es idea de mi padre...
—Ahora veo que tenía razón. Te pareces demasiado a ella, ¿verdad? A tu madre.
—¿Qué sabrás tú de mi madre?
—Ahora veo que tenía razón. Te pareces demasiado a ella, ¿verdad? A tu madre.
—¿Qué sabrás tú de mi madre?
—Yo la conocí. Y reconozco en ti la ingenuidad que fue su perdición. Eso es lo que quiere eliminar tu padre, ¿verdad? Y eso es lo que tú te empeñas en defender. Pero entérate de una vez: no tienes elección. Nunca la has tenido y nunca la tendrás. Más te vale aceptar que las cosas son como son y no volver a interrumpirme.
Dani volvió a reprimirse. Pero esta vez, el esfuerzo fue mucho más grande. La frustración le encharcaba los ojos de lágrimas. Philantus se volvió hacia Elías Gris. Observen la confusión en el rostro del arquitecto, si es que a estas alturas a esta amalgama de expresiones que zozobran de la desorientación a la ansiedad podía denominársele rostro. De pronto había perdido cualquier rastro de su triunfalismo, de su apabullante seguridad. Pero claro, en una situación como ésta, enfrentado de golpe con conceptos y realidades que no escapaban tan solo a su control, sino también a su entendimiento, es lo menos que podría sucederle. Por lo menos no se había echado a llorar. Aunque no por falta de ganas.
El mago levantó las manos componiendo una pose siniestra y amenazante, de oscuro nigromante. Había llegado el momento.
—Y ahora, señor Gris, diga adiós a su vida.
Entonces unos golpes resonaron en el ventanal interrumpiendo la concentración del mago. Era un ibís rojo que aleteaba frente al cristal incansablemente, alargando el cuello para golpear con el largo pico. Elías se giró para observarlo sin dar crédito a sus ojos. No sería raro que creyese estar viviendo una extraña y absurdísima pesadilla. Dani parecía expectante. Philantus, para variar, impaciente. Con un gesto de su mano el cristal corredero se abrió y el ibís entró volando en el despacho, se posó grácilmente sobre el respaldo junto al que el mago estaba situado y acercó el pico al oído de éste. Durante varios segundos, la escena se desarrolló en mitad de un tenso silencio. Aunque, eso sí, la brisa que se colaba por el hueco del ventanal ayudaba a relajar la atmósfera cargada. La alternancia de expresiones de sorpresa en las facciones del mago parecían transmitir un mensaje que, por ser legos en la materia, se nos escapa. A nosotros y al arquitecto, por supuesto, al que pueden imaginar ya al borde de la demencia. Dani, que había recuperado parte de su aplomo, seguía observando con curiosidad. Tan repentinamente como llegó, el ibís se fue volando. Su mensaje había sido entregado, y con ello terminaba su participación inesperada y un tanto surreal en esta historia. El mago, extrañamente excitado, tomó a Dani de un brazo y la llevó a un aparte.
—Escúchame, Daniela. Vas a tener que hacerte cargo de esto tú sola. —¿Qué? ¿Yo? ¿Pero qué dices?
—Atiende bien y cállate de una vez. Han encontrado el libro.
—¿El libro? ¿Qué libro?
—Atiende bien y cállate de una vez. Han encontrado el libro.
—¿El libro? ¿Qué libro?
—¡El libro de Thot, insensata! ¿Cuál crees que va a ser?
—¿El libro de Thot? ¿Pero dónde?
—Por ahora es todo cuanto sé. Tu padre reclama mi presencia inmediata en Ámsterdam.
—Sí...si eso está muy bien pero...¿qué hago yo ahora?
—Conoces los hechizos necesarios. Te los he enseñado yo mismo.
—¿El libro de Thot? ¿Pero dónde?
—Por ahora es todo cuanto sé. Tu padre reclama mi presencia inmediata en Ámsterdam.
—Sí...si eso está muy bien pero...¿qué hago yo ahora?
—Conoces los hechizos necesarios. Te los he enseñado yo mismo.
—Sí...Pero...
—Pero nada. Haz lo que tienes que hacer y punto. Pero escúchame bien, si algo no sale cómo debería, me acabaré enterando. Y si me entero yo, se enterará tu padre. Y no creo que a Thadeus Seth le haga mucha gracia saber que su hija ha resultado ser una decepción. ¿No es cierto? Dani bajó la cabeza resignada, rendida ante la lucha que tenía lugar en su interior.
