Daniela Zarco y las Tres Vidas de Elías Gris. Capítulo II: El amargo café del Gran Philantus.
Así que estábamos allí y ahora estamos aquí, en Amsterdam.
Y sin necesidad de conocer el truco de Philantus. Hagamos, por tanto, como cualquier otro viajero y partamos del nudo gordiano de la Estación Central. Dejemos a un lado el bullicioso y alegre barrio de Jordaan, y bajemos por Damrak esquivando la densa telaraña del tráfico. Bicicletas, tranvías, automóviles y, por supuesto, peatones. A la derecha, el Museo del Sexo. A la izquierda el Barrio Rojo, y allí es a donde vamos. A sumergirnos en la sordidez, legalizada pero sordidez al fin y al cabo, de los bazares llenos de instrumentos para fumar, los cofeeshop de relajada atmósfera y las cabinas en las que las prostitutas ofrecen por un módico precio lo que andan buscando tanto a los que lo saben como a los que no. Pero nosotros a lo nuestro. Vayamos hasta la Iglesia Vieja, cuya santidad parece rendirse ante tanto placer terrenal, rodeemos la Oudekerksplein, y desemboquemos en los límites del barrio. Aquí todo está mucho más tranquilo. La aglomeración humana ha quedado atrás, los vicios se ofrecen a con mucha más mesura y el goteo de bicicletas va remitiendo lentamente. Estamos en la calle Oudezijds Voorburgwal. Demos un agradable paseo de media tarde a orillas de uno de los brazos exteriores del Grimburgwal.
Algo más allá distinguimos tres curiosas siluetas. Dos tipos más altos y trajeados flanquean a un hombre pequeño. Éste combina frac, vaqueros y deportivas en una mezcla tan extravagante que sorprende por su elegancia. Ya sabemos de quién se trata, ¿verdad? Philantus caminaba envarado, muy lejos de sentirse relajado. Pese al truco para teletransportarse, llegó a la ciudad hace poco más de una hora. Cosas de la magia. Según parece, mientras más distancia hay que salvar, más se tarda en volver a materializarse en el lugar de destino. Será la manera que tiene el cosmos de compensar a aquellos que, para bien o para mal, debemos seguir desplazándonos por medios más mundanos. El caso es que a su llegada fue recogido por dos tipos enchaquetados, estas dos especies de gorilas indistinguibles el uno del otro, rubios y muy altos. Que los dos tipos fueran amsterdamitas no impidió a Philantus quejarse del clima húmedo y desapacible de la ciudad, ni de, por supuesto, la atmósfera de moral relajada imperante, esa especie de permisividad que tiñe las calles de absurdo y da cobijo por igual al paseo de una familia con sus niños pequeños y la excursión en busca de drogas de un grupo de adolescentes pasados de rosca. Pero es Philantus, tampoco van a sorprendernos sus quejas. Los gorilas parecían conducirlo hacia algún lugar en concreto. De hecho, si observan un tanto más allá, distinguirán la silueta de otro hombre, alto y delgado, aunque levemente encorvado por el peso de edad. Observaba la superficie tranquila del canal a la sombra de un chopo mecido por la brisa fresca, preñada de lluvia. Como si fuera necesaria la sombra en aquella media tarde de verano que, más bien, parecía una gris y fría primavera.
Los dos gorilas dejaron a Philantus y se retiraron a las sombras de un callejón cercano. El hombre rondaba los sesenta, pero había algo en su porte de juvenil arrogancia. De ambición insaciable. Y aunque vestía sin demasiada seriedad, un pantalón de lino y una camisa arremangada, le rodeaba un halo de inapelable autoridad. Parecía absorto en la música que sonaba a través de los cascos conectados a un iphone. Entonces se percató de la presencia del mago y se los quitó con parsimonia.
—Si hay algo que no deja de sorprenderme de esta era es esto.—dijo enseñando los cascos.—La posibilidad de escuchar “Tosca” en privado es fascinante. No deja uno de encontrar matices distintos a la música…¿Qué tal Philantus? Si que te has dado prisa en venir.
—¿Qué querías que hiciera? No se puede hacer esperar a Thadeus Seth. Y mucho menos en unas circunstancias como estas.
—¿Qué te parece esta ciudad Philantus?
—Repugnante. ¿Tú qué crees? Es un lupanar que flota en el mar. Más le valdría hundirse para siempre en el mar.
