La Respuesta

¿Qué decía todo aquello de sí misma? 

¿Qué historia contarían sus estatuas a los ojos futuros? 


La mañana del último día de su vida, ocupada en encontrar respuesta a sus dudas, Marga Gil de Roësset, se levantó temprano. 


Era verano, y como en las horas más próximas al medio día el calor espesaba el aire de tal manera que resultaba imposible respirar, la escultora había desarrollado la sana costumbre de pasear muy pronto, cuando todavía la brisa recién nacido soplaba fresca. 


Ocurría, además, que aquellas caminatas solían favorecer la inspiración. La vida desplegaba su misterio ante ella y mostraba sin tapujos todos sus extremos. La fealdad y la belleza. Lo vulgar y lo extraordinario. Solía ser frecuente que, a la vuelta, la actividad creativa se le disparase. Con el paso del tiempo, su genialidad la había llevado a manejar los materiales con una destreza asombrosa. Natural. Fácil. 


Casi, casi, demasiado fácil. 


Tan, tan fácil que, en los últimos tiempos, le asaltaba la certidumbre de no encontrar placer en ella.


Aunque, a decir verdad, apenas encontraba placer en nada. 


Era ese un estado emocional recurrente en su vida, que parecía haberse empeñado en adoptar una forma cíclica: la irresistible pulsión creativa la obligaba a acometer una tarea, o a aprender una técnica que, si bien al principio se presentaba con toda la frescura y la fascinación de lo novedoso, acababa, casi inexorablemente, por adoptar la forma de una rutina aburrida y obligada. Y entonces, pasaba a buscar un nuevo reto, a perseguir una nueva meta. A conquistar una nueva cima.


Aquella mañana, no obstante, descubría desolada que no quedaba ninguna que no hubiera escalado ya. 


Y si la había, era incapaz de verlo. 


Y todo resultaba tan plano, tan simple…


Llevaba días encerrada en aquel irracional laberinto de funestos pensamientos. Ya nada era extraordinario. Todo era vulgar. Se desvanecía lo bello. Se enfatizaba lo feo. Se perdía el sentido. Sus propios logros se le antojaban absurdos, una sucesión de errores que la arrogancia le había llevado a considerar aciertos. De pronto, el universo había perdido la magia. No había nada, más allá del gris de lo cotidiano. Las cosas no eran más que lo que eran. No quedaba resto de emoción en el mundo, ni lugar para el misterio, ni momento para los sueños cuando todo ha quedado dolorosamente revelado. 


Y la mayor revelación de todas, se dijo con dureza mientras encadenaba pasos erráticos, es que eres una ingenua. 


La había despertado el abrumador martilleo de imágenes de sus propias obras. Vislumbraba con afiliada precisión cada imperfección, cada pequeña imprecisión, y tomando las partes por el todo, se preguntó cómo había podido estar tan ciega. El conjunto de su trabajo desvelaba la gran verdad: no es que no hubiera misterios en el mundo, el problema siempre había sido su incapacidad para interpretarlos. Ese era su gran fracaso. Ese era el golpe certero y mortal del que jamás sería capaz de reponerse. ¿Qué decía aquello de sí misma? ¿Qué historia contarían sus estatuas a los ojos futuros? ¿Podría ocultarles aquellos defectos? 


¿Tendría sentido hacerlo? 


Sus pasos la llevaron al puente de Retamar. El río bajaba alegre y cantarín, aunque posiblemente eso ella no fuera capaz de apreciarlo. Las aguas rielaban y otorgaban al campo cualidades de espejismo. De irrealidad. Que era donde, para entonces, Marga había ido a instalarse sin remedio. 


Casi apareciéndose por ensalmo, la imagen de un hombre mayor, frágil y encorvado, se dibujó ante ella. Observó pasmada como el señor se arrodillaba junto a la orilla y escarbaba un pequeño hoyo. Luego abría la urna que portaba consigo y vertía dentro un cúmulo pardusco de cenizas. El hombre tapó el agujero, extrajo un pequeño porta retrato del bolsillo de la chaqueta, y lo colocó justo sobre la tierra removida. A continuación se sumió en un profundo y conmovedor silencio. Las lágrimas que le perlaban el rostro arrugado brillaban al sol recién nacido. 


Intrigada, Marga se acercó a él. 


Se dio cuenta entonces de que el porta retrato mostraba la imagen de una mujer sonriente. La historia de aquel hombre se hizo entonces evidente. Se escapaban los detalles, pero no el trasfondo. En otras circunstancias, Marga quizás no habría encontrado la necesidad, ni el valor, para preguntarle. Pero enajenada y hundida, perdida en sus inseguridades, no encontró el menor reparo en hacerlo. 


—¿Por qué…?—balbuceó.—¿Por qué aquí…?


El hombre la observó confuso durante un segundo. Luego, como volviendo de un lugar muy lejano, le dedicó una sonrisa triste y cansada.


—Porque no es solo que te recuerden. Es que lo hagan adecuadamente. 


Marga devolvió la sonrisa al anciano casi por inercia. 


Entonces volvió al taller. Aquellas palabras le habían devuelto la claridad. O un tipo de claridad, al menos. Una extraña y algo brumosa que parecía arrojar una versión grotesca de las cosas y de las ideas. La sentencia del hombre resonaba en su mente como respuesta a preguntas que jamás había tenido el atrevimiento de hacerse. Con un martillo en la mano, encaró las estatuas inertes, dispuesta a moldear su propio legado. Destruyó tanto como pudo, como un jardinero que poda ramas muertas. 


Después recopiló sus diarios y los guardó en una carpeta amarilla que entregaría a Juan Ramón Jimenez.


Esa misma tarde se quitó la vida.


Y lo hizo sabiendo que sería recordada justo como quería que se hiciese.

Comentarios

Entradas populares