—Pero, ¿no puedes esperar un poco? Termina esto y luego...
—¡Imposible! ¡Es demasiado urgente!
—¡Si es por libros tengo una edición nueva de En Las Montañas de la Locura que...!
—¡Imposible! ¡Es demasiado urgente!
—¡Si es por libros tengo una edición nueva de En Las Montañas de la Locura que...!
Pero Philantus, por suerte, no llegó a escuchar el comentario, porque cuando Dani había comenzado a elaborarlo, aquel ya había ejecutado un pase de manos y había salido de escena evaporándose completamente en el aire.
La chica se quedó sola. Y, no es ningún secreto, no tenía la más remota idea de qué hacer. O quizás sí la tenía, y lo que le fallaba era la decisión. El caso es que se esforzó por fingir seguridad aun cuando el intento, era evidente, hacía aguas por todas partes.
—Bueno...Pues...a ver qué hacemos ahora...
El arquitecto ni tan siquiera sabía como reaccionar. Pero quizá porque la muchacha transmitía una irresistible simpatía, terminó por aventurarse a sonreír tímidamente.
—Podrías empezar por desatarme...
—No...La verdad es que no...Los hechizos de un mago no pueden ser deshechos por otro a no ser que le supere en poder...Y yo no soy más que una aprendiz...Estoy a sus órdenes...Pero no te preocupes porque mientras más tiempo pase desde su marcha más se aflojarán las cuerdas.
—¿Y entonces qué va a pasar? ¿Vas a exterminarme?
—¿Qué? ¡No! ¡No pienso exterminar a nadie! Pero la verdad es que no tengo ni la más remota idea de qué hacer ahora. Es decir...Algo tengo que hacer contigo...Ay, madre mía.—suspiró.— ¡se me va a caer el pelo!
La chica se dejó caer en el sillón. Ya no se esforzaba por mantener ninguna pose. Estaba superada por la situación. Por un segundo guardó silencio, la mirada se le perdió en las posibilidades. Sopesaba sus opciones, pero ninguna le ofrecía el más mínimo consuelo.
—Escucha, niña...—dijo Elías forzando un tono calmado.—Mira, todo esto me supera...Al principio pensaba que se trataba de una broma, pero ahora no sé qué creer. Todo es tan...extraño...que me tiene completamente desconcertado. Esto parece un mal sueño...Tú pareces buena gente, ¿no podrías explicarme al menos de qué demonios va todo esto?
La idea pareció revivirla un poco.
—Sí, ¿por qué no?...A ver, presta atención porque la cosa no es fácil.
—Soy todo oídos...
—Mira, no sé cuáles son tus conocimientos de mitología y tal pero supongo que sabrás que hubo un momento en que no se adoraba a un solo dios. En cada civilización había cientos. Miles de ellos. Algunos más compasivos, otros más crueles. Pero todos dioses, y todos eran adorados. Luego llegó el Cristianismo y se les acabó un poco el rollo. Pero no desaparecieron del todo, ¿vale? El caso es que ellos cedieron el testigo voluntariamente, pero siguen ahí. A ver, para que lo entiendas, Jesús, Buda, Alá etc... Ahora mismo son como titulares y el resto de dioses son suplentes. Así está claro, ¿no?
—Sí, ¿por qué no?...A ver, presta atención porque la cosa no es fácil.
—Soy todo oídos...
—Mira, no sé cuáles son tus conocimientos de mitología y tal pero supongo que sabrás que hubo un momento en que no se adoraba a un solo dios. En cada civilización había cientos. Miles de ellos. Algunos más compasivos, otros más crueles. Pero todos dioses, y todos eran adorados. Luego llegó el Cristianismo y se les acabó un poco el rollo. Pero no desaparecieron del todo, ¿vale? El caso es que ellos cedieron el testigo voluntariamente, pero siguen ahí. A ver, para que lo entiendas, Jesús, Buda, Alá etc... Ahora mismo son como titulares y el resto de dioses son suplentes. Así está claro, ¿no?
—¿Si te digo que sí te quedas más tranquila?