—El viejo Philantus. Siempre puedo contar con tu estricta moral chapada a la antigua. ¿Sabes? En otro tiempo yo también fui un guardián de las costumbres y el decoro. Cuando todavía me llamaba Jean Baptiste Alliette. Pero tantas identidades diferentes te dan una perspectiva distinta de las cosas. Descubres, por ejemplo, que la moralidad es completamente relativa. Mira por ejemplo, ¿ves la cabina de aquella esquina? ¿Ves a esa hermosa señorita? Se llama Aneke, y acabo de pasar un rato estupendo mientras te esperaba. Y ella, por supuesto, se ha llevado una compensación apropiada. Y ahora estoy aquí, hablando contigo y completamente relajado. Lo que quiero decir, viejo Philantus, es que te relajes, hombre. Disfruta un poco de la vida. Sonríe más. Quizá no te alargue la existencia, pero créeme, te la hará mucho más placentera. Y ahora hablemos del asunto que nos ha traído aquí. Dime, ¿cómo te ha ido con mi hija?
El hombre, que resultó ser Thadeus Seth, cuyo nombre ya hemos escuchado asociado a un alto cargo, quizá el más alto, dentro de la Sociedad, sonrió. Pero lejos de tranquilizar, era la suya una sonrisa que inquietaba. Seguramente él no lo pretendía, pero tampoco podía evitarlo. Era como una cualidad de su carácter. Toda su persona resultaba inquietante. Desconcertante. Una promesa de tormenta oculta tras la sutileza de cada uno de sus ademanes, de su forma de hablar. El tipo, nos tememos, era un lobo con piel de cordero. Quizás el más fiero de todos.
—¿Tu hija? ¿Y qué tiene que ver tu hija con el Libro de Thot?
—Mucho, Philantus, mucho. ¿Te ha dado mucha guerra?
—No me lo puedo creer, Thadeus. ¿De verdad vamos a perder el tiempo con eso?
—A menudo el tiempo perdido resulta ser el más útil de todos. Te lo dice alguien que ha perdido mucho en su larga vida. Ahora, contesta a la pregunta.
Philantus suspiró resignado. La impaciencia le torcía el gesto incluso más de la cuenta.
—¿Quieres que te hable con franqueza?
—Querido Philantus, no espero otra cosa de ti.
—Es demasiado endeble. Tiene el carácter de Lara, Thadeus. Es demasiado empática, demasiado compasiva y demasiado rebelde. No va a ser tarea fácil.
—Lo sé. Créeme. Lo sé. ¿Por qué crees que te la asigné a ti? Tengo que acabar con la influencia de su madre. Pero, maldita sea, la lleva en la sangre. Hice lo imposible por arrebatársela de las manos, para que se criara bajo mi tutela. Pero nada. Mientras más lejos de ella estaba, más me la recordaba. He sido un padre pésimo, Philantus. Tanto como he podido. He sido distante, frío... Le he negado prácticamente todo mi cariño. He sido severo. Y todo con una finalidad en mente: endurecerla, hacerla alcanzar todo su potencial. Pero es imposible. Tú…tu eres el mago más implacable que conozco. No te tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones, digamos, extremas. Sé que un par de días a tu lado la harán despertar.
—Permíteme que lo dude. Creo que va a darnos más guerra de lo necesario. Pero lo que no entiendo es por qué esa obstinación. Maldita sea, Thadeus, has conocido a incontables mujeres y, estoy seguro, has tenido más de un hijo. ¿Por qué es esta tan importante?
—¿Te apetece un café, Philantus?
—¿No estarás pensando en meterme en uno de esos inmundos cofeeshops? ¿Ahora quieres fumar marihuana?
—Amigo mío, en todos mis años he probado mil drogas distintas y he hecho todo lo que se podía hacer para no aburrirme. A estas alturas ya las drogas me dan un poco igual. Y no te ofendas, pero no eres precisamente la alegría de la huerta, no serías precisamente tú con quién querría fumarme un porro. No, yo te hablo de la cafetería esa de la esquina. Es una deliciosa pastelería de manteles blancos y mesitas bajas, ya sabes. Adornada como una de esas pequeñas tiendas de antes. La regenta una mujer increíble, Helena, te vendría bien conocerla. Muy optimista. Vital.