—Bueno, da igual. Si casi ni yo misma lo entiendo, y eso que me he criado dentro de todo este rollo...Pero la cosa es que cada cierto tiempo los dioses se reúnen, ¿vale? Adoptan formas humanas y se juntan en alguna ciudad del mundo para charlar de sus cosas. Nadie sabe muy bien de qué tratan esas reuniones. De hecho nadie sabe exactamente dónde tienen lugar, son como un club super exclusivo o algo así...Hablarán de los últimos modelos de túnicas o de formas revolucionarias de hacer milagros...Vete a saber...Lo mismo piden unas pizzas y ven algunas películas...¿Quién sabe? Lo que pasa es que su presencia altera la atmósfera de la ciudad, ¿vale? Es un rollo extraño pero el aire se llena de tensión, como si el tejido de la realidad estuviera puesto al límite. En esos días hay como electricidad recorriendo el aire. Y es en esos días cuando todo lo sobrenatural cobra más fuerza. Normal, por otra parte. Es como si viniera el rey. Todo el mundo se pone contento, ¿no? Y luego están los republicanos y eso que salen a protestar, aunque decía mi profesor de Historia que todavía queda mucho para que este país se convierta en República...Por los restos de la casta política de otra época y no sé que más...
—Ya...
—Bueno, a lo que íbamos. Que en todas las ciudades suele haber gente más sensible que otra a la presencia de los dioses. Es normal. Mediums y todo eso. Y suelen verse afectados. Entonces pasan cosas raras y chungas, y nosotros, la Sociedad, somos los que nos encargamos de que todo vuelva a su cauce.
—¿Cosas raras y chungas? ¿Cómo qué? ¿Qué cosa rara y chunga pasó conmigo?
—A ver, voy a explicarte lo que sé, porque tampoco creas que me han contado mucho. Casi todo lo he tenido que averiguar yo fisgando en tu expediente. Mira, el dios al que nosotros seguimos es el Dios Thot. Era el dios egipcio de la escritura y la magia y un montó de cosas más...El escribano de los dioses...Ah, y arquitecto también...
—Osea, un tío guay.
—¡Sí, eso!—exclamó ella sonriendo.—Bueno, pues como fue el inventor de la escritura, cuando apareció por aquí tuvo un efecto extraño sobre los escritores de esta ciudad. El caso es que como aquí vive Rafael Barrafato, que es el escritor más grande del momento...
—¿Rafael Barrafato? Si no me suena de nada...
—¿Qué no? ¿Cómo no puede sonarte? ¡A mí me encanta! Se hizo famoso con una serie de libros de ciencia ficción y fantasía que está chulísima. “En las sombras de la Ciudad”. Es sobre un detective que se ve metido de lleno en casos sobrenaturales. Con vampiros y tal. Van tres libros y los tres han sido un éxito tremendo. Después tiene también algunos libros de poemas. Ah, y una novela más seria, que creo que fue la primera que escribió. “Capitán de Sombra y Niebla”. Es un poco rollo, pero es bonita. Una historia de amor y eso...
—Sí, vale, ya veo que el tío te gusta un montón. Pero, ¿qué tiene que ver conmigo?
—Pues mucho, porque él fue el más afectado por la presencia de Thot. Al ser tan buen escritor y ser tan famoso, de pronto adquirió el poder de transformar la realidad con su escritura, ¿vale? Él no sabe esto, claro está...Pero la cosa es que empezó a escribir sobre un tal Elías Gris...Supongo que percibió parte de la realidad y luego la transformó a su antojo. En su historia Elías es un tipo triunfador, un arquitecto de éxito...Y como necesitaba un modelo en quién fijarse, el universo le creo uno. No sé bien cómo funciona la cosa pero su poder, o lo que sea, su imaginación, buscó a un Elías Gris que estuviera descontento con su vida y lo transformó en el Elías Gris que a él le interesaba. Es decir, en ti.
—¿Qué?
—¿Te lo explico otra vez? Es difícil...
—No, no...si está muy claro...Pero, ¿estás diciéndome que soy un personaje literario?
—Sí...bueno y no...Es decir, ahora lo eres, pero antes no lo eras...Eras una persona, pero ahora estás en la novela que está escribiendo Barrafato...Y tu vida será lo que él quiera que sea.
—¿Te lo explico otra vez? Es difícil...
—No, no...si está muy claro...Pero, ¿estás diciéndome que soy un personaje literario?
—Sí...bueno y no...Es decir, ahora lo eres, pero antes no lo eras...Eras una persona, pero ahora estás en la novela que está escribiendo Barrafato...Y tu vida será lo que él quiera que sea.