Pese a las protestas de Philantus, al que los cupcakes y las tartas le parecían, cómo no, una pérdida de tiempo, Thadeus lo condujo hacia allí. Ambos tomaron asiento en una pequeña mesa en la entrada. Helena no estaba. En su lugar encontraron a una chica joven y algo inexperta que, sin embargo, sirvió con corrección al viejo Gran Juez de la Sociedad un capuccino y un trozo de tarta de zanahoria. El mago, evidentemente, no tomó nada.
—Vamos a ver, Thadeus. Me haces venir cuando estoy en mitad de una
operación que, por cierto, ahora mismo depende de tu hija, y me entretienes con tus problemas paternales y tarta de zanahoria.
—Exquisita, por cierto. ¿Quieres un trozo?
—¡No! ¡No quiero un trozo! ¡Quiero el Libro de Thot! ¡El Libro de Thot, Thadeus! ¿Es que no te parece lo suficientemente importante?
—Soy plenamente consciente de la trascendencia del hallazgo, Philantus. Pero después de trescientos años dando vueltas por este pedazo de barro me he dado cuenta de la importancia de saber hacer las cosas a su debido tiempo. No pasa nada por esperar un poco.
—¿Y puedo saber al menos a qué estamos esperando?
—A que tú comprendas la verdadera magnitud de todo lo que está en juego. Verás, Philantus, como tú bien has dicho, para bien o para mal, llevo viviendo muchos años. Más de los que me hubieran gustado en un principio. Ya he hecho todo cuanto podía hacer en este mundo y, sin embargo, la muerte parece esquivarme. Me aburro. Sí, podría acabar con esta agonía fácilmente, lo sé. Pero no es eso lo que quiero. No soy tan cobarde, ni tan débil. Si algo me ha enseñado mi extensa existencia es que el universo no funciona en balde. Todo pasa por alguna razón. En mi caso... Ya he comprendido el plan que tiene el para mi. Quiero ser un dios, Philantus. Ya no me conformo con rascar gotas de información a sus designios con el Tarot. Quiero saberlo todo. Quiero formar parte de sus reuniones. Quiero hablar con ellos de igual a igual, tomar parte cuando llegue el momento en la decisión de borrar a la humanidad de la faz de la tierra. Quiero ser el creador de la nueva humanidad, cuya base seréis vosotros, Philantus. Aquellos que conocéis la magia. Y no hablo de los grupos de iluminados que no se quedan más que en la superficie de la gran verdad del universo. Hablo de vosotros, de la Sociedad. Vosotros seréis la humanidad en lugar de la humanidad. Y yo, querido Philantus, seré Thot en lugar de Thot.
El discurso de Thadeus se fue tiñendo de seriedad hasta resultar grave y solemne. Nadie podría haber objetado nada a sus intenciones. Ni siquiera Philantus, aun cuando en el semblante sombrío se adivinaba un sin fin de recelos.
—¿Qué ocurre, Philantus? ¿Ya no tienes nada que decir? ¿Crees que he perdido la cabeza? Reconozco que soy ambicioso, es cierto. Pero puede hacerse. Siempre he conseguido todo lo que me he propuesto, con paciencia y tozudez, es cierto, pero lo he conseguido. Y esto no va a ser menos. No, sobre todo, cuando tengo las herramientas necesarias para lograrlo. La primera es el Libro de Thot, que ahora, por fin, está al alcance de nuestras manos. Y no hablo de la pantomima que escribió ese charlatán de Alystair Crowley. Hablo del verdadero. Del que recoge las enseñanzas del dios al que llevamos siglos alabando. Ese que tantos han considerado desaparecido, una simple leyenda, y que nosotros siempre hemos querido encontrar para ser capaces de contactar con Thot y recibir sus mandatos de primera mano, para dejar de tener que interpretar la débil señal que captamos de rebote con las cartas del Tarot. Esa, como te digo, es una de las herramientas. La otra, bueno, ésta es la sorpresa, la otra es mi hija Daniela.
—¿Daniela? ¿Qué pinta ella en todo esto?
—¿Ves lo que te decía antes? Al final, todo sucede a su debido tiempo. Ahora vas a descubrir qué papel juega ella en esta historia. Verás, como tú bien has dicho antes, he conocido a muchas mujeres y he tenido muchos hijos. Pero no han sido más que experimentos. Simples pruebas. Daniela es la verdadera. La definitiva, si quieres llamarla así. Ella reúne todo lo que necesito para mi plan. Es fruto de una cuidada planificación. Porque este plan no se me ocurrió ayer, amigo mío. Llevo dándole vueltas desde que empecé a notar el peso del tedio. Cosas de la edad, supongo. El caso es que entonces comencé a planear la creación de una criatura de pura magia. Una para la que la magia fuera la sangre que corre por sus venas, que su corazón la bombease y cada célula se alimentase de ella. Así que seleccioné a las mujeres más sensibles que encontré dentro de la Sociedad y fui experimentando. No puedo decir que fuese una tarea desagradable, a decir verdad, pero lo cierto es que mi triunfo solo llegó con Lara Zarco. Tú la conociste, Philantus. Tú sabes bien de lo que hablo.
Philantus bajó por un momento la mirada, cargada de pronto con una extraña pesadumbre. No obstante, enseguida desechó el sentimiento, fuera cual fuese su origen, y volvió a ser, o a parecer al menos, el de siempre. Frío e impenetrable.
—Sí…sé cómo era…Una criatura increíble…Una maga excelente, con una gran sensibilidad.
—Única, diría yo. Captó mi atención cuando creó su propia versión del Tarot que, aunque fue descartada por la Sociedad, era síntoma de una creatividad y un potencial sin límites. Y Daniela es hija de todo ello. Y de todo cuanto yo tengo. Por eso es tan especial. Las moléculas de su cuerpo están unidas con magia. Ella es magia.
—Pero…¿y para qué puede servirte eso?
—Muy sencillo, amigo mío. Recuerda lo que sabes del Libro de Thot. Es el único grimorio donde podrás encontrar un hechizo capaz de hacer a un mortal percibir a los dioses. No solo percibirlos, sino ser capaz de relacionarse con ellos. Imagina cuánto poder…Cuánto conocimiento revelado…Daniela…Ella ha nacido para soportar todo eso. Para asimilarlo. Y luego, una vez ese poder esté en nuestras manos, invocaremos a Thot, lo capturaremos y le obligaremos a revelarse ante mí y cederme todos y cada uno de sus atributos.
—Pero, ¿por qué Daniela? ¿Por qué no tú?
—Mira, tengo a mis órdenes una red internacional de magos que responden a cada uno de mis movimientos. Tengo tentáculos en todas partes y la única necesidad de chasquear un dedo para que mis enemigos sean aplastados a distancia. Observa, por ejemplo, a la camarera. No sé cuánto ha escuchado de esta conversación, ni siquiera sé si la ha entendido. Pero antes de entrar aquí ya había dado la orden de que, a nuestra salida, un par de los nuestros acabe con su vida y la borre para siempre de la faz y la memoria de esta ciudad. En este momento deben estar haciendo eso mismo con Aneke, la muchacha de la que te hablé. Tengo tendencia a soltar la lengua cuando estoy…bueno, ya sabes lo que quiero decir…en plena Petite Morte. Y claro, no puedo permitirme más indiscreciones de la cuenta. Solo así se consigue llegar a mi puesto. No tengo ninguna necesidad de pasar de golpe a primera línea de batalla.
Philantus intentaba parecer impasible, pero en su granítica expresión se filtró un lejano eco de horror cuando fue a fijarse en la camarera. O eso nos parece ver. Podría ser cualquier otra cosa, tan difícil resulta leer las intenciones y las emociones de este hombre.
—Pero…Daniela…¿por qué habría de hacer todo eso por ti? Ya sabes como es…¿cómo piensas convencerla? ¿Y aunque lo hicieras, qué te asegura que una vez obtenido todo ese poder lo pondrá a tus pies?
—Porque será una más de nosotros, Philantus. Ese es tu trabajo. Cuando elimines todo rastro de su compasión, de su empatía…De su madre, al fin y al cabo…No le quedará más remedio de convencerse de que el único camino posible es el nuestro. Entonces me aceptará, no solo como su padre, sino también como su líder indiscutible. Matar a ese tal Elías Gris será tan solo el primer paso. Una vez hecho, solo será cuestión de tiempo. Y ahora sígueme.
Thadeus dejó algo de dinero en la mesa y condujo a Philantus al exterior. Nada más salir, los dos gorilas rubios que acompañaron al mago pasaron por su lado y entraron en la cafetería. Philantus les dedicó una mirada inquieta. O curiosa. O simplemente una mirada, quién sabe. Luego, obediente, siguió los pasos de su líder.
—Vamos, Philantus, el Libro de Thot nos espera.
—Ya era hora. ¿Dónde está, si puede saberse?
—Claro que puede saberse. Está ahí.