—Pero...Pero...¿Y entonces qué pasó con mi otra vida? ¿No tenía familia? ¿Mujer, hijos...? ¿Se han olvidado de mí o qué?
—Pues la verdad es que no sé muy bien qué era de ti antes de todo esto...Es que cuando te convertiste en el Elías que eres ahora, el cosmos se adaptó a la nueva situación. Eliminó cualquier rastro del Elías anterior. Digamos que auto reparó el mal funcionamiento que son los poderes de Barrafato. Pero claro, no deja de ser una anomalía. Por eso hay que hacer algo al respecto.
—¿Y la solución es eliminarme de la existencia? ¿Y por qué no al escritor? ¡Yo soy inocente!
—Porque los dioses ya se han ido de esta ciudad y, con el tiempo, él perderá su poder. Por tanto mejor que no sepa nada de esto. Pero tú seguirás aquí, y tu nueva vida también...Eso si la novela de Barrafato no termina contigo tirándote a un tren o algo, yo que sé...Acaba de empezar a escribirla, así que le puede llevar años saber cómo terminará...La cosa es que hay que subsanar el error...La opción de Philantus era acabar contigo, borrarte de la existencia y hacer que el mundo siga adelante sin ti...Pero yo no puedo hacer eso...No creo en eso...Y tu vida anterior ya no existe, así que no podemos devolverte a ella...A lo mejor si accedieras a que te borrasen la memoria y empezar de cero...
—¿Empezar de cero? ¿Pero qué dices? ¡Yo soy Elías Gris! ¡Este es mi mundo, y esta es mi vida! ¡Y no pienso dejar que nadie juegue conmigo de esta manera!
De pronto Elías se liberó de las ataduras, saltó por encima de la mesa y corrió hacia la puerta del despacho. Ya era de extrañar tanta entereza. Durante la explicación de Dani no había dado muestra alguna de inquietud. Y ahora sabemos por qué. Estaba ganando tiempo, dejando que las ataduras se aflojasen hasta conseguir liberarse. Así que corrió hacia la puerta y la abrió sin prestar atención al grito de advertencia de Dani.
—¡No, espera!
Pero era demasiado tarde. Elías estaba frente a la cruda realidad y el shock lo hizo caer de rodillas. Frente a él, su mundo se mostraba distorsionado. Sus empleados y compañeros de trabajo eran borrones sin definir. Se movían lentamente, con dificultad, como si lo hicieran dentro del agua o el aire alrededor fuera una capa densa y viscosa. Las voces le llegan distorsionadas, convertidas en zumbidos, una amalgama de cacofonías en la que resultaba imposible distinguir cualquier sonido vagamente parecido a una palabra.
—He intentado advertirte.—le dijo Dani.—Imaginaba que Philantus habría protegido el despacho con algún hechizo. Nos ha desplazado de frecuencia dentro de la realidad. No lo suficiente como para convertirnos en fantasmas pero sí como para que nadie pueda vernos ni oírnos...Achacarán la apertura de la puerta a una corriente de aire, supongo...Y creerán que has salido a la calle y por eso no hay nadie en el despacho...
Elías no respondió. Básicamente porque no encontraba palabras con las que hacerlo. Su mente, todo su ser mejor dicho, andaba ocupado en la difícil tarea de asumir la realidad.
—Pero...entonces...—consiguió articular al fin.—...todo es verdad...
—Pues claro que es verdad...Oye, ¿estás bien?
Elías se había puesto en pie y observaba a su alrededor más perplejo que aterrorizado. Había un cierto brillo de extrañeza en la mirada vidriosa, como de cristal roto, de sus ojos azules. Pasó la mano por algunos de los muebles del despacho y luego la observó perplejo, como si hubiera descubierto infinitos matices nuevos en su propio tacto.
—Pues claro que es verdad...Oye, ¿estás bien?
Elías se había puesto en pie y observaba a su alrededor más perplejo que aterrorizado. Había un cierto brillo de extrañeza en la mirada vidriosa, como de cristal roto, de sus ojos azules. Pasó la mano por algunos de los muebles del despacho y luego la observó perplejo, como si hubiera descubierto infinitos matices nuevos en su propio tacto.
—No...no lo estoy...Todo esto debería destrozarme...Ahora mismo debería estar volviéndome loco. Quién sabe, lo mismo es que ya lo estoy...Pero nada me importa como debería...No sé si esto tiene algún sentido pero...De pronto siento como desapego...Como si todo estuviera muy lejos de mí...¿Qué me está pasando?