Thadeus se detuvo justo donde se encontraron hace poco más de una hora y señaló al edificio levantado a su espalda. Era una típica casa amsterdamita, alargada y gris.
—¿Ahí dentro?
—Eso, amigo mío, es la iglesia de Nuestro Señor en el Ático. Y también un museo, el museo Amstelkring. Las primeras plantas albergan la vivienda de un comerciante del siglo XVII, Jan Hartman. La última planta, no obstante, es una iglesia.
—¿Una iglesia?
—Efectivamente, construida en tiempos de la Reforma Protestante, cuando el catolicismo estaba mal visto por aquí. Al contrario que en otros lugares, no fue perseguido, pero sí relegado a la intimidad. La iglesia que se construyó ahí dentro tenía como finalidad, precisamente, no parecerlo. Y ahora es una de las joyas más desconocidas de toda Ámsterdam.
—¿Y qué hace ahí nuestro pergamino?
—Eso me gustaría saber a mí. Yo me limité a tirar el Tarot, como hago cada cierto tiempo. La diferencia es que, esta vez, obtuve respuesta. Imagina mi desconcierto. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no durante los trescientos años que ha durado mi búsqueda? No lo sé, evidentemente. Pero eso no va a impedir que entremos ahí a recuperar lo que nos pertenece. Solo sé que obtuve una tirada que para cualquier otro habría sido incongruente: el mago, la emperatriz, el loco, el sumo sacerdote… Lo profano mezclado con lo sagrado. Lo mundano con lo sobrenatural. Entonces comprendí que solo podía tratarse de esta ciudad. Y de este sitio. Y ahora que estoy aquí…Ahora que percibo las fuerzas que ahí se ocultan comprendo que tengo razón. Sea por lo que sea, el Libro de Thot se esconde en el ático de éste edificio. Y sinceramente, no creo que esté desprotegido. Algo tan importante, a la fuerza, debe estar siendo custodiado por alguna clase de poder. Por eso te he hecho venir, Philantus. Porque si hay algo parecido a un guardián, tú eres el único capaz de derrotarlo. Ya está todo dispuesto. Los dueños y trabajadores del museo han sido hechizados. Ahora mismo duermen en la tienda de souvenirs. Se han interrumpido las visitas con la excusa de una inspección del ayuntamiento. Nadie va a molestarte. Entra ahí y demuestra por qué eres el Gran Philantus. Tráeme el Libro de Thot.
Y Philantus, como un perro de presa relamiéndose ante la perspectiva de la cacería, corrió a cumplir las órdenes de su amo. Iba impaciente, ardiendo en deseos de entrar en batalla. Y sin embargo, algo no parecía igual en él. Su ímpetu no era tan arrollador, su determinación no parecía inquebrantable. ¿Será que algo en el plan de Thadeus le hacía desconfiar? ¿Serán simplemente imaginaciones nuestras? No lo sabemos. Sería, quizá, que no terminaba de encontrarse cómodo en aquella ciudad. O el cansancio acumulado de aquel largo día. En cualquier caso, lo cierto es que cruzó las puertas del edificio y subió las empinadas y estrechas escaleras dispuesto a enfrentarse a lo que sea.
Como le había dicho Thadeus, la parte inferior del edificio reproducía la casa de tal Hartman. Pasó por las cocinas, las habitaciones principales, las de servicio, los salones. Y por fin, arriba del todo, extendiéndose por la parte alta, no solo de éste, sino de los edificios cercanos, se encontró ante la imagen incongruente de una iglesia barroca. Estaba construida en madera y aunque por razones evidentes, era parca en ornamentación, la estructura era reconocible e inconfundible. Philantus cruzó las puertas con cautela. No es que estuviera sobrecogido por el espectáculo como, por otra parte, nos pasaría a cualquiera de nosotros. Tampoco se trataba de un síntoma de piedad que, a decir verdad, nos resultaría del todo fuera de lugar en un personaje como éste. Es que sus sentidos preparados para ver más allá de la simple realidad tangible habían detectado algo. Una presencia. Alguien se ocultaba en los recovecos de la iglesia. Se movía entre las sombras haciendo vibrar la atmósfera alrededor como una cuerda de guitarra mal afinada. Disonante. Sea quién sea, no debería estar allí. Su tiempo había pasado hace ya mucho. Un fantasma.