—No lo sé...Imagino que es un efecto secundario de haberte contado la verdad...A lo mejor el Elías verdadero está empezando a despertar...
—¿El Elías verdadero? No había caído en eso...Si yo no soy yo...Si todo esto no es más que una ilusión...¿Quién soy de verdad?
De pronto corrió hacia la cafetera que descansaba en la estantería de uno de los laterales de la habitación. Como ya había una cápsula de expreso preparada, solo tuvo que pulsar el botón y acercar una taza. Cuando hubo recogido suficiente café, añadió tres pastillas de sacarina y lo bebió con premura. Enseguida lo escupió asqueado.
—¡Maldita sea, de pronto no me gusta el café!
Dani lo observaba extrañada.
—No entiendo, ¿qué haces...?
—¡Probar lo que estás diciendo! ¿Es que no lo ves? ¡Tienes razón! ¡Ya no soy el Elías que creía ser! Pero entonces, ¿quién soy? ¿Cómo sé cuánto hay de verdad en mí y cuánto resulta ser la invención de el tal Barrafato? ¡Tienes que ayudarme Daniela!
Dani lo observaba extrañada.
—No entiendo, ¿qué haces...?
—¡Probar lo que estás diciendo! ¿Es que no lo ves? ¡Tienes razón! ¡Ya no soy el Elías que creía ser! Pero entonces, ¿quién soy? ¿Cómo sé cuánto hay de verdad en mí y cuánto resulta ser la invención de el tal Barrafato? ¡Tienes que ayudarme Daniela!
—¿Ayudarte? ¿Pero tú sabes en qué lío puedo meterme?
Dani estaba agobiada. En su mente se reproducían todas y cada una de las advertencias de Philantus. Imaginaba la mirada severa y distante de su propio padre, un pozo infinito de decepción acumulada. Y sin embargo, curiosamente, mientras más pensaba en ello más grande se hacía aquel impulso rebelde. Mírenlo ahí, brotando con determinación desde el fondo de los ojos oscuros, dispuesto a no dejarse intimidar de nuevo.
—Vamos Daniela...Tú no eres así...No eres como el otro, como Filomeno...
—Philantus...
—¡Lo que sea! Lo que quiero decir es que eres diferente. Lo supe desde el primer momento en que te vi...Ayúdame por favor...¡Necesito saber quién soy! ¡No es justo que no pueda si quiera tener una oportunidad! ¡Nada de esto es culpa mía!
—¡Lo que sea! Lo que quiero decir es que eres diferente. Lo supe desde el primer momento en que te vi...Ayúdame por favor...¡Necesito saber quién soy! ¡No es justo que no pueda si quiera tener una oportunidad! ¡Nada de esto es culpa mía!
Dani bajó la cabeza pensativa. Parecía valorar las súplicas del muchacho. Entonces comprendió que no había nada que valorar. La decisión ya estaba tomada desde hacía mucho tiempo. Puede que desde siempre. Solo necesitaba encontrar las fuerzas necesarias para aceptarlo. Y ahora, ni ella misma sabía muy bien el motivo, quizá simplemente porque le había llegado el momento, las tenía. Así que cuando encaró de nuevo a Elías lo hizo segura y confiada. Sin necesidad de fingir.
—Está bien.—dijo.— Te ayudaré.
Luego suspiró y miró por la ventana. Por un segundo fue consciente de la situación, de que con toda probabilidad más tarde se arrepentiría de todo. Pero, para su sorpresa, no tenía miedo. Y si queremos saber el por qué solo tenemos que buscar de nuevo aquel brillo obstinado, bañarnos en él e internarnos, más allá de lo decoroso, en las profundidades de su alma. Solo será un momento, no se alarmen. Justo lo necesario para comprobar cómo su madre le habla desde el borde de la cama, siendo ella tan solo una niña. Que llevaba hablándole todo este tiempo y ahora, por fin, ella estaba dispuesta a escucharla. Sigue a tu corazón, Dani. Sé fiel a ti misma y no pienses en las consecuencias. Nada puede salir mal si lo haces.
Con semejante respaldo, ¿quién podría estar asustada?
Ahora dejemos a la peculiar pareja planear su siguiente movimiento. Nosotros, por nuestra parte, nos vamos a Ámsterdam. A ver cómo le va al Gran Philantus.

Comentarios
Publicar un comentario