Philantus corrió hacia el centro de la nave principal y apartó con cuidado algunas de las sillas. Sacó un trozo de tiza de uno de los bolsillos de su frac y dibujó un pentagrama rodeado por un círculo. Luego extrajo de otro de los bolsillos un pequeño cofre de madera, sobrio, nada recargado. Lo abrió y sacó de él un bulto envuelto en un pañuelo de seda negra. Era un tarot, extremadamente bien cuidado, a juzgar por el brillante color de las ilustraciones. Agarró las cartas entre las manos y dijo algo en voz baja. A continuación las dispuso alrededor del círculo y él se colocó en el medio, con actitud desafiante.
—¡Vamos!—gritó a la nada.—¡Seas quién seas, aquí te espero! ¡He venido a por el libro! ¡Y no pienso irme de aquí sin él!
La voz del mago resonó en las vigas de madera y se perdió en el espacio vacío.
Nada sucedió durante los momentos siguientes. Pero la calma tensó aún más el cuerpo del mago. Parecía comprender que precediera a la más ominosa tormenta. Y efectivamente, así fue. Un rugido atroz hizo temblar las paredes de la iglesia. El rugido se mantuvo durante algunos segundos. Creció en intensidad de tal manera que el mago, dolorido, tuvo que taparse los oídos. Los cristales de las vidrieras vibraron y se agrietaron, y si no llegaron a romperse fue porque el grito se interrumpió de pronto. Frente al mago el aire vibraba y, poco a poco, cobraba densidad. Era como si una extraña nube estuviera haciéndose corpórea. Pero era una nube oscura, de un color casi negro que no auguraba nada bueno. Mientras la nube cobraba presencia, la luminosidad del aire parecía disminuir, como si obtuviese su fuerza de la luz ambiental. Pronto, una negra noche se había cernido sobre el interior de la iglesia. La nube ya recordaba vagamente a un hombre y Philantus, lejos de amilanarse, enfatizó su actitud desafiante. La sonrisa torcida, cruel, volvió a tomar el rostro arrugado.
Era el momento de la batalla.
La nube con forma de hombre voló hacia el mago. Éste saltó hacia ella y ambos se encontraron en el aire, en el centro del pentagrama. La nube intentaba fagocitarlo. El mago se resistía. Con gran esfuerzo liberó los brazos y rodeó con ellos la forma incorpórea. La nube pareció menguar. Pero repentinamente implosionó, deshaciéndose de la presa del mago. Luego creció y creció, ocupando todo el espacio hasta el techo, vibrando de pura rabia. Aquel rugido terrible volvió a surgir de algún lugar en su interior y el mago, tirado en el suelo, tuvo que protegerse otra vez los oídos. La nube extendió un tentáculo que agarró a Philantus por la pierna y le permitió devorarlo. Después se agitó y lo expulsó. El mago salió despedido y se estrelló contra una de las ventanas. De pronto lo encontramos cayendo al vacío. Pero nunca lo veremos estrellarse, porque colgando en el aire repitió el pase de manos que ya le hemos visto usar en alguna ocasión y desapareció, yendo a materializarse de nuevo junto a Thadeus, que se quitó los cascos asombrado. El mago estaba tirado en el suelo, ajado, sin aliento y completamente estupefacto.
—¡Philantus! ¿Qué ha sucedido?
—Sea lo que sea es demasiado poderoso. ¡Me ha derrotado! ¿Cómo ha podido derrotarme?
En ese momento, alguien se acercó a Thadeus. Era una mujer joven, trajeada, que caminaba con urgencia.
—Señor.
—¿Francesca? ¿Qué ocurre?
—Es su hija, señor. Usted me encargó vigilarla.
—Sí, lo sé. ¡Habla!
Por primera vez desde que lo conocemos, Thadeus parecía haber perdido la calma. Una creciente inquietud se apoderó de sus movimientos.
—Si las cartas no mienten…No solo no ha destruido a Elías Gris, se ha aliado con él.
La inquietud ahora era rabia. Controlada. Mesurada. Pero peligrosa y turbadora. Philantus, que lo había visto así en otras ocasiones, se esperó lo peor, porque sabía que la mirada que el Gran Juez de la Sociedad dirigió al cielo crepuscular era la mirada de un hombre que haría cualquier cosa por recuperar el control. No tardaremos en comprobarlo.
Mientras tanto volvamos con Dani y Elías porque, a estas alturas, ya han decido cuál va a ser su próximo paso y, es más, están apunto de darlo.
No querremos perdérnoslo.

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